José Antonio Satué.

José Antonio Satué. Carlos Díaz

Málaga A Título Personal / José Antonio Satué, obispo de Málaga

"Al llegar encontré en Málaga situaciones de pobreza que no podía imaginar; no podemos estar de espalda a esa realidad"

José Antonio Satué, obispo de Málaga, asegura que "cuando llegué sí que me dio la sensación de que había muchas procesiones más allá de la Semana Santa. Tenemos que tener un proceso de reflexión con las cofradías para ver cómo podemos regularizar mejor esto".

"Para que la Iglesia pueda recuperar la credibilidad perdida por los abusos sexuales, el único camino es poner en primer lugar el bien de las víctimas".

"He tenido ocasión de hablar con mujeres que se han sentido juzgadas y condenadas por la Iglesia y he tenido también la impresión de que a muchas se les ha presentado el aborto como una salida fácil".

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Las claves

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El obispo de Málaga, José Antonio Satué, denuncia la existencia de graves situaciones de pobreza en la provincia que no imaginaba antes de llegar.

Satué defiende la integración de inmigrantes y pide priorizar el acceso a vivienda digna para quienes tienen dificultades, criticando que tener trabajo ya no garantiza vivir con dignidad.

Reconoce el sufrimiento de las personas homosexuales y aboga por una Iglesia acogedora para todos, aunque no prevé cambios en la doctrina del matrimonio.

Sobre los abusos en la Iglesia, apuesta por anteponer el bienestar de las víctimas y transformar la oficina de denuncias en un servicio de acompañamiento integral.

José Antonio Satué era aquel niño tímido de un pequeño pueblo de Huesca que trabajaba en una granja de terneros para poder estudiar. "Éramos una de las familias más pobres del pueblo", recuerda ahora, sin dramatismos, sentado en el Obispado y con la misma naturalidad con la que habla de Dios, de la duda o de la pobreza que ha descubierto en algunos rincones de la provincia.

Su historia arranca en Sesa, una localidad de apenas 400 habitantes. Sin televisión, jugaba junto a otros niños "en las basuras" y crecía "en un clima de mucha inocencia".

En esta conversación habla sin rodeos de inmigración, vivienda, homosexualidad, abusos en la Iglesia o de las procesiones. También de sus propias dudas. "Ha habido momentos en los que me ha costado encontrar a Dios", confiesa.

-¿A usted le llaman más por su nombre o por señor obispo?

Aquí me llaman sobre todo don José Antonio.

-Nació en la provincia de Huesca. ¿Cómo era el pequeño José Antonio?

Un chico muy tímido, muy grande ya en aquel tiempo, bastante cumplidor, buena gente, casi un poco soso y, bueno, pues nacido en una familia en la que no nos faltó amor. Pero era una de las familias más pobres del pueblo.

-¿De qué pueblo hablamos?

-Sesa.

El obispo de Málaga durante la entrevista.

El obispo de Málaga durante la entrevista. Carlos Díaz

-¿Cómo era?

-Pues en aquel momento tenía apenas 400 habitantes. Mi quinta éramos cinco. Todos nos conocíamos perfectamente. Jugábamos en las basuras, que ahora sería una barbaridad. Era un pueblo donde no conocíamos cantidad de cosas que sí aparecían en otros sitios. Hablo del tema de la droga… No sabíamos nada. Estábamos como en un clima de mucha inocencia.

En mi casa, como en tantas otras, en mis primeros años de vida no había televisión todavía. Parece increíble, pero eso ha sido así durante mucho tiempo.

-Cuando dice que era una de las familias más pobres…

-Mi padre era un trabajador, no teníamos casa propia, y mi madre empezó a trabajar para que yo pudiera estudiar en Huesca. Yo también empecé a trabajar en una granja de terneros antes de ir al instituto.

-¿Qué edad tenía?

-Unos 16 o 17 años. Y por supuesto los veranos había que trabajar. O de peón de albañil o ir a coger pacas de paja o lo que fuera. O por las noches a coger pollos, que era un trabajo terrible, pero nos daban 5.000 pesetas de aquel entonces.

-Eso marca el carácter.

-Creo que sí. En aquel momento lo vives deseando tener más. Por ejemplo, muchos de mis amigos tenían He-Man y Madelman, que era el máximo. Yo nunca tuve, sí que tuve cromos de Mazinger Z. No es que estuviera en una situación de hambre, pero teníamos lo suficiente para poder vivir.

-¿Qué llevó a un joven de 19 años que había estudiado Electrónica Industrial a entrar en el seminario?

-Nunca dejé de participar en la vida de la Iglesia. Después de la confirmación seguí participando en la vida de la parroquia. Hice amistad con el sacerdote. El planteamiento inicial fue tan sencillo como pensar que aquello que hacía el sacerdote, como catequesis, las celebraciones, estar cerca de los enfermos, acompañar a la gente, podía llenar también mi vida.

Después descubrí que ser cura es mucho más que lo que hacía el sacerdote del pueblo. Pero todavía tengo ese anhelo de hacer el bien desde la Iglesia a cualquier persona que tenga una necesidad. Ahora que me tengo que ocupar de otras cosas más complicadas, a veces echo de menos a ese cura de pueblo que fui, que me llevaba a relacionarme con todos y a buscar el bien de las personas con las que me encontraba con absoluta sencillez.

Una de las manos del obispo.

Una de las manos del obispo. Carlos Díaz

-Permítame una curiosidad. No pretendo frivolizar, pero ¿lo suyo fue una especie de iluminación, un encuentro con Dios?

-Fue un conjunto de experiencias. Partió de esa forma de ver las cosas en las que yo pensé que podía ser feliz haciendo lo que hacía el sacerdote. Después fui descubriendo que aquello era mucho más amplio.

Recuerdo perfectamente que el día que entré al seminario, con bastante seguridad, casi me subía por las paredes porque yo le rezaba a Dios y le decía "vamos a ver, que yo estoy dispuesto a lo que haga falta, pero por favor, dime las cosas claras". Y ciertamente Dios dice las cosas cuando quiere.

A lo largo de aquellos seis años de seminario fui descubriendo que Dios me llamaba a través de encuentros, sobre todo a través de ir leyendo las emociones que tenía en el corazón.

Me daba cuenta de que lo que más me alegraba en la vida era ayudar a las personas a acercarse a Dios. Y eso todavía ocurre.

-¿Fue consciente de todo a lo que renunciaba?

-Lo pensé cuando entré en el seminario. Pero esa idea, que a veces es muy teórica, el cura del pueblo me la quitó rápidamente. Alguna vez estaba yo con ese discurso, diciendo que los seminaristas, los sacerdotes renunciamos a muchas cosas… Y me dijo el cura, "¿por qué no participas en el grupo de matrimonios que tenemos?" Empecé a ver las dificultades que tenían las familias y no volví a hablar de renuncia. Fue un contraste muy inteligente. Me dijo que debía conocer la vida de los matrimonios antes de hablar de renuncia.

Duda

"Ha habido momentos en los que me ha costado encontrar a Dios. La duda es un espacio muy interesante porque nos ayuda a crecer en nuestro propio camino, nos ayuda a encontrarnos con personas que, desde otro punto de vista, también dudan. La duda es un espacio de encuentro"

-Se convirtió en sacerdote con 25 años. En estos 33 años, ¿alguna duda?

-Sí, sí. Continuamente. Todavía ahora tengo dudas. A veces se refieren a cuestiones más mollares, como preguntarme si este es mi camino. Incluso ha habido momentos en los que me ha costado encontrar a Dios. La duda es un espacio muy interesante porque nos ayuda a crecer en nuestro propio camino y porque creo que nos ayuda a encontrarnos con personas que, desde otro punto de vista, también dudan. La duda es un espacio de encuentro.

Otra imagen del obispo.

Otra imagen del obispo. Carlos Díaz

-¿Cree que la Iglesia está en ese momento de admitir la duda?

-Sí. De hecho, en las biografías de santos se pone cada vez con mayor relevancia que lo normal es dudar. Y la duda te lleva al progreso. Creemos que las personas tenemos un mecanismo de insatisfacción que nos lleva a disfrutar de una meta, pero al poco tiempo nos damos cuenta de que esa meta no nos satisface lo suficientemente y tenemos que seguir creciendo. Eso es San Agustín, no de alguien que ha perdido la chaveta.

Sabemos que la Madre Teresa de Calcuta, según cartas suyas, durante mucho tiempo no era capaz de sentir a Dios en su vida.

-Me hablaba de su niñez y de las carencias…

-De caprichos.

-Cuando contrapone su realidad de aquellos años con la actual de muchos niños y jóvenes, ¿qué reflexión le genera?

-Por un lado me doy cuenta de que aquella realidad que viví me ayuda a situarme ahora. Es decir, el joven que iba a trabajar en una granja de terneros para poder estudiar es el mismo que va a una reunión de obispos al Vaticano para proponer al Papa quién va a ser obispo de aquí o de allá. El mismo.

Eso me ayuda mucho a estar en mi sitio, a darme cuenta de que soy un afortunado por aquella pobreza que viví, por aquella riqueza de cariño que recibí, que no faltó nunca, y porque la vida ha dado esos tumbos, a veces más positivos, otros más negativos. Ahora me siento una persona muy afortunada.

Y por otra parte, me da la sensación de que para poder valorar lo que tienes, hace falta no haberlo tenido. Creo que algunos niños y jóvenes, cuyos padres, con la mejor intención, se han preocupado de darles todo, no han vivido esa experiencia.

Yo tengo un tío que fue mi padrino y que, a raíz de la muerte de mi padre, ha sido como mi padre. Me contaba que su hermano, una vez, en el camino que hizo a pie desde el pueblo donde trabajaba a Sesar, perdió el taco de la abarca. Es una especie de sandalia que llevaba un taco de cuero en el talón. Decía mi tío que el día en que encontró ese taco fue uno de los más felices y que muchos niños que lo tienen todo jamás disfrutaron como yo disfruté en aquel momento.

Nos hace falta despertar el deseo. Los padres y las personas que estamos cerca de los niños no debemos darles más de lo que desean, porque les ahogamos el deseo. Y el deseo es un motor importantísimo para poder moverte, para poder motivarte.

-¿Qué sabía de Málaga antes de convertirse en obispo?

-Nada, no sabía nada. A mí Torremolinos, Marbella, me sonaban a turismo, a frivolidad, a diversión… A poco más.

-¿Y una vez ha tenido oportunidad de conocer la provincia y la capital?

Pues tengo una impresión de gente súper, súper acogedora. Súper abierta, súper inmediata. Aquí me dicen cosas que en Huesca o en Teruel tardarían tres o cuatro años en decirme. Las cosas que oigo cuando salgo a la calle o cuando termino en la eucaristía.

Veo una iglesia muy viva. Cuando yo pensaba en esta tierra en clave de diversión, de turismo, de frivolidad, veo una diócesis muy viva. Estamos ante una sociedad muy rica desde el punto de vista de valores y con una capacidad de superación muy fuerte.

Deseo

"Nos hace falta despertar el deseo. Los padres y las personas que estamos cerca de los niños no debemos darles más de lo que desean, porque les ahogamos el deseo. Y el deseo es un motor importantísimo para poder moverte"

-Por lo que dice le gusta lo se encuentra en esta tierra.

Sí, aunque encontré situaciones de pobreza y de dificultad que no me podía llegar a imaginar. Algunos barrios en concreto donde he encontrado un nivel de pobreza muy fuerte.

Y en algunos pueblos que he visitado me he encontrado familias que vivían en una sola habitación y que la lavadora la tenían en la calle porque no les cabía dentro.

Esa es una parte de Málaga que quizá no sea la más habitual, pero está ahí. Y no podemos estar de espalda de esa realidad porque una sociedad que se precie no se califica solo por los puntos que tiene la descripción económica de las empresas, sino que se califica también por la capacidad de hacerse próxima, cercana y solidaria con las personas que más sufren.

-Estamos muy acostumbrados a escuchar lo de la ciudad de éxito y al mismo tiempo convivimos con situaciones como la de Los Asperones, Palma-Palmilla.

Así. Tenemos un gran desafío. Es claro que una persona, una sociedad, se define por su capacidad de hacer suyas las aspiraciones de la gente que más sufre, sea de aquí o de fuera.

-Usted ha sido muy claro en el asunto de la regularización de inmigrantes.

Yo no soy político, pero tenemos que tener en cuenta que este proceso de regularización fue promovido por muchas asociaciones de Iglesia, pensando en la cantidad de personas que están trabajando y viviendo en nuestra sociedad a veces en unas condiciones muy duras.

No entro en los detalles más concretos de si se tendría que hacer así o de ese otro modo. Pero lo mismo que digo que los gobiernos tienen el derecho y la obligación muy difícil de regular los flujos migratorios, también creo, y lo digo con convicción, que tenemos que hacer todo lo posible por ayudar a integrarse de una forma buena a las personas que están aquí.

Otra de las imágenes de la entrevista.

Otra de las imágenes de la entrevista. Carlos Díaz

-Si tuviese que poner deberes a un Ayuntamiento como el de Málaga.

-Todo esto que hemos estado hablando ahora. Las personas que tienen dificultades para tener una vivienda digna tienen que ser una prioridad de las Administraciones públicas, no solamente del Ayuntamiento.

-Llega usted a un territorio en que empieza a ser habitual que la gente de Málaga no pueda vivir en Málaga.

-Cuando hablamos de estos problemas sociales asociamos tener trabajo con poder vivir dignamente. Ahora, desgraciadamente, no podemos decir eso. Mucha gente tiene trabajo, pero, sin embargo, tiene problemas para tener una casa.

-¿Cuál debe ser la relación de la Iglesia con las personas homosexuales?

-Lo que veo es que muchos homosexuales han sufrido y sufren una discriminación. Creo que tenemos que hacer todo lo posible para que ese sufrimiento se vaya suavizando y desaparezca. ¿Eso significa que vamos a cambiar en la Iglesia la opinión del matrimonio? No, pero quiero subrayar esa llamada del Papa Francisco a que todos, todos, todos tienen lugar en la Iglesia.

Porque en la Iglesia no hay un grupo de santos y otro de pecadores. Todos tenemos nuestra parte de santos, todos tenemos nuestra parte de pecadores. Y la Iglesia, como Dios, nos acoge a cada uno con nuestra mochila particular.

Ese es mi planteamiento. Intentar que las personas, cualquiera que sea su situación, puedan encontrar en la Iglesia un lugar de acogida donde puedan vivir su fe, si es que la tienen, y la puedan transmitir.

Homosexualidad

"En la Iglesia no hay un grupo de santos y otro de pecadores. Todos tenemos nuestra parte de santos, todos tenemos nuestra parte de pecadores. Y la Iglesia, como Dios, nos acoge a cada uno con nuestra mochila particular"

-Otro tema siempre complejo: el aborto. ¿Es los que cree que el aborto es un crimen?

-Invito a la sociedad a que cuando reflexionemos sobre este tema pensemos, por supuesto, en las mujeres, pero también en que hay una vida humana en el cuerpo. Sé que es muy difícil a veces tomar una decisión. Sería interesante que ayudemos a todas las mujeres, que tengan más facilidades para traer un hijo al mundo que para abortar.

-¿Ha tenido oportunidad de tratar con mujeres que han tenido esa situación?

-Sí, he tenido la ocasión de hablar con personas que se han sentido juzgadas y condenadas por la Iglesia y he tenido también la impresión de muchas mujeres a que se les ha presentado el aborto como una salida fácil a su situación y que se han encontrado con un sufrimiento después del aborto muy fuerte. Es de los temas en los que no podemos frivolizar.

-¿Cuál fue su primera reacción cuando se enteró de los abusos sexuales en la Iglesia?

-En este tema estaba prácticamente en ayunas hasta que empecé a trabajar en Roma. Ahí fue cuando empecé a tratar temas de abusos y a tomar conciencia de lo que supone un abuso. En mi inconsciencia pensaba que era solamente un mal rato, un momento terrible, pero hasta que me encontré con experiencias concretas nunca pensé que un abuso puede romper por la mitad la vida de una persona.

También me di cuenta de que en la Iglesia se estaban dando unos pasos muy importantes. Hemos ido pasando de buscar sobre todo la credibilidad de la institución, salvaguardar su buen nombre, a buscar el bien de las víctimas.

Estoy plenamente convencido de que para que la Iglesia pueda recuperar la credibilidad perdida por este asunto, el único camino es poner en primer lugar el bien de las víctimas.

-¿Ha tratado con personas que han pasado por esa situación?

-Todos los temas de los que estamos hablando los podemos tratar como un tema o como una situación de personas concretas. Podemos hablar de inmigrantes pensando en un tema o pensando en la situación concreta de Amalia, de Fernando o de Juan.

En el tema de la homosexualidad podemos tratarlo como un tema o podemos hablar de la situación de Juana, de Felipe. Y en esto pasa lo mismo. En el momento que te encuentras con el sufrimiento de las personas, si tienes un mínimo de sensibilidad, las cosas cambian.

Empecé a conocer la situación del sufrimiento de las víctimas de abusos en la Iglesia a través de documentos, porque no nos encontramos con personas concretas. Después me he encontrado con bastantes víctimas y uno no puede permanecer indiferente ante ese sufrimiento.

-¿Cuál es la situación de Málaga?

-Es un tema que tenemos que trabajar más. Una de las cosas que queremos hacer inmediatamente es comenzar a transformar la Oficina de Recepción de Denuncias de Abusos en un servicio de acompañamiento a víctimas. Que recoja denuncias, pero sobre todo que acompañe a nivel psicológico, espiritual y jurídico a las personas que quieran. Estamos en el camino y tenemos mucho que mejorar.

Abusos

"Una de las cosas que queremos hacer inmediatamente es transformar la Oficina de Recepción de Denuncias de Abusos en un servicio de acompañamiento a víctimas a nivel psicológico, espiritual y jurídico"

-¿Tienen cuantificados los casos?

-Tengo una lista de denuncias que se han ido produciendo, pero es uno de los temas que tengo sobre la mesa y sobre el que quisiera, cuando lo tenga más controlado, hablar abiertamente, con datos de las denuncias y de cómo se han afrontado. En no demasiado tiempo me gustaría hablar de ello.

José Antonio Satué.

José Antonio Satué. Carlos Díaz

-Usted conoce casos concretos de víctimas de abusos. ¿Conoce a abusadores?

-Sí.

-Y cuando ha tratado con esos sacerdotes…

-Normalmente hay procesos de narcisismo muy fuertes. Detrás de los abusos de sacerdotes y no sacerdotes hay personas que por circunstancias de la vida, que no voy a juzgar, han ido centrándose en sí mismos, en sus necesidades, en sus proyectos, en sus problemas y con mucha dificultad atisban a comprender lo que sus actos han producido en otras personas.

Por eso creo que no es el camino este proceso que a veces vivimos en el mundo de privatización, de aislamiento, de buscar cada uno exclusivamente nuestro bien propio, creyendo que así buscamos el bien de todos.

Necesitamos en el fondo, tanto dentro de la Iglesia como fuera, buscar la formación de personas abiertas a la situación y al sufrimiento de los demás.

-¿Le sorprende la polarización tan enorme que existe en la sociedad española?

-Sí, pero una vez más voy a algo que está un poco más atrás de todo esto y es la incapacidad de descubrir en el adversario aspectos positivos. Funcionamos con una psicología de manada. Los de mi manada son los buenos, los que no son de mi manada no son buenos. Cualquier persona que tenga dos dedos de frente se da cuenta de que en tu propia persona y en tu propio grupo de fe, político o lo que sea, hay mucha miseria. Y enfrente hay mucha miseria, pero también hay cosas de las que podemos aprender. Tenemos que abrir la mente.

-Pero esto no siempre fue así.

-Vamos dando a veces pendulazos. La sociedad en la que vivimos tiene un punto de conflicto. Para los que vivimos la Transición la vía democrática era lo mejor de lo mejor. Pero ahora hay otras personas que la critican y buscan alternativas. Creo que los que apuestan por este tipo de soluciones se darán cuenta de que eso tampoco soluciona del todo. En el fondo, la persona humana tiene su conflicto interior y ese conflicto interior se va reproduciendo allá donde va.

Pero creo que en este asunto se ven a veces brotes verdes. Cantidad de gente que se cansa de esta polarización y de estos discursos de bueno o malo, dentro o fuera.

-¿Es usted un obispo cofrade?

-Fui cofrade, presidente de la Archicofradía de la Vera Cruz en Huesca. Entré porque me lo pidieron. Entré con recelo, pero me di cuenta de que detrás de las procesiones que salen una semana al año hay mucho trabajo. Eso me ha servido para situarme aquí, para darme cuenta que detrás de la Semana Santa hay mucho trabajo, mucho esfuerzo y muchas ganas por parte de muchas personas de poder vivir la fe y de transmitirla con seriedad.

José Antonio Satué posa tras la entrevista.

José Antonio Satué posa tras la entrevista. Carlos Díaz

-Aquí en Málaga raro es el fin de semana que no hay una procesión en la calle. No sé si ese grado de exposición permanente le gusta.

-A mí me gusta que lo extraordinario sea extraordinario y lo ordinario, ordinario. Porque cuando lo extraordinario se convierte en habitual llega un momento en el que no se disfruta de las cosas.

Tenemos que afinar más para que, si hay que hacer una procesión extraordinaria, sea con naturalidad. Pero no vayamos buscando excusas para hacer procesiones extraordinarias.

-Permítame que le insista. ¿Le parece que hay demasiadas procesiones?

-No tengo todavía una valoración. Cuando llegué, cualquier domingo estaba en mi casa y oía música en la calle. Y sí que me dio la sensación de que había muchas procesiones más allá de la Semana Santa. Tenemos que tener un proceso con las cofradías y hermandades de reflexión para ver cómo podemos regularizar mejor esto.

Segunda torre de la Catedral

"El dinero que la Diócesis tiene destinado al patrimonio no se puede centrar en la Catedral. Me gustaría que todas las iglesias estuvieran sin goteras. Tenemos otras prioridades"

-¿Ya se ha puesto manos a la obra?

-Estamos en ello. Todavía no hemos iniciado ese proceso de reflexión.

-¿El desarrollo de la Semana Santa, el desarrollo de las cofradías en las calles de Málaga depende de la Diócesis?

-En el fondo sí, porque se trata de manifestaciones de culto público, donde la Iglesia cuenta con la inestimable colaboración de las cofradías. Y en ese sentido creo que estamos en un proceso de confianza mutua en el que las cofradías proponen, el Obispado propone y se llegan a acuerdos.

-¿La segunda torre de la Catedral sí o no?

-Creo que la Catedral necesita consolidar todo lo que suponen las bóvedas. Tenemos unas redes especialmente prácticas, pero también feas. Poco a poco iremos viendo.

Siempre he dicho que el dinero que la Diócesis tiene destinado al patrimonio no se puede centrar en la Catedral, sino que tiene que llegar a las comunidades y pueblos con más dificultades para mantener en pie sus iglesias. Me gustaría que todas las iglesias de la diócesis estuvieran sin goteras. Y que tuvieran las salas necesarias para poder desarrollar su acción catequética, social y litúrgica. No voy a decir que no; me gustaría, pero tenemos desde la Diócesis otras prioridades.