Una ilustración y un tatuaje recordando a Luis.

Una ilustración y un tatuaje recordando a Luis.

Málaga

El duelo tras el suicidio de un hijo adolescente: la historia de Rocío y la estrella de Luis, que se quitó la vida con 12 años

El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural entre los jóvenes. En 2021, se registraron 336 muertes por suicidio en menores de 30 años.

Más información: Mariela Checa, reelegida decana de COPAO: “El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte entre los jóvenes”

Publicada

Las claves

Rocío Merino perdió a su hijo Luis, de 12 años, por suicidio en 2017, sin señales previas ni explicaciones claras que anticiparan la tragedia.

El duelo llevó a Rocío y su familia a mudarse de casa y afrontar procesos de separación, buscando nuevas formas de reconstruir sus vidas y apoyarse mutuamente.

Participar en la asociación Alhelí ayudó a Rocío a encontrar comprensión y apoyo entre personas que han pasado por situaciones similares.

Rocío lucha contra el estigma del suicidio hablando abiertamente de su experiencia y manteniendo vivo el recuerdo de su hijo en su vida diaria.

La casa de Rocío Merino está repleta de estrellas. Una bonita ilustración pintada con acuarelas refleja una de ellas. Hay otras entre sus joyas, e incluso tiene una tatuada en el tobillo. "Así representamos a Luis, como una estrella. Mi hija pequeña me pidió que la dejara hacerse un tatuaje a los 18 y, cuando me enteré de lo que quería hacerse, tanto mi mejor amiga de toda la vida, como yo, acabamos haciéndonoslo; ella le pidió permiso a mi hija para copiárselo, le hacía mucha ilusión", expresa.

Las tres querían con el alma al pequeño, que se suicidó con apenas 12 años, en 2017. Aunque el próximo año se cumplirá una década desde que su bonita sonrisa, calcada a la de su madre, se fue para siempre, Rocío sigue hablando de él en presente, como si nunca hubiera partido. "Yo sigo teniendo dos hijos y así será siempre", expresa.

Era 2017 y la vida del hijo de Rocío era la de cualquier niño de su edad: iba al colegio, tenía buenos amigos y le encantaba acudir a sus entrenamientos de balonmano. Pasaba tardes y tardes jugando en la plaza de su barrio. Nada hizo pensar a su madre que algo iba mal. "Una semana antes estaba con su monopatín jugando", recuerda.

Aquel 29 de octubre la familia estaba sentada a la mesa. Durante la comida, el adolescente contaminó el plato de comida de su hermana, que es celíaca, y su madre le dijo que debía tener más cuidado. Una regañina normal, de esas que ocurren cada día en cualquier casa. Después de aquello, el niño se levantó y se fue a su habitación.

Pensando que se había cabreado, su madre fue a buscarlo. “Y ya no lo volvimos a ver”, expresa con rotundidad. La ventana de la habitación de su hijo, de par en par. Todo ocurrió en cuestión de minutos y sin que nadie pudiera imaginar lo que iba a pasar.

Desde entonces, Rocío ha reconstruido ese momento miles de veces. Ha repasado cada gesto y cada palabra buscando una explicación que, hasta ahora, jamás ha aparecido.

Preguntaron en el colegio, hablaron con sus amigos y revisaron todo lo que pudieron y más sobre el chaval. Nadie detectó señales previas ni conflictos que pudieran explicar lo ocurrido. “Era un niño muy dulce y sensible”, recuerda su madre.

Luis jugaba al balonmano y tenía amigos que iban con frecuencia a su casa. “Nunca vimos nada raro”, insiste. Para Rocío, aceptar que quizá nunca sabrá qué ocurrió ha sido una de las partes más duras del duelo. Durante mucho tiempo, la pregunta fue siempre la misma. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”.

“Llega un momento en que tienes que dejar de machacarte con eso, si no, es imposible seguir adelante”, explica Rocío. “Porque no lo sabes y probablemente nunca lo sabrás; eso solo lo sabrá él”. Es una idea que ha tenido que aprender con los años y gracias a que ha pedido ayuda para sobrellevarlo.

Apenas recuerda los primeros meses sin su hijo. Una nebulosa le impide volver a revivir tanto dolor. A veces, incluso lo agradece. La familia se trasladó a casa de unos familiares durante un tiempo hasta que las heridas emocionales se empezaran a cicatrizar. Con el tiempo, acabaron volviendo a la vivienda donde ocurrió todo, aunque tras unos días de estancia, pronto comprendieron que tampoco podían seguir allí.

“Todo era demasiado doloroso, me venía una y otra vez la imagen a la cabeza”, dice. Cada rincón de la casa les recordaba lo ocurrido y, por supuesto, a su niño. Al final decidieron mudarse para intentar empezar de nuevo.

El duelo también acabó separando a los padres de Luis con el paso de los años. Cada uno afrontó su situación de una forma distinta. Rocío, por su parte, no dudó en buscar ayuda desde el primer momento y comenzó a acudir a psicólogos. Su exmarido, totalmente al contrario y, además, se alejó de ambas. A partir de este hecho, el único objetivo vital de Rocío era claro: poder seguir adelante por y para su hija, que apenas se llevaba 15 meses con su hermano. “Yo pensaba solo en ella. Tenía once años y tenía que vivir su vida, aunque fuera solo conmigo”, recuerda.

Su hija estudia ahora su carrera en Madrid. Rocío habla de ella con orgullo y admiración. “Es una niña muy fuerte, muy luchadora, para todo lo que ha vivido”. Ella es la que le da fuerzas cuando estas le faltan. Se tienen la una a la otra cuando se rompen.

Parte de la recuperación de Rocío comenzó cuando llegó a la asociación Alhelí, especialista en la gestión de grupos de supervivientes, esas personas que, como ella, se quedan en este mundo cuando pierden a un familiar por suicidio. Allí encontró algo que hasta entonces no había tenido: personas que habían pasado por situaciones similares y que empatizaban con sus sensaciones y pensamientos. Escuchar sus historias le ayudó a entender sus propios sentimientos.

“Yo pensaba que lo que se me pasaba por la cabeza no era normal”, recuerda. “Y allí descubrí que todo forma parte del duelo”. Rocío se dio cuenta de que lo que estaba pasando no solo estaba sufriéndose en su casa. También en muchos otros hogares. El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural entre los jóvenes. Sin ir más lejos, en 2021, se registraron 336 muertes por suicidio en menores de 30 años en España. 22 de ellos eran menores de 15 años.

Para Rocío, hablar de Luis es una forma de mantenerlo presente. Nunca quiso que el silencio lo borrara también de la memoria. Por eso sigue mencionándolo en su día a día. “Forma parte de nuestra vida”, dice. “Y yo hablo de él continuamente”, añade. Ese gesto, explica, también es una forma de luchar contra el estigma que rodea al suicidio. “Hay un tabú enorme”, asegura.

En la zona donde residían, los vecinos se daban codazos al encontrársela por la calle después de que ocurriera el suicidio de su hijo. Pero lo que más doloroso le parece a Rocío es que ninguno de los padres de los amigos de Luis se acercó a ella tras lo ocurrido para trasladarle sus condolencias y saber qué tal estaba. Tampoco la llamaron para preguntar si necesitaban algo. "Personas ligadas a los valores de los scouts, de las misas de los domingos... Me chocó mucho esa actitud, totalmente lo contrario al amor al prójimo. Desaparecieron", lamenta.

Afortunadamente, algunas madres de amigas de su hija sí que han estado muy pendientes de ellas para todo. "Tenemos un grupo de WhatsApp donde estamos en contacto día a día y se han portado muy bien con las dos", expresa la mujer, muy agradecida.

Rocío, lejos de ocultar lo que había ocurrido, decidió hablar de ello desde el primer momento. Cuando alguien le pregunta cómo murió su hijo, lo cuenta sin rodeos. “Hay que darle visibilidad, ¿para qué mentir?”, afirma. “La gente tiene que saber que esto ocurre”.

Se rompe cuando reflexiona acerca del sentimiento de culpa que le da a un superviviente que suceda un suicidio, una tragedia de estas características. "Yo aún no sé por qué mi hijo tomó esa decisión. Siempre pienso que fue mi culpa, que cómo no me di cuenta de algo que le pasara. Solo tenía doce años y era un niño", expresa entre lágrimas.

Aun así, Rocío intenta transformar ese dolor en algo que pueda servir a otros. “Aunque me remueva todo por dentro”, admite. “Si puedo ayudar a alguien, merece la pena hablar en asociaciones como Alhelí o en entrevistas como esta. Quiero ayudar a entender este proceso a aquellos que estén viviéndolo”, relata.

A su "estrella" le encantaban los cactus. Por eso cada vez que va al cementerio, le lleva uno. Le sale una sonrisa contando una anécdota con el abuelo de Luis. "Mi padre le preparó un centro con cactus precioso. La cosa es que siempre que íbamos lo regábamos y esas plantas necesitan muy poquita agua. Al final duraron nada, porque no nos informábamos de que cada uno le echábamos agua", confiesa entre risas.

En su día a día, cuando personas que la vida le pone en su camino hacen cosas bonitas por ella y por su familia, no duda en regalarles cactus, porque son un cachito de su niño. "Mi primer jefe me conoció cuando yo estaba muy hundida. La autoestima por los suelos. Me ayudó muchísimo y decidí darle uno", recuerda.

Para ella, el duelo no es un camino recto ni una sucesión de fases que se superan una tras otra. Es un proceso imprevisible que avanza y retrocede. “A veces crees que estás mejor y de repente vuelves al primer día; no siento que esté en mi mejor momento, ni soy tan fuerte como parece”, explica. “Es una montaña rusa”, lamenta.

Cuando eso ocurre, Rocío se permite parar. “Me doy un día para el dolor”, dice. Pero al día siguiente vuelve a levantarse. Porque la vida sigue. Y porque, insiste, Luis sigue formando parte de ella, guiándole en la vida desde la estrella que más brilla en el cielo.

Si tú o alguien que conoces está pasando por un momento difícil, busca ayuda:
  • 024: Línea de atención a la conducta suicida (disponible las 24 horas, gratuito y confidencial).
  • Teléfono de la Esperanza: 717 003 717.