Alice Wonderland
Las prófugas del travestismo: las mujeres drag malagueñas visibilizan su existencia alejada de Torremolinos
La historia de varias mujeres que reivindican su aportación como drags en un sector que solo quiere a hombres para esos trabajos.
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La tenue luz que vomitan —o escupen— tres solitarias farolas delatan a un equipo de "señoras disociadas y locas": Minerva, La Hecatombe, Culona y La Babie. Es una calle sin salida, de esas en las que ocurren las fechorías más furtivas y subrepticias. Parece una reunión clandestina, pero a catorce kilómetros ocurre lo mismo, al lado de una comisaría de policía.
Las fugitivas —conocidas como Las Bimbos, la única casa drag de mujeres de Málaga— tienen el acceso restringido a La Nogalera y han tenido que gestionar su propio evento en un centro social para poder actuar. Son una banda organizada anti-Torremolinos y huyen a hurtadillas de sus leyes del drag.
—Una fast question, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Vamos a ir a cenar al McDonald’s y luego nos vamos a La Comedia. Vamos todos, va hasta Culona —responde La Babie, una de las líderes de la banda.
—Yo quiero cambiarme.
—Yo también. —En su maleta esconde la peluca azul con la que horas antes había mutado y ahora deja ver el pelo negro de Amira.
La sirena de la Misericordia
Las perlas pretenden volver al mar y liberar los dos rojizos mechones que serpentean su pálido rostro. Una de ellas se escapa entre el movimiento ondulatorio de sus blancos abanicos y las telas que arrastran. Sus ojos, sumergidos en una sombra azul y arenosa, parecen no haberse dado cuenta.
Mientras, las conchas permanecen aferradas a su corsé blanco junto a más de medio centenar de orbes relucientes que las rodean. La transformación que Minerva sufre cuando está en drag se está desvaneciendo a medida que pasa la noche y Montserrat está a punto de volver a la tierra.
Montserrat creció entre Málaga y Jaén y se considera de ambas partes igual, aunque, tal vez por su mutación en sirena, lleva cuatro años viviendo en la ciudad costera.
Minerva
En Málaga ha encontrado la comunidad que en otros países no ha podido. Vivió un año en Irlanda y otro en Malta tras terminar la carrera de Estudios Ingleses.
Justo cuando empezó en el drag en 2022, tuvo que abandonar esos océanos para empezar a sobrevolarlos debido a su trabajo de azafata.
Minerva emergió en la sexta edición de LAMUQUEER: "una competición de mujeres, queers, drakings, travestis y disidentes". Desplegó su plumaje y apareció con una enorme cola hecha de señales de tráfico de cartón, representando la Rotonda de los Pavos Reales de Jaén en honor al estreno de la «House of AOVEnditas», su primera casa drag —la familia elegida, compuesta por personas que se apoyan bajo el mismo apellido—.
Aunque en la edición anterior del mismo evento conoció a las chicas que dos años más tarde serían sus "hermanas". Para Minerva es esencial tener un cardumen con el que nadar, y aunque ella forme parte de dos, no es necesario que sea en la corriente de una casa drag.
La sirena de la Misericordia —como también la llaman por el estilo «sirencore, mermaidcore» con el que intenta definir su drag— siempre sume tras sus perlas una historia. Esta vez, para contarla mueve sus labios siguiendo la voz de Addison Rae en Aquamarine, mientras el público se sumerge en ella como quien escucha el canto del océano.
Lo que Minerva más disfruta es que los marineros se tiren al agua, no que la miren desde la distancia; que vayan a por ella porque la razón de ser que esconden sus escamas los embelese. Su poción del amor, un pequeño frasco lleno de un líquido rosa —que es Fanta de sandía, aunque la mayoría se lance pensando que es alcohol—, demuestra la capacidad, algo inhumana, que tiene para coquetear con la tripulación. Parece ser especialista por los tres besos rojos que tiene marcados en el hombro derecho.
Las veteadas conchas y las lustrosas perlas que bañan su corsé llevan tiempo sin tocar la arena. "Nunca es suficiente maquillaje, nunca es suficiente peluca, nunca es suficiente accesorio" le susurra el mar a la doncella de las olas.
Quizá si fuera doncel, la marea callaría. El concepto es el mismo que utilizó en el POOUS, un concurso de pasarela organizado por el Kipfer & Lover. Adaptado a actuación. Transformado. El drag es eso: transformarte en sirena cuando la humanidad te ahoga."
La reina de los maricones
—Rebájale un tono, mi Hecatombe personal —le decía su profesora de Maquillaje—. ¡No vas a querer poner a la madrina así!
Las pestañas naranjas con las que llegó su primer día de Diseño Gráfico explicaban la falta de entendimiento que tuvo con su profesora de Maquillaje. Ioana se diferenciaba un poco de sus compañeras, que para ella eran muy "BBC: bodas, bautizos y comunismo" —aunque en realidad quisiera decir “comuniones”—. Ella era más de experimentar, de ser "muy lesbiana de su casa": empezó con los colores del pelo y terminó tanteando con personalidades. Allí aprendió todo lo que sabe ahora.
Antes del curso de Maquillaje fue catadora profesional "de vinos y de carreras", y tanto el vaso de trago largo de vino blanco que sujeta con sus guantes de cuero negro, como Magisterio, Filología Hispánica y Bellas Artes son testigos de ello. Se perdió desde Almería hasta Granada, entre grado y grado, hasta que en Maquillaje le permitieron hacer drag y pintó a su novio como a ella le hubiera gustado ser.
La Hecatombe
—Dani, líame un cigarro, mi amor, por favor —suplica La Hecatombe a su novio con su frágil voz.
Ambos viven ahora en Málaga tras siete años de relación. Ioana se mudó por amor, ya que Dani es bailarín y asentó sus pasos allí. Con él vio todas las temporadas de RuPaul’s Drag Race y su interés por el drag creció un poco más, alimentado por toda la filmografía de Almodóvar y la imagen de Miguel Bosé "travestío de arriba a abajo" en Tacones Lejanos.
La Hecatombe es un poco crafty. Los pañuelos de animal print que lleva colgados de los cuatro cinturones de Shein que anudan su cintura son de Dani. De ellos también cuelgan cuatro filas de perlas, que curiosamente no son robadas de Minerva, sino de la abuela de su amigo Fran.
La Hecatombe ha conocido y encarna las imperfecciones del drag, lo anti-Torremolinos: "No llevar putos tacones; llevar una peluca del Shein, pero hacerte el lypsinc de tu vida; y maquillarte con lo que tengas".
Cuando estaba en el ecuador de Diseño Gráfico, una compañera suya hizo un safari tipográfico sobre La Invisible que suscitó su interés. Poco más tarde, conoció allí a La Babie y a Culona. Entre las sillas blancas del patio descubrió un nuevo mundo del que nutrirse, como persona y como travesti: el underground.
—Jo, la niña que yo era con cinco años, refugiada en mi cuarto con muñequitas, si llega a venir y estar con todas nosotras, se moriría de la ilusión. —Los ojos de Ioana, no Hecatombe, retienen la sal de los mares.
La pequeña Ioana vislumbraba en el techo de su habitación el brillo de unas estrellas que hacía que las noches no fuesen tan largas. Ahora puede decir que ha conseguido pertenecer a ese «algo» con el que tanto soñaba, y el deseo fugaz —o eterno— que alguna vez pidió la llevó a Las Bimbos: "Son tan petardas, son tan increíbles".
La DJ
Sus dedos corretean la mesa de mezclas y juegan al subibaja con los faders. De vez en cuando hay algún salto picado entre los titileos rojos, naranjas y verdes de los cuatro botones cuadrados situados en la parte derecha.
—¿Por qué no te pones ahí arriba? —pregunta a voces Rubi, organizador de LAMUQUEER, señalando con su cabeza el escenario.
—Porque me da pereza mover la puta mesa —responde Nuria, sin duda.
Trece segundos sin voz. Sus ojos, bajo sus finas y rojas gafas, se deslizan por la rectangular pantalla del monitor que tiene delante, y sus guantes de cuero negro se resbalan por la mesa mientras marcan la transición de Freed From Desire a Crazy Frog.
El portátil muestra una larga playlist de diversos estilos musicales, desde el kpop hasta el electro disgusting. El cursor arrastra nombres como Rihanna, Rosalía, Yenesi, El Canto del Loco, Chelo García Cortés o, su favorito, Estopa.
Culona
Nuria está envuelta en un descubrir sin fin de referentes. Cree que el arte se baña en las acuarelas de otros pintores; se redacta en la tinta de otros escritores; se compone en las melodías de otros músicos; se proyecta en las grabaciones de otros cineastas; o se crea, incluso, con las palabras de su vecina. Para ella el drag es eso: arte.
Culona nació en la libertad artística que encontró en el drag, alejada del espacio encorsetado que tenía en otras disciplinas. Su trayectoria le ayuda a asfixiar el miedo escénico, pero hacer drag siempre le ha impuesto por la complejidad del maquillaje, con exigencias añadidas por el género de quien coge la brocha: "Si tú coges a un chico gay que decide hacer drag, se puede maquillar casi na, se pone una peluca y ya está, p’alante. Nosotras nos tenemos que esforzar el triple porque si no no se nos toma en serio, no se considera que estemos haciendo drag".
Se estrenó en la tercera edición de LAMUQUEER, donde conoció a La Babie. Desde entonces, su drag ha participado en fiestas, aunque prefiere buscar vías de escape ante la falta de contratación por parte de los locales.
"Ya por el hecho de ser mujer, por muy buena que seas, no te van a querer. En Torremolinos es muy difícil que te cojan como mujer. En nuestro caso, ¿qué es lo que hacemos? Hacemos cosas autogestionadas", expone.
Culona es un "cuadro". Es el lienzo en blanco que ella misma decide pintar cada vez que se sube al escenario. Siempre camp, exagerado. Donde puede hacer sus "remixes interesantes", mezclar un audio viral de Laura Escanes con Te aviso, te anuncio de Shakira y después marcharse de un portazo con sus cejas pintadas hasta el nacimiento de su cabello y su punzante choker rojo.
Para luego volver porque, eh, todo es por la performance; pero va a seguir pinchando como lleva haciéndolo toda la noche en La Nave, mezclando las canciones menos combinables y repitiendo Crazy Frog tres veces porque es una Bimbo y le da exactamente igual.
La muñeca Gyaru
Su cuerpo está abandonado en medio de la tarima. Parece inerte, pero solo está apagada. Culona está ahí para encenderla. Desde la mesa de mezclas, le da al play y los altavoces negros empiezan a cantar Tracción de Rakky Ripper. Sus ojos se abren, aunque todavía están vacíos; solo muestran sus pupilas debido al camuflaje que los ensangrentados focos suponen para el rosa de sus iris.
—Yo necesito que una drag tenga personalidad, que sea diferente, o que lo intente. Yo tampoco soy diferente ni nada, pero, oye, creo que no hay algo parecido —Entre calada y calada de su piti, corrige sus palabras—. Sí lo hay, pero nos puedes diferenciar. —El humo se mezcla con el vaho del frío acumulado en el exterior de La Nave.
La Babie es su muñeca y, casualmente, su top rosa señala la marca, casi tocaya: Barbie. Amira la viste con prendas que solo se atreve a portar en el mundo onírico que se crea cuando el botón pasa del off al on. Sus pasos articulados recuerdan a la rigidez del plástico y tambalean la cola de leopardo, a conjunto con sus medias y sus cascos, que cuelga de su falda rosa de látex.
La Babie
Cuando juega con ella, quita el pestillo a la niña de tantas y tantas edades que permaneció años encerrada en el trastero de su mente. La Babie es algo alocada y extravagante, por eso es la favorita de las crías: es la muñeca con la que La Hecatombe soñaba hace unas dos décadas.
Los niños —que en general rondan la tercera década— se han interesado más de una vez por lo que la muñeca oculta bajo su falda para saber si puede jugar a ser drag: "Muy guay, muy guay, ¿pero qué tienes ahí debajo?", preguntan como si los juguetes tuvieran genitales. Bueno, La Babie sí, "¿pero por qué te lo tengo que decir?".
Amira se divierte con todo tipo de drag, pero el clásico es el que más le aburre. El gyaru —un término japonés referente a la moda juvenil, liderada por mujeres en contra de los estándares de belleza— es el engranaje que le da cuerda. No es únicamente la caja que la envuelve. Amira trabajó una vez en Torremolinos, al lado de La Nogalera, y nunca más volvió a hacerlo por no ser el juguete que los locales querían usar: "No soy un objeto sexual, y eso a la gente de Torremolinos no le gusta".
La cabaretera
"Estoy acojonada. ¡No quiero, no quiero, no quiero!" son los gritos ahogados que escucha el DJ antes de que Regina pise el escenario, que no se silencian a pesar de los nueve años que lleva repitiendo el mismo mantra. El eco resuena, pero Regina es una valiente, y más que miedo, siente respeto, aunque a veces llegue de "uy, si a mí me da igual todo, yo na más vengo a pasármelo bien".
Gracias al drag, los escenarios la ensalzan como artista y las calles como mujer. El descubrirse como una, de cierto modo, puso algún que otro escalón de más para poder subir a las tarimas. El problema no era ella, sino los que fueron sus compañeros, olvidados en el pasado: "Pues que sepas que estás ocupando el puesto de las drags de verdad, que son los hombres; así que, si te crees artista, vete a una peluquería a poner mechas; y si quieres un trabajo, vete al Mercadona".
Para que le concedieran el escenario, con suerte, primero tuvo que construirse el nombre; cuando muchos chicos, "con un vestido del Bershka y un tambor", ordenan las letras de los suyos encima del escenario.
Regina
—¡Cuánta gente conocida! ¿Todo bien en casa? —Regina suelta su copa detrás del mostrador de la entrada para poder salir del local—. A esta gente cóbrale el doble.
El público conoce de sobra a Regina, teniendo en cuenta que forma parte de la trinidad de mujeres, junto a La Babie y Alice Wonderland, que actúa de manera recurrente —una o dos veces al mes— en La Comedia. Además, es la única que ha encontrado un escondite en el terreno prohibido: trabaja en Torremolinos una vez a la semana. Sus facturas pueden pagarse y su nevera puede llenarse, desde hace más de medio año, gracias exclusivamente al drag.
Desde su palco privilegiado —la barra—, se contonea de cuclillas, con sus rodillas a punto de partirse, y ahoga con tequila de fresa las bocas de la hipnotizada gente que se acerca, mientras Alice sirve copas a tres metros de ella. La Comedia es el sitio donde acaba agotada por las risas y el baile. Regina es una artista burlesque, pero en las noches discotequeras se da una pequeña licencia para adulterar su espectáculo con los distorsionadores del pop y lo comercial.
—¡Yo sé que queréis marcha, en concreto marcha conmigo! —grita desde lo alto de la tarima, ignorando el micrófono que casi acaricia sus labios escarlatas y dando la bienvenida al segundo pase.
El humor, la danza y la música son parte de la reinvención que la showgirl hace para que hasta los días "más tontos" se termine de llenar la sala. La ropa va cayendo al lado de la capa verde cerceta, a juego con la línea de sus ojos, que la arropaba en un inicio. Un corsé negro aprieta su cintura, y ella, aun así, se asegura de estar metiendo barriga, arquear la espalda hacia atrás los suficientes grados y no mover ningún músculo de su frente, porque "una está cumpliendo años y el bótox no es barato".
La Dragasauria
—En este mundillo lo tienes o no lo tienes. Y tú lo tienes —le dijo Sandra Almodóvar a una Alice "recién nacida" hace 25 años.
Alicia siempre fue gótica, aunque la primera vez que hizo drag la vistieran de vinilo, con una peluca, un corsé y una falda de tubo amarillo pollo, sin olvidar las botas "de estas antiguas, de plataforma por delante y por detrás, fea como todos sus muertos". Esa noche daba el comienzo a un nuevo año; pero a Alicia, a una nueva vida.
La Nogalera recibió a su primera mujer camarera cuando Alicia empezó a trabajar en La Abadía, aunque le costó adentrarse en ese mundo. En lugar de abrir con llave, tuvo que derribar la puerta. La mayoría de los locales habían echado el candado para las mujeres, pero Alicia, que siempre ha sido un poco "porculera", se empeñó en acceder al local con el seguro más fuerte que había: Men’s Bar.
Empezó a ir un día y la echaban. Otro día, y también. Y otro, y otro, y otro. El dueño, cansado de escuchar el timbre sonar, decidió dejarla pasar: «Mira, ponedle una copa, que se la ha ganado».
Alice Wonderland
Si Alicia sabía algo, era jugar al despiste, aunque no fuese intencionadamente. Su primer nombre artístico fue Drag Enigma debido a la confusión que causaba el peso de su voz. ¿Era un hombre o era una mujer? Nadie lo sabía, pero los bolos se esfumaban si se resolvía el misterio. Alice Wonderland heredó algún resto de la maldición en el funeral de Drag Enigma, porque la historia se repitió hace un par de años.
—Tú, en Torremolinos o Madrid, no verás a nadie que dé una oportunidad, y a una chica mucho menos; y aquí yo ya he conseguido que mi Babie, que me la como entera, esté. —El cariño y la indignación se mezclan en una madrugada fría de la calle Comedias.
Alice lleva cuatro años colgando las llamadas de Torremolinos. Ella las recibe porque, por su trayectoria, su nombre figura en sus páginas amarillas. El de ellos, en cambio, solo aparecería en la hoja de reclamaciones que presentaría por la transformación de La Nogalera en un «Cirqueer gigante» donde las mujeres no tienen asiento.
Las perlas de su vestido negro, cosidas una a una bajo el diseño de Santiago Zambrana, simulan la forma de un esqueleto. Los huesos de su cintura se hunden como la arena en un reloj. Alice Wonderland es la armadura que utiliza Alicia para salir al mundo, la que protege su corazón, dibujado en su pecho izquierdo por orbes rojos y azules.
Tanto Alicia como Alice son madres. Alicia, de dos chicas; y Alice, de incontables: Darkita, Alma deSoul, Nefertiti... La artista se mece y descansa sobre sus propios shows al recordar que los sueños que tenía en el drag han salido del cosmos de lo irreal. Ahora quiere asegurarse de que sus hijas puedan conciliar el sueño igual. "A quien pisas cuando subes, al bajar te lo vas a encontrar" son versos de la nana que canta a todas las niñas que pasan por su cuna.
El vacío legal
En la noche malagueña se fisura el tejido de lo legal y lo ilegal. Sus luces estroboscópicas iluminan a mujeres que desafían la norma, que huyen de las leyes del drag. La libertad no necesita permiso. Son todas mujeres; mujeronas, incluso. Se manifiestan donde pueden: normalmente, en centros sociales y culturales; pocas veces, en algún local que se atreva a darles una oportunidad. Entre lo furtivo y lo valiente, se cuece una revolución que sabe a pintalabios barato y sueños caros.
—El drag es otra cosa, es político, hermandad. Pero hija, eso... cualquiera se lo mete a la gente en la cabeza —sentencia Alice Wonderland.
Marcos Urbano es estudiante de la facultad de Periodismo en la Universidad de Málaga y participa en la sección La cantera periodística de la UMA a través de la cual EL ESPAÑOL de Málaga da su primera oportunidad a los jóvenes talentos.