Mateo, junto a su obra de la Sagrada Familia.

Mateo, junto a su obra de la Sagrada Familia. Pablo Moreno

Sociedad

Mateo Flórez se ha hecho viral a sus 90 años por hacer obras de arte con radiografías y bisturís: "Vienen a verlas de toda España"

Descubrió el Grapel mientras trabajaba en el hospital 12 de Octubre y medio siglo después su obra ha encontrado el reconocimiento de las redes.

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Las claves

Las claves

Mateo Flórez, de 90 años, se ha hecho viral por crear obras de arte esculpiendo radiografías con un bisturí, técnica que él mismo llamó Grapel.

Comenzó a desarrollar el Grapel en 1973 tras un accidente laboral en el Hospital 12 de Octubre y ha realizado unas 600 piezas, muchas de monumentos conocidos.

Durante años su trabajo fue poco conocido, pero tras la difusión en redes sociales por su nieto, miles de personas de toda España y Latinoamérica siguen sus vídeos y visitan sus exposiciones.

A pesar del reconocimiento tardío, Mateo no quiso convertir su arte en negocio y sigue creando nuevas colecciones inspiradas en los sentimientos humanos, convencido de que aún hay más por descubrir.

Mateo Flórez se despierta todos los días a las 6 de la mañana. A los 90 años sigue encerrándose varias horas con un bisturí en la mano para hacer algo que nadie más hace en el mundo: esculpir radiografías.

Lo lleva haciendo desde 1973, cuando un accidente mientras trabajaba en el Hospital 12 de Octubre cambió para siempre su vida y dio origen al Grapel.

Una técnica artística que él mismo inventó y que, más de medio siglo después, comienza a recibir el reconocimiento que llevaba décadas esperando.

Comienzo por casualidad

A principio de los años 70, Mateo trabajaba como electrónico en el Hospital 12 de Octubre. Allí, tenía que poner a punto los equipos médicos que iban llegando al nuevo centro sanitario, entre ellos los de Rayos X. La casualidad dio lugar a que en aquel sitio hubiese un mostrador con cartulinas, radiografías y un bisturí.

Un día cogió una de aquellas placas negras, la colocó sobre una cartulina y comenzó a rasparla con un bisturí, casi sin pensar.

“Descubrí que podía conseguir distintos tonos simplemente quitando material. Llegué a obtener hasta 17 profundidades diferentes. Era como tener diecisiete lápices, pero al revés”, recuerda.

A aquella técnica decidió llamarla Grapel, una mezcla entre “grabado” y “película”. Con el tiempo comprendió que no era exactamente un grabado, pero el nombre ya se había quedado para siempre.

De emigrante a inventor

Mucho antes del arte y de su gran invento hubo una vida marcada por la posguerra y la emigración.

Nació en Puebla de Sanabria (Zamora). Su padre murió en el frente durante la Guerra Civil cuando él apenas tenía un año y su infancia transcurrió entre Galicia, León y Extremadura.

Estudió delineación y electrónica y, siendo joven, emigró a Alemania en busca de un sueldo que multiplicaba varias veces el que percibía en España.

Después regresó definitivamente a Madrid, donde terminó entrando en la Seguridad Social como electrónico hasta convertirse en el primer especialista de esa disciplina en el Hospital La Paz. Poco después pasó al Hospital 12 de Octubre, el lugar donde aparecería el hallazgo que marcaría el resto de su vida.

Pensar al revés

El GRAPEL exige exactamente lo contrario que la pintura.

“No añado nada; todo consiste en quitar”, explica.

Obra de Petra

Obra de Petra

Cada obra requiere una concentración absoluta. Una equivocación de apenas un milímetro puede arruinar semanas de trabajo porque aquello que se elimina de la radiografía ya no puede recuperarse.

Por eso suele trabajar solo, encerrado en su estudio y durante las primeras horas del día.

“No me puede molestar nadie. Solo estropeé un cuadro en toda mi vida y fue porque mi mujer me llamó mientras estaba trabajando”, cuenta entre risas.

Las piezas más sencillas pueden llevar decenas de horas. Las más complejas superan fácilmente las doscientas.

Mateo Flórez posa junto a su obra de Notre Dame

Mateo Flórez posa junto a su obra de Notre Dame

Algunas de ellas representan monumentos como la Sagrada Familia, el Vaticano o la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela, una obra realizada sobre una radiografía de casi un metro de altura fabricada expresamente para él.

Nunca fue un negocio

En cinco décadas ha realizado alrededor de 600 obras. Sin embargo, apenas ha vendido ninguna.

No porque nadie quisiera comprarlas, sino porque nunca aceptó las condiciones de los galeristas que se interesaban por su trabajo.

“Si yo no vendo, ellos tampoco se hacen ricos a mi costa”, afirma.

Obra de la Catedral de San Basilio de Moscú

Obra de la Catedral de San Basilio de Moscú

Durante años fueron los propios fabricantes de radiografías, como Fujitsu o 3M, quienes le suministraban gratuitamente el material después de utilizar sus cuadros en congresos internacionales para demostrar la calidad de sus películas radiográficas.

El éxito

Durante décadas su nombre apenas salió de algunos círculos artísticos y de reportajes y entrevistas puntuales en televisión.

Todo cambió hace un año.

Su nieto decidió abrirle perfiles en TikTok y YouTube y comenzó a mostrar cómo trabaja con el bisturí sobre las radiografías.

Ahora miles de personas siguen sus vídeos desde España y Latinoamérica. Hay visitantes que recorren cientos de kilómetros únicamente para contemplar sus obras y las exposiciones, antes frecuentadas por un público muy reducido, se llenan de jóvenes.

Obra de Puerta del Sol

Obra de Puerta del Sol

“Nunca venía gente joven. Ahora vienen muchísimos”, asegura satisfecho.

Ese reconocimiento tardío le alegra, aunque mantiene una reivindicación pendiente.

Hace tiempo propuso donar un centenar de obras dedicadas a Madrid para crear un museo permanente del GRAPEL, una técnica nacida precisamente en la capital. La respuesta, dice, fue negativa.

“No pasa nada. Más vale tarde que nunca”, responde sin perder la sonrisa cuando se le pregunta si siente que el reconocimiento ha llegado demasiado tarde.

Misma rutina

Su rutina apenas ha cambiado.

Se levanta antes del amanecer para trabajar varias horas en silencio. Cuando necesita descansar, deja el bisturí y coge alguno de los instrumentos que ha aprendido a tocar de forma autodidacta: el violín, el acordeón o la armónica.

Después dedica el resto del día a cuidar de su mujer, que padece Alzheimer, y a disfrutar de una familia de la que habla con evidente orgullo.

Pero no piensa dejar de crear.

Ahora prepara una nueva colección inspirada en los sentimientos humanos: el dolor, la tristeza o la alegría vistos a través de las posibilidades del Grapel

Porque, después de cincuenta años explorando las posibilidades de una simple radiografía, sigue convencido de que todavía quedan caminos por descubrir.

Legado

Quiere que su legado sea recordado por esa persona que ha trabajado mucho para dar a conocer la suerte que ha tenido en su vida. “La casualidad fue encontrar la técnica. Lo demás han sido miles y miles de horas de trabajo”, resume.

A sus 90 años sigue buscando la luz escondida dentro de una superficie oscura, demostrando que a veces el arte no nace de añadir más, sino de saber qué sobra.

El Grapel nació de un accidente, creció lejos de los focos y sobrevivió gracias a la paciencia de un hombre que nunca quiso convertirlo en una moda ni en un negocio.

“Yo no inventé una manera de pintar”, dice Mateo. “Inventé una manera de quitar”.

Y quizá ahí esté la verdadera obra: haber demostrado que incluso de aquello que parece inservible puede surgir algo que nadie había imaginado.