Pablo Herráez junto a su mujer, Encarna Rogero, y sus hermanos, Carlos y Ángel, en la que era su tienda La Flor de la Dehesa en Madrid.
El reto de sustituir a 70.000 autónomos en Madrid como Pablo, el carnicero sin relevo familiar que vendió su negocio
Pablo Herráez se jubiló hace dos meses sin relevo para su comercio. La UPTA denuncia que muchos autónomos se enfrentan a este problema.
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Cuando Pablo Herráez decidió jubilarse, se le presentó la gran duda: ¿quién continuaría con el negocio que llevaba levantando durante décadas?
Durante casi 50 años, su carnicería, La Flor de la Dehesa, en el distrito de Moncloa-Aravaca de Madrid, había sido también un proyecto familiar en el que habían participado tanto sus dos hermanos, Ángel y Carlos, como su mujer, Encarnación Rogero (Encarna). Pero al llegar el momento de retirarse, no había relevo. Ni su hija ni la familia querían seguir con la tienda.
Su caso está lejos de ser excepcional: según datos de la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos (UPTA), la Comunidad de Madrid se enfrenta al reto de sustituir a más de 70.000 trabajadores autónomos que en los próximos 5 años cumplirán la edad de jubilación. "Esto significa que 1 de cada 6 se jubilará".
De esta manera, también alertaban de que el año pasado cerraron una media de 124 comercios al mes en la región madrileña. Según la UPTA, la falta de relevo generacional es el principal problema en muchos de los casos. Actividades como la construcción y el comercio son las más amenazadas.
"Llevamos años alertando de la problemática que supone que nuestro país esté atravesando una transformación demográfica, social y económica que está afectando de manera directa a la sostenibilidad de trabajo por cuenta propia", explican desde la organización.
La Flor de la Dehesa
"Nuestros padres eran labradores. Vivían en el pueblo cuando me vine a Madrid porque me avisó uno de que hacía falta un chaval en una carnicería. Ahí empezó todo", explica Pablo, recordando los inicios de una larga trayectoria.
En el 1978 surgió la oportunidad y compró el local para crear una tienda de comestibles, pues no solo vendían carne, también eran panadería y charcutería. Al tiempo llegaron sus hermanos para trabajar con él. "He aprendido aquí. Llegué con 14 años", cuenta Ángel, el más joven de los tres.
Pablo Herráez en su antigua carnicería, La Flor de la Dehesa.
Gracias a la tienda fue que conoció a su mujer, Encarna, que era del barrio y trabajaba justamente en la farmacia de la misma calle. Aunque, una vez se casaron, acabó dejándolo para emplearse de lleno en el negocio de su marido.
Tras unos 48 largos años en los que la tienda ha sufrido varias reformas y cambios, Pablo decidió echar el cierre hace unos meses a sus ya casi 70 años. "Este año entraba el nuevo tipo de facturación y teníamos que comprar balanzas, poner a una persona para el ordenador... Yo ya no estoy para invertir más; había que dejarlo".
Carlos tomaba también la decisión de jubilarse con él y Ángel no quería continuar sin ellos. Así que, como su hija ya trabajaba en el Hospital La Paz y no estaba interesada en seguir con el negocio, Pablo optó por vender.
Por suerte -y ante muchas ofertas que pretendían reconvertir el local en comercios totalmente diferentes-, apareció Juan López, un carnicero de mediana edad de Torrejón de Ardoz. Este se interesó en comprarlo para hacerle una "modernización" y añadir una tienda más en la región a la que ya tiene en el municipio torrejonero: Las Viandas de la Plaza.
El día de la despedida de los dueños de La Flor de la Dehesa.
Aprovecha la gran fama que habían adquirido en el barrio, donde no solo se habían limitado a despachar. También habían actuado de repartidores para quienes no podían salir a la calle por cuestiones de salud o incluso en la época del covid-19, donde no cerraron a pesar de la situación.
"A todo el mundo le atendimos, igual que en la Filomena. Tuvimos suerte de no contagiarnos", relata Encarna. "Siempre hemos intentado tratar muy bien a la gente. Ya no eran clientes, eran familia". Y prueba de ello es la gran despedida que tuvieron el pasado mes de enero. A día de hoy, cuando se acerca a la calle donde se encuentra el comercio, todo el que pasa se para a hablar con Pablo.
"La gente joven no lo quiere"
Detrás de esta falta de relevo hay varios factores: largas jornadas, un trabajo físicamente exigente y una rentabilidad cada vez más ajustada. A ello se suma un cambio cultural que ha alejado a las nuevas generaciones de los oficios tradicionales y del trabajo autónomo, como también concuerdan desde UPTA.
"Lo hemos hecho todo a base de trabajar horas y horas. Empezábamos a las cuatro y media de la mañana y estábamos todo el día despachando. Después de Nochebuena nos juntábamos con 50 o 60 jamones para cortar. Eso ahora la gente joven no lo quiere", afirma Pablo.
Juan López, el nuevo dueño de la carnicería, y Pablo Herráez, el antiguo propietario.
"Los oficios se están perdiendo. Nosotros hemos tenido mucha suerte de que este hombre haya querido quedársela", dice Encarna. Juan, el nuevo dueño, cuenta a Madrid Total que en su caso sí tiene relevo generacional, pues su hijo se está preparando para poder seguir con su legado.
Hay otros casos, no muy lejos de allí, en el distrito de Tetuán, en donde varios comercios de barrio todavía no han cerrado, pero se encuentran en una situación parecida. Es el caso de la zapatería Calzados Otero, ubicada en el número 10 de la calle Alvarado, cuya dueña heredó el negocio de sus padres, o de la peletería de Cristina Augst, que se encuentra justo en frente.
"No sé a dónde voy a ir cuando ya no estén", cuenta María Ainhoa, una vecina de dicho barrio desde hace 44 años, los mismos que tiene, perteneciente a la asociación vecinal de la zona. "Nos han metido tanto en la cabeza que hay que ser universitarios, que los oficios se están perdiendo ya. El fontanero del barrio ahora mismo tiene un montón de trabajo y no tiene quien le coja el relevo. Es algo que está pasando mucho en este distrito, y quienes están cogiendo los negocios son gente de fuera que los compra".
Cristina Augst abrió la tienda de la calle Alvarado en 1984. Vino con su marido desde un pueblo pequeño de Andalucía, donde habían montado un pequeño negocio casero de arreglos de pieles mientras ambos estudiaban. Ella, alemana, quería aprender español, y él, griego, llegó para hacer la carrera de Sociología.
La peletería de Cristina Augst en el número 10 de la calle Alvarado en Tetuán.
Sin embargo, acabaron abriendo una fábrica en el pueblo que llegó a tener hasta 160 trabajadores. Tuvieron hijos y decidieron mudarse a Madrid para que los niños pudieran ir a un buen colegio.
Ahora, a sus 62 años, enfrenta los tres años que le quedan para la jubilación con la perspectiva de saber que su pequeña empresa se perderá. "Mis hijos no quieren llevarlo y a la gente joven no le interesa. Los oficios son muy esclavos y no quieren hacer cosas a mano. Ya no hay gente que tenga ilusión por esta profesión".
"En mi taller todos son ya mayores. Yo les enseñé en los años 80. Hemos empezado todos juntos", explica con pena. Tiene la certeza de que el oficio se acabará "perdiendo". "Y nosotros estamos hasta arriba de trabajo. Últimamente viene mucha clientela joven que quiere arreglar la ropa de sus abuelos".
Ahora, ya jubilado, Pablo tiene otros planes. "Quiero aprender a nadar, que no sé", dice entre risas. "Hacer algo de ejercicio, tomarme algo con los amigos… Descansar". Después de casi medio siglo levantando su negocio, por primera vez, el tiempo es suyo. Pero mientras él empieza una nueva etapa, en Madrid miles de autónomos se acercan a la misma meta sin saber quién continuará lo que ellos dejan atrás.