Jesús Díaz, fundador y propietario de El último parque, el único cementerio de mascotas de Madrid, junto a la tumba de su perro, King.

Jesús Díaz, fundador y propietario de El último parque, el único cementerio de mascotas de Madrid, junto a la tumba de su perro, King. Sara Fernández

Sociedad

Jesús tiene el único cementerio de mascotas de Madrid desde 1983: hay 8.000 animales y un entierro cuesta hasta 6.000 €

Abrió en Arganda del Rey en una finca de unos 32.000 metros cuadrados a causa del fallecimiento de su perro, King. 

Más información: El mejor cementerio de Madrid donde no sólo se entierra a gente: el increíble evento que acoge cada año

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En un pequeño remanso de naturaleza en medio de un bosque poblado de pinos y con acceso solo por caminos que lo alejan del núcleo de población más cercano, Arganda del Rey, se encuentra El último parque. Un lugar donde descansan más de 8.000 almas e historias de los compañeros de vida de algunas personas: sus mascotas.

Con tumbas perfectamente cuidadas y decoradas con flores y estatuillas, el lugar transmite una paz vibrante pese a ser un cementerio. Y de ello se ocupan tres personas: Juana Torres, quien administra el lugar; Fernando Cañete, el guarda que lo mantiene, y, el más importante, Jesús Díaz, su fundador y propietario.

Se trata del único cementerio de mascotas que hay en toda la Comunidad de Madrid y de los pocos que hay en todo el país -apenas una decena-. Además, abierto en el 1983, es de los más antiguos, solo superado por el de Barcelona (Los seres queridos, de los años 70).

"Al principio, la gente no lo entendía bien. Les extrañaba y les costó", explica Jesús Díaz, que al principio se topó con algo de rechazo al tener que pedir los permisos. Y es que en su momento fue una iniciativa muy pionera, precisamente surgida de los pocos medios que había para poder velar a una mascota una vez faltaba.

"En ese momento, no había crematorios de mascotas. No había nada. Solo podías enterrarlo si tenías algún terreno y, si no, se llevaban los restos en una bolsa", explica Fernando. Ahora, aunque las cosas sean un poco diferentes, la única opción aparte de este cementerio en Madrid es la incineración -puesto que enterrarlo sin permiso es ilegal-.

Entrada de El último parque, en Arganda del Rey.

Entrada de El último parque, en Arganda del Rey. Sara Fernández

"La gente quiere un sitio donde venir a recordar a sus mascotas. Hay personas que no las tienen y no entienden que alguien se gaste en coger una tumba, en enterrarlo, en venir a visitarlo... Pero todos los que tenemos mascotas sabemos que son parte de nuestra familia. Y hay que intentar darle el descanso que se merece", comenta Juana.

Así, El Último Parque hace honor a su nombre: un último paseo simbólico, esta vez marcado por la memoria. Antes que nadie, lo recorrió King (o Quino, como preferían llamarle), inaugurando sin saberlo este lugar de despedidas.

King, Shalima y otras mascotas

Jesús llegó a Madrid desde Palencia con tan solo 19 años para empezar a estudiar Derecho en la universidad. Tras comenzar a trabajar en bancos y montar varias empresas en sectores como la construcción -como la compra de la Central Nuclear de Valdecaballeros, que nunca llegó a estar en funcionamiento, para reconvertirla, sin éxito-, llegó a abrir este negocio por casualidad.

Cuando tenía 29 años se murió King, el pastor alemán de la familia. Jesús decidió enterrarlo en una finca de unos 32.000 metros cuadrados que acababa de comprar. Sin saberlo, acababa de poner la 'primera piedra' de lo que sería el actual cementerio.

Jesús Díaz en El último parque.

Jesús Díaz en El último parque. Sara Fernández

"Se lo dije a mi entorno de amigos y de familia. En cinco años ya había como 50 mascotas enterradas". Ahora están hay más de 3.000 fosas que ocupan unos 17.000 metros cuadrados del suelo. Sobre todo, hay perros y gatos, pero también otros animales como conejoscobayas, pájaros e, incluso, una mona, Shalima.

"Era de una pareja de Estados Unidos. Suelen venir de vacaciones a Málaga y se la traían. Hace unos años murió durante su estancia en España y decidieron enterrarla aquí", cuenta Fernando. Ahora suelen visitarla una vez al año.

Juana y Fernando, los 'guardas' del cementerio, en la parte decorada con flores que cada domingo pone una de las mujeres que va a visitar la fosa de sus perritos.

Juana y Fernando, los 'guardas' del cementerio, en la parte decorada con flores que cada domingo pone una de las mujeres que va a visitar la fosa de sus perritos. Sara Fernández

Se podría decir que precisamente Fernando es el guardián de esas historias. "Estoy aquí todos los días". Durante su labor de mantener el cementerio cuidado, conoce de primera mano cada vivencia de quienes ahora descansan bajo tierra.

Relata así la historia de Runa, una perrita de rescate que falleció durante el Terremoto de Turquía (en 2023). "Lo recuerdo muy bien, porque me impactó mucho. ¿Cuántos niños habrá rescatado y cuántas vidas habrá salvado?".

La tumba de Gorki, el perro del matrimonio que acude todos los fines desde que murió en 2003 a ponerle decoraciones.

La tumba de Gorki, el perro del matrimonio que acude todos los fines desde que murió en 2003 a ponerle decoraciones. Sara Fernández

Sábados y domingos es cuando está más ajetreado -entre semana lo suelen tener cerrado por incidentes ocurridos como robos-. "Muchos vienen todos los fines de semana".

Por ejemplo, cuenta la historia de un matrimonio de personas mayores que llevan acudiendo sin faltar a su cita desde 2003, cuando se murió su perro Gorki. También el dueño de Barney, un joven latinoamericano más joven, o la de Lolo y Luna, que mantiene una parte del camposanto decorada con flores.

"La mujer viene todos los domingos desde hace dos años y en una hora decora su lápida y la de todos los vecinos de al lado". Un día le explicó a Fernando que recoge las de tela que tiran a la basura en otros cementerios y las lava en casa para ponerlas bonitas y darles este nuevo uso.

También hay mascotas de algunos famosos de sectores como la política o el fútbol. Juana recuerda el caso de una actriz, Paloma Hurtado. "Ella estaba pasando por delante de una comisaría y a un guarda en prácticas se le disparó el arma. Llevaba al animalito en el hombro y le dio a él. La salvó la vida".

De 300 a 6.000 euros

El procedimiento a la hora de atender a los dueños de las mascotas fallecidas es similar al de cualquier funeral. "Viene toda la familia. Dependiendo de la religión, hacen un ritual u otro. Muchos se quedan velando el cuerpo el tiempo que lo necesitan antes del entierro. No hay prisa".

Los musulmanes, por su parte, los entierran mirando hacia la Meca. "Buscan con la brújula y nos piden que se haga así. Luego rezan".

Fernando trabajando en el cementerio.

Fernando trabajando en el cementerio. Sara Fernández

Los precios a pagar también son para gustos y bolsillos. Dependiendo de la zona, de lo grande de la tumba y de la ornamentación, los precios pueden variar desde los 300 hasta los 6.000 euros. Luego, se paga una cuota anual de 80 euros para su mantenimiento.

La atención, además, es personalizada. Juana, de hecho, recuerda la vez que se desplazó hasta Santander para recoger al perro y a su dueña, que no tenía manera de desplazarse a Madrid. Al no haber muchos lugares como este en España, personas de provincias como Sevilla, Cáceres o Cantabria han optado por El último parque para el descanso de sus compañeros.

Juana cuenta que se hacen unas 20 sepulturas al mes aproximadamente. "Es una función casi de psicólogo. La empatía es muy importante. Todos los que trabajamos aquí tenemos animales y sabemos lo que es", expresa Juana. "Hay veces que es difícil y que te vas a casa con congoja. Pero también es reconfortante. Hay casos que te llegan mucho al corazón. Una señora mayor que casi no puede caminar y, sin embargo, viene a su tumba siempre; gente que tiene el hábito de venir con sus plantitas y decoraciones... A algunos que no pueden venir les mandamos todos los meses una foto de su tumba".

Jesús, ya a sus 73 años, mira el parque con la satisfacción de quien ha logrado transformar el duelo en memoria y cariño. "Todo lo hemos hecho por el amor a las mascotas". Tras décadas dedicadas a esta labor, sabe que su legado no terminará con él: su hijo Álvaro será quien tome el relevo. Así, El Último Parque no solo es un refugio para las mascotas, sino también un testimonio vivo de una pasión que se hereda de generación en generación, donde cada tumba cuenta una historia.