Trabajadores de Moeve en un complejo químico que desarrolla hidrógeno verde.
Cuando pensamos en lo que necesita la transición energética para ser exitosa, solemos hablar de proyectos energéticos, tecnologías renovables, redes eléctricas o capacidad de almacenamiento. Pocas veces pensamos en la confianza.
Y, sin embargo, la confianza entre quien impulsa el proyecto y la comunidad que lo acoge es, en muchas ocasiones, lo que determina que los proyectos y, por tanto, la transición energética se desplieguen con éxito.
Y, más importante, es el elemento que permite transformarla en una oportunidad para el desarrollo económico y social de los territorios y las comunidades locales.
La licencia social es un activo estratégico para las empresas y las comunidades locales.
La licencia social es, precisamente, el nombre que damos a esa confianza cuando se trabaja de forma constante y consciente: planteando proyectos adaptados al territorio, escuchando a las personas y grupos sociales que viven en él y construyendo poco a poco un vínculo basado en el valor compartido.
Aunque, como hemos comprobado quienes llevamos años trabajando en lo local, no siempre es fácil.
La licencia social también es combatir el miedo y la incertidumbre de personas arraigadas a su territorio, hablar con quien se opone frontalmente a tu proyecto y trabajar desde la humildad de quien llega a un municipio donde existen proyectos de vida, tradiciones, paisajes, sonidos y lugares con los que convivir.
Durante años, la licencia social se percibió como un complemento reputacional, un gesto de buena vecindad que acompañaba al proyecto una vez tomadas las decisiones importantes.
Esa idea ha quedado atrás.
Hoy sabemos que es tan necesaria como los permisos legales. Con la diferencia de que no existe un trámite que la garantice ni un plazo tras el cual se obtiene.
Se construye con presencia, escucha y diálogo sostenidos en el tiempo, y se puede perder con rapidez si la relación con la comunidad se descuida.
Su carácter estratégico fue primero evidente en el ámbito social y local.
La oposición a los proyectos, antes a solar y eólica y ahora a nuevas energías, ha adquirido una visibilidad pública que, aunque a veces no se corresponde con la realidad en el terreno, sirve para poner sobre la mesa que sin una estrategia de licencia social los proyectos no salen adelante.
Pero, además, lo que llevamos de año nos deja varias lecciones que muestran que la aproximación al territorio es mucho más que la gestión de la oposición social:
- El primer aprendizaje es que la licencia social ha trascendido lo local para ser una cuestión estratégica a nivel autonómico, nacional y regulatorio. Varias Comunidades Autónomas han comenzado a introducir obligaciones de integración social y ambiental junto con el resto de licencias legales. A nivel nacional, el sello de excelencia para proyectos de biometano y el estándar de excelencia social y ambiental darán prioridad a los proyectos y empresas que acrediten su compromiso local.
- El segundo es que la licencia social ya condiciona de forma directa los costes y la inversión de los proyectos. El desarrollo económico y social del territorio es también el desarrollo exitoso de la estrategia empresarial. Una instalación que no es aceptada por la comunidad local se retrasa, se rediseña, se detiene, y cada uno de estos escenarios tiene un impacto económico directo en los “números” de los proyectos. Además, el acceso a financiación pública cada vez está más condicionado al desarrollo de un plan de impacto social y ambiental.
- El tercer aprendizaje es la importancia de anticiparse. Estar en el territorio antes de necesitarlo, conocer a los vecinos y entender sus preocupaciones y cuando todavía no hay una decisión o un proyecto marca la diferencia entre ser un gestor de oposición o ser un agente de transformación social y económica.
Oportunidad de construir el futuro juntos
La consecución de la licencia social no es posible sin colaboración y confianza desde el sector privado, el sector público y las comunidades locales.
Las empresas tenemos la responsabilidad y la oportunidad de generar un impacto positivo que trascienda nuestra propia actividad en el territorio en el que desplegamos proyectos.
Para ello, desde mi experiencia y la de Moeve, la licencia social no puede ser una actividad aislada.
Debe ser un eje transversal que atraviese las decisiones de la compañía, el diseño de las instalaciones, la relación con las administraciones, el vínculo con los grupos locales, y la operación, en el día a día, de los proyectos.
Lo hemos comprobado en territorios complejos, donde el acercamiento temprano, la escucha y la anticipación a las necesidades locales ha permitido transformar la desconfianza inicial en un diálogo constructivo incluso con quienes no están de acuerdo con el proyecto.
Para ello, la única fórmula es entender que la licencia social no va tanto de gestionar el presente para desarrollar proyectos como de construir el futuro que queremos compartir con el territorio.
*** Isabel Martínez Contreras es la responsable de Licencia Social y Alianzas en Moeve