Bandera de Japón
Durante más de treinta años Japón constituyó un enigma para los economistas ortodoxos. Un país muy rico, con pleno empleo, grandes multinacionales y una extraordinaria capacidad tecnológica se mostraba incapaz de crecer.
Cuando reventó la burbuja inmobiliaria de finales de los ochenta, Japón probó todo lo que los manuales académicos recetan para salir del estancamiento. Y tras cuatro lustros de espera, parece haberlo conseguido.
Lo malo es que ha escapado del estancamiento crónico para caer en algo mucho peor: la estanflación. Porque Japón ya no solo crece poco. Ahora también tiene inflación, salarios reales decrecientes y una moneda que se deprecia.
En ese escenario desolador es donde aparece Sanae Takaichi, primera mujer que ocupa la jefatura del Gobierno japonés, devota admiradora de Margaret Thatcher y partidaria de una política económica que, curiosamente, se parece bastante más a la de Liz Truss que a la que practicó la propia Thatcher.
Así, Takaichi pretende reducir impuestos y aumentar simultáneamente el gasto público, sin preocuparse demasiado por el déficit y, para acabar de cuadrar el círculo, procurando al tiempo que el Banco de Japón no eleve significativamente los tipos de interés.
Alrededor del 88% de la deuda pública japonesa está en manos nacionales y una parte enorme pertenece al propio Banco de Japón
He ahí la Teoría Económica del Mago Houdini. Algo parecido, como ya se ha adelantado, pretendió Liz Truss durante su paso efímero por Downing Street.
Y ya sabemos cómo terminó aquello: los mercados de bonos se rebelaron, la libra se desplomó y la primera ministra duró lo que duró. Claro que Japón no es Gran Bretaña.
Alrededor del 88% de la deuda pública japonesa está en manos nacionales y una parte enorme pertenece al propio Banco de Japón. De ahí que resulte difícil imaginar una fuga de capitales capaz de provocar un colapso inmediato de su mercado de deuda.
Pero eso no significa que no exista un problema. Aunque lo interesante es preguntarse cómo ha llegado Japón hasta aquí. Porque, si existe algún país donde se hayan ensayado todas las recetas imaginables para estimular la demanda, ese país es Japón.
Ha tenido tipos próximos a cero, creación monetaria gigantesca, compras masivas de deuda por el banco central, déficits presupuestarios permanentes y continuos programas de inversión pública. Y, pese a semejante despliegue de artillería fiscal y monetaria, el crecimiento continúa siendo desesperadamente mediocre.
El nuevo problema japonés consiste en que finalmente han empezado a subir, pero la economía continúa sin despegar
Michael Roberts, extraño caso de un economista marxista que ha pasado toda su vida laboral como analista financiero en la City londinense, lleva tiempo apuntando hacia otro sitio, a saber: la rentabilidad del capital. La rentabilidad de la inversión japonesa habría caído durante décadas y las empresas habrían reaccionado de un modo perfectamente racional.
En lugar de transformar sus beneficios en nuevas inversiones productivas, prefirieron acumular efectivo, depósitos, acciones, bonos y otros activos financieros. Al punto de que el ahorro neto acumulado por las sociedades no financieras japonesas durante las últimas tres décadas alcanza una magnitud próxima al 80 % del PIB. Y no será porque los gobiernos las hayan tratado mal.
El impuesto sobre sus beneficios pasó aproximadamente del 50% al 15%, mientras esos beneficios aumentaban desde el 8% hasta el 16% del PIB. Cabría esperar que semejante incremento hubiese provocado una explosión de la inversión. Pues bien, no ocurrió.
La inversión real continúa aproximadamente donde estaba en 2007 y la productividad apenas crece. O sea, las empresas ganaron más dinero, pero eso no implicó que optasen por utilizarlo para aumentar la capacidad productiva del país.
Ahí reside la parte más incómoda de la historia. Durante mucho tiempo se nos explicó que bastaba con mejorar los incentivos al capital para que apareciese automáticamente la inversión. Reduzca usted impuestos, abarate el crédito, modere los salarios y… espere.
La clase empresarial hará el resto. Pero el empresariado invierte solo cuando espera obtener una rentabilidad suficiente, no porque algún modelo económico haya decidido que debe hacerlo. Y si no encuentra dónde obtenerla, siempre puede guardar el dinero, recomprar acciones, adquirir activos financieros o comprar deuda pública.
Mientras tanto, Japón envejecía. Su población disminuyó, su fuerza laboral se redujo y el crecimiento potencial de la economía se aproximó peligrosamente a cero. Entonces llegó la inflación.
Los precios de consumo han aumentado aproximadamente un 12 % desde 2021, mientras el PIB real apenas supera el nivel de 2018 y los salarios reales han perdido alrededor de un 7%.
El viejo problema japonés era que nadie conseguía que subieran los precios. El nuevo problema japonés consiste en que finalmente han empezado a subir, pero la economía continúa sin despegar.
Se suponía también que la depreciación del yen solucionaría parte del problema. Una moneda barata facilita las exportaciones y Japón debería vender muchos más automóviles, máquinas y productos tecnológicos en el extranjero. Pero otra vez la realidad se ha mostrado menos cándida que los manuales ortodoxos. Porque el yen ha sufrido una depreciación enorme desde 2021 sin que las exportaciones hayan experimentado el correspondiente salto.
En cambio, importar energía, materias primas y alimentos resulta ahora más caro, con lo cual la depreciación de la moneda termina alimentando todavía más la inflación. Y ahí es donde Takaichi está cercada.
Si el Banco de Japón eleva suficientemente los tipos para defender el yen y frenar la inflación, encarecerá el crédito, aumentará el coste de financiación de la ya inmensa deuda pública y puede empujar la economía directamente hacia una recesión de caballo.
Pero si mantiene bajos los tipos mientras su Ejecutivo continúa aumentando el gasto, puede alimentar todavía más la depreciación del yen y las presiones inflacionistas. En consecuencia, debe elegir ahora entre dos terapias que pueden terminar agravando alternativamente alguno de los síntomas de la enfermedad.
Ocurre que los gobiernos pueden crear dinero, gastar, endeudarse, reducir impuestos y abaratar el crédito, pero no pueden obligar a los empresarios a invertir. Si la inversión productiva no resulta suficientemente rentable, el dinero encontrará otro destino. Puede crecer la deuda, puede crecer la bolsa e incluso pueden crecer los precios sin que crezca la producción.
Durante décadas se nos presentó a Japón como el país atrapado en una misteriosa deflación de la que algún día conseguiría escapar gracias a una combinación suficientemente imaginativa de política monetaria y fiscal.
Pues bien, parece que finalmente ha encontrado la salida. Solo que al otro lado de la puerta no estaba esperando el crecimiento, sino la estanflación. Yo no apostaría un duro por Takaichi.
*** José García Domínguez es economista.