Gasolina.
Un depósito de cincuenta litros no entiende de efectos base. Se llena en agosto, se paga lo que marca el poste y uno se va. La estadística sí los entiende y así el indicador adelantado del IPC sube siete décimas y se planta en el 4,3%, mientras la subyacente baja una y se queda en el 2,9% (INE, 28 de agosto de 2026).
El índice armonizado, que es el que se mira en Bruselas, se va al 4,5%. La lectura oficial es que el susto viene de los carburantes y que pasará. Las dos cosas son ciertas. También lo es que ese consuelo tapa la parte seria del asunto.
Porque España produce, y produce bien. El PIB creció un 0,7% en el segundo trimestre y un 2,7% en tasa interanual (INE, 30 de julio de 2026), con el consumo de los hogares empujando. Ese dato y el de agosto no se contradicen: se completan.
Un país puede fabricar más coches, servir más cenas y vender más noches de hotel que el año pasado y ser al mismo tiempo algo más pobre.
Suena a paradoja y no lo es. El PIB mide lo que producimos en volumen. No dice una palabra sobre lo que ese volumen nos permite comprar. Y ahí el 4,3%, el registro más alto desde febrero de 2023 deja de ser un titular incómodo para convertirse en una factura.
La contabilidad nacional lo recoge con frialdad notarial ya que el PIB real crece y la renta nacional bruta disponible en términos reales crece menos
El concepto que ordena todo esto se llama relación real de intercambio: el precio de lo que un país vende dividido por el precio de lo que compra. Es un cociente aburrido que decide más cosas que muchas leyes.
Si exportamos servicios, alimentos y componentes a precios que apenas se mueven, e importamos crudo y gas a precios que suben, cada unidad de producto nacional se cambia por menos producto ajeno.
No fabricamos menos. Obtenemos menos por lo mismo. La contabilidad nacional lo recoge con frialdad notarial ya que el PIB real crece y la renta nacional bruta disponible en términos reales crece menos, porque una parte de lo que hemos producido se ha ido en pagar la diferencia. Eso es, con exactitud y sin metáfora, comerse una porción de la producción del país.
Sirva un ejemplo doméstico. Un hotel de la costa vende en agosto la misma noche y al mismo precio que el año pasado, y paga más por el gasóleo del autocar que trae al cliente y por la electricidad que enfría la habitación. Ha producido lo mismo. Se queda con menos. Multiplíquese por un país que importa casi toda la energía que quema.
Conviene añadir que un encarecimiento energético no cierra fábricas ni vacía hoteles. Hace algo más discreto y duradero y es que rebaja el salario real que esas fábricas y esos hoteles pueden pagar sin perder pie frente a competidores que compran la energía más barata.
Los precios no volverán atrás, solo dejarán de subir tan deprisa, que es una noticia distinta aunque se publique con el mismo cuerpo de letra
La pérdida no aparece en ninguna estadística de empleo. Aparece en las nóminas de dentro de dos años.
Dentro de casa, además, esa merma no se reparte al azar. La soporta quien carece de cláusula de revisión, que es la posición de la mayoría de los asalariados puesto que los convenios se firman con la inflación de ayer y se cobran con la de hoy. La soporta el ahorrador que tiene el dinero en cuenta corriente y paga un tipo efectivo del 4,3% sobre su saldo sin haber presentado declaración alguna.
Y la alivia, sin necesidad de aprobar nada en sede parlamentaria, el mayor deudor del país, que encima recauda más IVA sobre precios más altos y más IRPF sobre una tarifa que no se deflacta.
Hay un precedente español, de cuando la plata de América entraba a raudales por Sevilla, los precios subían y el reino se empobrecía a la vez. Esto fue ya descrito alrededor del año 1600, una España que se había convertido en una república de hombres encantados que vivían fuera del orden natural.
Su diagnóstico no era moral, era económico y se confundía la abundancia de dinero con la abundancia de bienes, y se dejaba de producir aquello que luego había que comprar fuera y pagar caro. Cuatro siglos después no hay galeones ni cecas, pero el mecanismo se reconoce a la primera. Cifras nominales que suben, cesta real que se estrecha y un país entero mirando el índice equivocado.
De ahí que el consuelo estadístico sea el peor de los asesores. Que la subyacente baje una décima está bien y hay que decirlo. Pero la inflación es un flujo que deja poso y cuando la marea se retire, la línea de sal seguirá en la pared.
Los precios no volverán atrás, solo dejarán de subir tan deprisa, que es una noticia distinta aunque se publique con el mismo cuerpo de letra. Mientras tanto seguiremos creciendo. Un poco menos de lo que dice el dato y bastante menos de lo que dice el comunicado.
*** Fernando Pinto es profesor titular de Economía Aplicada de la URJC.