El director de la OIT, Gilbert F. Houngbo, y la vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT), fundada en 1919 tras el Tratado de Versalles, nació con el objetivo de impulsar la protección de los derechos de los trabajadores y favorecer unas condiciones laborales más justas.
Esta agencia de Naciones Unidas, actualmente está integrada por 187 Estados, que comparten la necesidad de promover multilateralmente la justicia social, garantizar el trabajo decente y supervisar las normas laborales a nivel mundial.
Para cumplir esta misión, uno de los rasgos específicos que distinguen a esta agencia de la ONU del resto es su estructura tripartita. Sus órganos de gobierno requieren la participación conjunta y equilibrada de gobiernos, empleadores y trabajadores en la toma de decisiones.
No en vano, los avances en el mundo del trabajo y su consolidación se producen cuando fructifica el diálogo social entre los agentes sociales en los diferentes sectores productivos.
La OIT, a través de sus convenios internacionales, ratificados por los distintos Estados, ha logrado avances en la extensión en el ámbito internacional de los sistemas de protección social y de los derechos fundamentales, como son la libertad sindical, la negociación colectiva y eliminar el trabajo forzoso, el trabajo infantil y la discriminación.
Estamos viviendo bloqueos geopolíticos en el Consejo de Seguridad de la ONU por el uso del veto de sus miembros permanentes ante conflictos bélicos
En un mundo cada vez más polarizado, la crisis del sistema multilateral actual está llevando a un debilitamiento y parálisis de las instituciones globales (como la ONU, la OMC o el FMI) debido a la fragmentación geopolítica, el retorno del proteccionismo y la pérdida de confianza en las reglas internacionales.
Este orden, creado tras la Segunda Guerra Mundial, se encuentra actualmente fragmentado por la competencia entre grandes potencias, principalmente Estados Unidos y China, lo que impide dar respuestas coordinadas a desafíos globales.
Estamos viviendo bloqueos geopolíticos en el Consejo de Seguridad de la ONU por el uso del veto de sus miembros permanentes ante conflictos bélicos que llevan a una parálisis sistemática.
Asimismo, la Organización Mundial del Comercio ha perdido su capacidad para arbitrar disputas comerciales debido al bloqueo de su órgano de apelación, lo que ha disparado los aranceles bilaterales.
Al mismo tiempo, países del Sur Global impulsan foros alternativos como los BRICS para disminuir su dependencia de las instituciones financieras occidentales como el FMI y el Banco Mundial.
Los retrocesos del sistema multilateral y las crisis económicas son además nefastas tanto para el trabajo decente como para la sostenibilidad de las empresas
Y los países priorizan políticas industriales internas -como subsidios a tecnologías limpias y semiconductores- por encima de los acuerdos de libre mercado.
La Administración norteamericana del Gobierno de Donald Trump, por su parte, está acelerando la crisis del sistema multilateral, ante su desconfianza hacia esta forma de gobernanza.
De ahí los anuncios recientes de retirada de fondos para financiar algunas agencias de Naciones Unidas, inicialmente la Organización Mundial de la Salud, y más recientemente, la OIT.
La crisis del multilateralismo tiene consecuencias económicas y financieras porque la fragmentación geoeconómica eleva los costes de producción a nivel global. Por otro lado, puede generar crisis de deuda, ante la falta de agilidad necesaria de las instituciones tradicionales para reestructurar las deudas soberanas de los países en desarrollo de forma coordinada con nuevos prestamistas como China.
Los retrocesos del sistema multilateral y las crisis económicas son además nefastas tanto para el trabajo decente como para la sostenibilidad de las empresas. Por todo ello, surge la necesidad de apostar por reforzar los sistemas de gobernanza mundial.
Especialmente la OIT, organismo de gobernanza tripartita que es el único sistema universal concebido para preservar la justicia social como única vía para asegurar el desarrollo económico y, al mismo tiempo, el progreso social.
La innovación tecnológica y la adopción de la IA ofrecen formidables oportunidades para mejorar sustancialmente la productividad de las empresas y al propio tiempo mejorar los ingresos de las personas trabajadoras. Sin embargo, estas oportunidades aún no se reflejan en el mundo real.
Pese a la inversión en capital humano, el trabajo decente sigue escaseando en una mayoría de países, particularmente entre las mujeres, que sin embargo son las que suelen tener un mejor rendimiento educativo, al tiempo que la protección social presenta importantes lagunas o se enfrenta a procesos de involución.
Todo ello trae consigo más desigualdades sociales, una pérdida de confianza en el futuro y una enorme frustración, sobre todo entre los jóvenes. Los fenómenos migratorios se arraigan también en la falta de oportunidades de trabajo decente en los países de origen.
Una acción más estratégica de la OIT también puede aprovechar la inversión en capital humano, que explica que el porcentaje de jóvenes con el bagaje educativo necesario para afrontar el futuro se haya incrementado un 29,7% en lo que va de siglo.
Esta mejora se constata en todas las regiones del mundo sin excepción, siendo más pronunciada en África sub-sahariana, algo muy prometedor.
Ante estos retos, el impulso de la OIT es si cabe más acuciante que nunca. Para que los avances tecnológicos se plasmen en un aumento de productividad de las empresas y en mejoras generalizadas de las cotas de bienestar.
El camino de la justicia social pasa por un nuevo impulso a la cooperación internacional, porque hay que innovar para corregir los sesgos del pasado y evitar la tentación del retraimiento.
Esperemos que este importante organismo no ceda ante el chantaje de Estados Unidos, que condiciona el pago de sus contribuciones al debilitamiento del aparato normativo, verdadero armazón del Estado de bienestar.
*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.