Islandia.
Islandia ha dicho que no. No exactamente a la Unión Europea, porque el referéndum preguntaba si debían reabrirse las negociaciones de adhesión, pero sí a continuar por un camino cuyo destino probable era Bruselas.
El resultado, un 52,8% frente a un 47,2%, no permite hablar de rechazo abrumador, aunque tampoco de accidente. La distancia es suficiente para expresar una voluntad reconocible como es que una mayoría de islandeses prefiere conservar lo que tiene antes que negociar lo que podría ganar.
La decisión resulta especialmente interesante porque Islandia no vive de espaldas a Europa. Forma parte del Espacio Económico Europeo y del espacio Schengen. Participa en el mercado único y acepta la libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales.
Sus empresas operan dentro de buena parte del marco regulatorio comunitario y sus ciudadanos pueden estudiar, trabajar o desplazarse por Europa con una facilidad muy semejante a la de cualquier ciudadano de la Unión.
La relación comercial tampoco es secundaria. La UE representa más de la mitad del comercio islandés de bienes, recibe aproximadamente dos tercios de sus exportaciones y es su principal proveedor. Islandia está fuera, pero económicamente se encuentra muy dentro.
Al no entrar, Islandia conserva su moneda, la corona, y con ella una política monetaria propia
Esto cambia la naturaleza de su renuncia. No está rechazando el comercio con Europa, ni cerrando sus fronteras al capital o al trabajo. Tampoco está eligiendo el aislamiento ni bajo la amenaza imperialista de Trump. Está rechazando dar el último paso político dentro de una integración económica que ya es profunda.
Al no entrar, Islandia conserva su moneda, la corona, y con ella una política monetaria propia. Mantiene capacidad para adaptar los tipos de interés y el tipo de cambio a una economía pequeña, abierta y sometida a perturbaciones muy distintas de las que pueden afectar a Francia o Italia.
Esa autonomía tiene un coste al tener una moneda menos líquida, mayor volatilidad cambiaria, financiación potencialmente más cara y una exposición considerable cuando el capital internacional cambia de dirección.
El euro podría aportar estabilidad y profundidad financiera, aunque también obligaría a aceptar una política monetaria diseñada para una economía que Islandia no controla y en la que apenas tendría peso.
Conserva además el dominio sobre la pesca, que no es una cuestión pintoresca ni una obstinación insular aun siendo clave en su industria, la exportación, y el empleo. Entrar en la UE implicaría negociar la aplicación de políticas comunes precisamente sobre uno de los recursos que mejor explica la prosperidad y la identidad del país.
Pero permanecer fuera tampoco equivale a recuperar una soberanía completa. Islandia incorpora numerosas normas europeas para conservar el acceso al mercado único, contribuye económicamente a programas de cooperación y acepta decisiones en cuya elaboración final no vota.
Es una posición incómoda ya que sigue muchas reglas sin tener asiento pleno en la mesa donde se escriben.
Renuncia a intervenir directamente en las instituciones comunitarias, a participar con voz y voto en la construcción de las normas que terminan afectando a su economía y a reforzar su presencia política en una Europa que mira cada vez más hacia el Ártico.
También deja de ganar el acceso completo a ciertas políticas, fondos e instrumentos comunitarios y la posibilidad, más remota de integrarse algún día en el euro y en la arquitectura del Banco Central Europeo.
Sin embargo, el voto islandés apunta a algo que los análisis económicos suelen tratar como una nota al pie. Los países no son únicamente plataformas de comercio, capital y trabajo. También son lugares en los que la gente reconoce una forma de vivir.
Probablemente debido a mi formación económica y una larga carrera financiera, la observación y la reflexión desde que España entró a formar parte me han hecho euroescéptico, aunque no ignore las ventajas de la Unión.
Sería absurdo negar lo que han significado la desaparición de las fronteras económicas, la libertad de movimientos, el pasaporte financiero, la reducción de costes aduaneros o la posibilidad de que una empresa pequeña acceda a un mercado enorme.
El problema es que Europa ha sabido construir mecanismos mucho mejores que defender la pertenencia.
Viajo con frecuencia y no encuentro a ese ciudadano europeo uniforme que parece habitar los documentos oficiales. El alemán se siente alemán y el francés, francés. También los países que se incorporaron más tarde conservan una memoria nacional intensa.
Se ve en el idioma, en el deporte, en la manera de trabajar y hasta en la forma de discutir. Esto no representa un fracaso pues unir no debería significar dejar de ser lo que uno es.
El fracaso aparece cuando la integración confunde unidad con homogeneidad y la regulación común con una vida común. Europa es eficaz produciendo normas y principios generales, pero lenta cuando debe decidir, torpe cuando necesita explicar y con frecuencia incapaz de demostrar al ciudadano que la siguiente capa administrativa mejorará realmente su vida.
Lo que está sufriendo el pueblo ceutí a mí me parece que expone claramente lo sola que está España gracias a los repudiables actos del gobierno.
Las ventajas de una moneda única, del movimiento de capitales o de un mercado laboral amplio son reales, pero no se defienden solas.
Si el ciudadano no las percibe, si se concentran en determinados sectores o grandes ciudades, o si llegan acompañadas de burocracia, pérdida de control y un lenguaje que nadie utiliza fuera de las instituciones, terminan pareciendo ventajas de otro.
Islandia ha elegido mantener una relación incompleta, pero quizá suficiente. Obtiene buena parte de los beneficios económicos de Europa y conserva aquellos espacios de decisión que considera esenciales.
Paga por ello con menos influencia, una moneda más vulnerable y la obligación de adoptar reglas ajenas.
Tal vez su voto no sea un rechazo a Europa, sino una pregunta dirigida a ella como es cuánto puede pedir una unión antes de demostrar que, además de facilitar los negocios y ordenar los mercados, sabe proteger la vida particular de los pueblos que la forman.