Bolsa de Nueva York. Reuters
En los mercados existe una vieja costumbre que se repite generación tras generación. Cuando un grupo de compañías deja de liderar la bolsa durante unos meses, enseguida aparecen quienes anuncian el final de una era.
Esta semana el Financial Times se preguntaba si había llegado el fin de las Siete Magníficas, ese reducido grupo de empresas que durante los últimos años ha concentrado buena parte de la rentabilidad de la bolsa estadounidense.
El argumento parece razonable. Después de perder más de dos billones de dólares de capitalización en pocas semanas y de enfrentarse a un creciente escepticismo sobre el enorme coste de la inteligencia artificial, muchos inversores empiezan a pensar que el ciclo ha terminado.
Creo que esa conclusión nace de uno de los errores más antiguos de la inversión: confundir el comportamiento de una cotización con el deterioro de un negocio.
Las grandes compañías tecnológicas no presentan hoy síntomas que permitan afirmar que su ventaja competitiva haya desaparecido. Microsoft continúa creciendo con fuerza en Azure, Meta sigue aumentando sus ingresos publicitarios, Alphabet mantiene una posición dominante en búsqueda y Amazon conserva un liderazgo difícilmente discutible tanto en comercio electrónico como en servicios en la nube.
Compiten por construir la infraestructura sobre la que descansará la inteligencia artificial de la próxima década
Es perfectamente posible que sus acciones hayan corrido demasiado en algunos momentos o que sus múltiplos fueran excesivamente optimistas, pero eso no convierte automáticamente a estas empresas en peores negocios. El mercado suele reaccionar mucho antes que los fundamentales y, con frecuencia, construye una narrativa para justificar movimientos bursátiles que ya se han producido.
Eso no significa, sin embargo, que comparta el optimismo de quienes consideran que basta con aprovechar las caídas para seguir comprando. Mi duda no está en la calidad de estas compañías. Está en la naturaleza del negocio que están construyendo.
Durante dos décadas fueron extraordinarias máquinas de generar caja, capaces de crecer con una intensidad pocas veces vista en la historia empresarial. Hoy continúan generando enormes beneficios, pero han entrado en una carrera completamente distinta. Ya no compiten únicamente por vender más software, más publicidad o más servicios cloud.
Compiten por construir la infraestructura sobre la que descansará la inteligencia artificial de la próxima década. Y esa diferencia cambia por completo el análisis desde una perspectiva de inversión value.
El propio Financial Times recordaba esta semana que Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta habrán comprometido más de 1,1 billones de dólares en inversiones relacionadas con inteligencia artificial desde el inicio de la carrera por la IA, con otros 745.000 millones previstos solo durante 2026. Nunca un grupo tan reducido de compañías había acometido simultáneamente un esfuerzo inversor de semejante magnitud. La cuestión no es si la inteligencia artificial transformará la economía.
Todo apunta a que lo hará. La verdadera incógnita es cuánto tiempo tardarán esas inversiones en generar un retorno suficiente para justificar el capital empleado.
Y ahí es donde aparece el verdadero problema para un inversor value. El valor de una empresa no depende únicamente de cuánto gana, sino de cuándo gana y de cuánto capital necesita inmovilizar para seguir creciendo. Cada dólar destinado a centros de datos, chips, energía o infraestructura deja de convertirse en flujo de caja disponible para el accionista. Durante años estas compañías disfrutaron de un modelo extraordinariamente ligero en capital.
Hoy están transformándose en negocios intensivos en inversión, donde el tiempo comienza a ser una variable tan importante como el crecimiento. No desconfío del destino final de ese viaje; desconfío de la dificultad para valorar con precisión cuánto tardará en llegar.
Esta transformación tiene además una consecuencia que trasciende a las propias compañías. Su peso en el S&P 500 y en el Nasdaq es hoy tan elevado que, si durante varios años sus cotizaciones permanecen estancadas mientras rentabilizan ese esfuerzo inversor, los grandes índices tendrán muy difícil repetir las extraordinarias rentabilidades de la última década.
No porque sus negocios hayan dejado de ser excelentes, sino porque el mercado ya no estará premiando únicamente el crecimiento, sino también la capacidad de convertir ese billón de dólares en flujos de caja suficientes para el accionista. El problema ya no es tecnológico. Es financiero.
Y precisamente ahí aparece una oportunidad que llevaba muchos años sin presentarse. Si los índices dejan de ser el vehículo automático para capturar el crecimiento de las grandes tecnológicas, la gestión activa volverá a tener sentido. No porque las Siete Magníficas hayan dejado de ser magníficas, sino porque han dejado de ser negocios fáciles de valorar.
El inversor value nunca ha desconfiado de las grandes empresas; ha desconfiado de pagar hoy por unos beneficios cuyo momento y cuantía siguen siendo una incógnita. Quizá ese sea el verdadero cambio de ciclo. No el final de las Siete Magníficas, sino el regreso del gestor capaz de encontrar valor allí donde la inversión pasiva ya no puede hacerlo.
A menudo, los mercados anuncian la muerte de una historia cuando, en realidad, lo único que ha cambiado es la forma de analizarla. Las Siete Magníficas siguen siendo compañías extraordinarias y probablemente seguirán desempeñando un papel decisivo en la economía mundial durante muchos años.
Lo que ya no resulta tan evidente es que continúen siendo la inversión casi automática que fueron durante la última década.
Para quien invierte buscando valor, la diferencia entre admirar un gran negocio y pagar cualquier precio por él siempre ha sido enorme. Y quizá esa diferencia vuelva a marcar, una vez más, el éxito de los próximos años.