Bandera de la Unión Europea
Estado de la UE: entre la prudencia estratégica y la geopolítica del silencio
La UE oscila entre los esfuerzos por defender su soberanía y capacidad de acción y una retórica contenida que prevenga un desenlace fatal en el actual embate geopolítico.
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Fue la frase de arranque elegida por Ursula von der Leyen en su tradicional discurso anual sobre el estado de la Unión ante el hemiciclo del Parlamento Europeo, en Estrasburgo, hace pocos días.
La cita pertenece a Charles Dickens, quien la empleó en su novela Historia de dos ciudades para describir la Europa convulsa de los días de la Revolución Francesa.
Dos siglos y medio después, la paradoja conserva una vigencia inquietante: Europa atraviesa simultáneamente uno de los momentos de mayor fortaleza de su historia, por los avances significativos en términos de integración europea, y uno de los períodos de mayor vulnerabilidad, pautado por un contexto geopolítico crecientemente convulso.
Aunque el hito histórico de aquel 1789 pueda parecer hoy sumamente remoto, el mundo vuelve a precipitarse hacia un punto de ruptura en el que el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, junto con buena parte de la paz, la estabilidad económica y el bienestar conquistados desde entonces, parecen sometidos a una presión creciente.
En palabras de Walter Benjamin, “el ángel de la historia” contempla una sucesión de ruinas mientras el devenir lo empuja hacia un futuro incierto. En este escenario, la intervención de Von der Leyen dibujó una Europa consciente de que ya no puede depender de otros para garantizar su seguridad, su prosperidad o su soberanía, pero extraordinariamente cauta a la hora de señalar a quienes alimentan esas dependencias estratégicas y tratan de emplearlas para minar su voz en el mundo.
Ahí reside, probablemente, la que fue la principal clave política de su discurso: Europa propone soluciones, pero administra con extraordinaria prudencia el reparto de reproches.
La presidenta habló de un mundo “abiertamente hostil”, de guerra híbrida, dependencia energética, coerción económica, desindustrialización, amenazas militares y fractura del orden internacional.
Ahora bien, salvo en el caso de Rusia, evitó convertir el discurso en un pliego de acusaciones contra las grandes potencias. Una suerte de geopolítica del silencio: construir autonomía sin proclamar abiertamente una confrontación.
El ejemplo más evidente es Oriente Próximo. Von der Leyen no pronunció ni una sola vez el nombre de Irán en su alocución frente a los europarlamentarios. Sí explicó, en cambio, que el cierre del estrecho de Ormuz ha vuelto a revelar la vulnerabilidad energética europea y que los combustibles fósiles importados han supuesto 90.000 millones de euros adicionales desde el inicio del conflicto.
La respuesta de Bruselas es acelerar la electrificación, las renovables, la nuclear, el biometano y otras fuentes autóctonas con una hoja de ruta nítida: duplicar la cuota de electricidad para 2040 permitiría reducir en unos 260.000 millones de euros anuales la factura europea de importación de combustibles fósiles.
La Comisión estima que una interrupción aún más prolongada del tráfico por Ormuz podría llevar el petróleo hasta los 180 dólares por barril
Los datos explican la prudencia. La Comisión estima que una interrupción aún más prolongada del tráfico por Ormuz podría llevar el petróleo hasta los 180 dólares por barril y el gas hasta los 80 euros por MWh en el último trimestre de 2026, con una inflación europea que podría alcanzar el 3,5% en 2027.
Pero en Estrasburgo no hubo condenas a Teherán ni reproches explícitos a Washington por el enconamiento del conflicto. La política energética se convirtió así en la respuesta europea a una crisis geopolítica cuyo origen quedó deliberadamente fuera del foco.
Algo parecido sucedió con China. Von der Leyen sí fue contundente al describir un déficit comercial que alcanza los 1.000 millones de euros diarios y una dependencia superior al 80% de China en numerosas materias primas críticas, que llega al 90% en algunas tierras raras.
Habló de “segundo shock chino”, de desindustrialización y de la necesidad de reequilibrar la relación antes de octubre de 2026, fecha máxima acordada entre el bloque comunitario y el gigante asiático para la búsqueda de soluciones.
Sin embargo, no invocó la herramienta europea creada precisamente para responder a la coerción económica: el Instrumento Anticoerción, vigente desde 2023 y capaz, como último recurso, de restringir el acceso al mercado europeo, la contratación pública, la inversión o determinados intercambios comerciales. Bruselas amenaza con utilizar “todas las herramientas”, pero evita poner explícitamente sobre la mesa una de las más poderosas.
Con Israel, la cautela fue algo menor, aunque igualmente reveladora. La presidenta calificó de “inaceptable” el avance del proyecto de asentamientos de los colonos judíos en la Cisjordania ocupada y reconoció la frustración de millones de europeos ante la incapacidad de los Estados miembros para alcanzar una posición común en el seno de la Unión.
Pero el discurso pasó por alto una iniciativa diplomática que apenas una semana antes había unido a España, Francia, Reino Unido, Canadá y otros países en torno a restricciones comerciales sobre productos procedentes de asentamientos ilegales. Israel, además, ya había anunciado represalias diplomáticas, comenzando por el cierre del consulado británico en Jerusalén.
La omisión resulta significativa precisamente porque muestra hasta dónde llega la prudencia europea cuando la condena política puede convertirse en confrontación diplomática con los que fueron, otrora, grandes aliados.
La sintonía discursiva se mantuvo en lo tocante a Estados Unidos. No se mencionó a Donald Trump en las más de 15 páginas de discurso de la líder del ejecutivo comunitario. Tampoco hizo falta. Su ausencia resultó, paradójicamente, una de las presencias más visibles de la alocución.
Frente al proteccionismo y la incertidumbre comercial, Europa respondió hablando de diversificación: acuerdos con India, Mercosur, México, Australia e Indonesia y, sobre todo, una alianza de nueva generación con Canadá. Von der Leyen llegó a proponer que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la Unión.
Aunque esa figura no se contempla actualmente en los tratados comunitarios, se trataría de una fórmula inédita para establecer una integración política, económica y estratégica mucho más profunda sin llegar a la adhesión plena, con cooperación en defensa, energía, minerales críticos, tecnología y la misión de protección en torno Ártico. No obstante, la reacción de Trump no se ha hecho esperar y ha amenazado ya con “elevados aranceles a Europa” si cristaliza el proyecto de estrechar lazos con su vecino del Norte.
Con Rusia, la música cambia. Moscú sí aparece inequívocamente detrás de los ataques híbridos perpetrados en suelo comunitario durante el verano. Von der Leyen habló de un invierno especialmente duro para Ucrania, anunció un nuevo impulso al apoyo militar y energético a Kiev y reclamó reforzar las defensas aéreas.
No obstante, incluso aquí el discurso miró más hacia la construcción de capacidades europeas que hacia la confrontación retórica o la lógica del reproche: un nuevo Consejo de Seguridad Europeo, un mecanismo europeo para responder a amenazas híbridas integrado por países tales como Reino Unido, Canadá, Ucrania o Noruega, sin Estados Unidos. La idea de fondo vuelve a ser la misma: Europa debe estar preparada para defenderse, sin esperar necesariamente que otro lo haga por ella.
La referencia a Ceuta constituye quizá el ejemplo más paradigmático de esta nueva doctrina en la disuasión de la confrontación directa. Ni una palabra de reproche a Marruecos. Ni una mención a responsabilidades concretas. Pero sí una afirmación inequívoca de soberanía europea: “Ceuta es España. Ceuta es Europa.
Y Europa estará ahí para vosotros”. La respuesta no es bilateral, sino comunitaria: plena aplicación del Pacto de Migración y Asilo y un nuevo Marco Europeo de Respuesta a Emergencias para situaciones muy tasadas, incluidas aquellas en las que movimientos masivos de personas sean “instrumentalizados”.
El mecanismo permitiría flexibilizar temporalmente determinados procedimientos y acelerar las devoluciones de los migrantes irregulares. Un discurso más firme en materia migratoria como gesto de “fuerza”, en un momento en el que las fuerzas políticas ultraconservadoras y antieuropeas ganan terreno en casa a una velocidad inquietante.
La dimensión económica completa el cuadro. Von der Leyen no habló de desregulación, sino de simplificación: acelerar permisos, reducir cargas administrativas y culminar la reforma del mercado único. Los doce paquetes ómnibus de la Comisión, dijo, ya estarían reduciendo la carga burocrática en unos 17.000 millones de euros anuales.
El mensaje es claro: en un mundo en el que Estados Unidos, China y otras potencias compiten por atraer capital, tecnología e industria, Europa necesita recuperar velocidad sin renunciar a su modelo económico y social.
También hubo espacio para dos de los grandes desafíos que determinarán esta era: clima e inteligencia artificial. Ante el verano más cálido de la historia desde que hay registros, la Comisión prepara un marco europeo de resiliencia climática, una iniciativa europea sobre el agua, una alianza de seguros climáticos y una futura flota europea contra incendios.
Y frente a la revolución de la IA, Von der Leyen combinó ambición tecnológica y cautela regulatoria: más capacidad computacional y más inversión europea, pero también evaluación de modelos, seguridad, límites a los riesgos y, sobre todo, una IA al servicio de la sociedad, y no a la inversa.
El discurso de Estrasburgo fue, en definitiva, más un manual de supervivencia en tiempos de máxima incertidumbre que una declaración de guerra geopolítica. Una Unión que sabe que las viejas certezas se han evaporado y que necesita energía propia, industria competitiva, tecnología, defensa, materias primas, alianzas y capacidad para proteger sus fronteras.
Pero que también sabe que su margen de error es extraordinariamente reducido y que, en un mundo de dependencias cruzadas, cada palabra puede tener consecuencias.
Europa navega así entre la prudencia estratégica y la geopolítica del silencio. Habla de soberanía sin buscar enemigos; de defensa sin abandonar la cooperación; de China sin cerrar la puerta al diálogo; de Oriente Próximo sin señalar culpables; de Estados Unidos sin pronunciar a Trump.
Quizá porque, como advertía Dickens en la frase que abrió el discurso, estos sean simultáneamente los mejores y los peores tiempos. La cuestión ya no es únicamente si Europa será capaz de elegir su propio destino. Es si conseguirá hacerlo sin que el mundo, mientras tanto, elija por ella.
*** Alberto Cuena es periodista especializado en asuntos económicos y Unión Europea.