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España necesita maníacos de la IA. Así es la nueva élite que construirá la economía del mañana

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El número de empresas unipersonales que ganan 10 millones de dólares o más se ha duplicado en los últimos dos años. Son datos aportados por Stripe, la plataforma de pagos online y, aunque no hay datos precisos y acotados al respecto, parece lógico pensar que la inteligencia artificial es uno de los principales motores de esta tendencia.

A fin de cuentas, ¿quién está capturando el valor real de la productividad que ya nadie discute que multiplica la IA? Mejorar la productividad individual no siempre mejora la eficiencia de la organización. Para que una gran empresa saque verdadero provecho de esta revolución tecnológica es preciso -además de emplear datos de calidad- disponer de criterio, método y contexto.

No basta con una suscripción, ni siquiera premium, a un modelo como ChatGPT o Claude. Hace falta conocimiento del negocio, integración con procesos, rediseño organizativo, medición del impacto y capacidad de ejecución.

Un camino en el que muchas empresas y organizaciones están trabajando, pero que no se recorre en un solo día.

Salvo que tengas la agilidad de una empresa unipersonal. Porque, a tenor de las cifras con las que abría el artículo, sí parece haber gente aprovechando el valor de la IA. Son los emprendedores obsesivos que Tyler Cowen, una de las voces internacionales más acreditadas en la materia, llama maníacos de la IA.

El economista y escritor advierte de que este nuevo tipo de personas, a los que compara con los inventores del siglo XVIII, son los llamados a cambiar por entero economías, países o regiones. El futuro, dice, les pertenece.

El número de empresas unipersonales que ganan 10 millones de dólares o más se ha duplicado en los últimos dos años.

Durante décadas admiramos a los mejores ingenieros, a los emprendedores de Silicon Valley o a los científicos capaces de cambiar una industria. Hoy está apareciendo una nueva especie. No siempre viste sudaderas negras ni trabaja en una gran tecnológica.

A menudo opera desde un dormitorio, un espacio de coworking o una startup unipersonal. Son los maníacos de la inteligencia artificial.

Son personas obsesionadas con entender cada nuevo modelo, probar cada actualización, automatizar cualquier tarea y descubrir aplicaciones que nadie había imaginado. Una labor que, como habrá comprobado cualquier persona interesada en la IA, es más ardua de lo que parece. La velocidad a la que se suceden las actualizaciones no hace sino despertar su apetito de conocimiento.

Y, mientras la mayoría sigue preguntándose si la IA les quitará el trabajo, ellos ya están construyendo el siguiente negocio con ella.

Se distinguen por una mezcla poco habitual de curiosidad, impaciencia y ambición. Les interesan más los experimentos que los debates.

Más los resultados que los títulos. Más aprender por sí mismos que esperar a que una universidad incorpore una asignatura. Su tiempo libre consiste en probar herramientas, diseñar agentes inteligentes, leer documentación técnica o discutir en foros cómo exprimir un nuevo modelo unas horas después de su lanzamiento.

Hay una anécdota que resume bien la forma de pensar de estas personas. Cuando Anthropic abrió temporalmente el acceso a una nueva versión de Claude, circuló la historia de un hombre que había cancelado una cita con una mujer para dedicar toda la noche a experimentar con el nuevo modelo de Anthropic.

Cuenta Tyler Cowen que es una práctica habitual incorporar un chatbot a los grupos de WhatsApp, como si fuera un participante más para tener un científico en el grupo, o un amigo que lo sabe todo.

La mejor escuela, experimentar cada día

Los maníacos de la IA no sienten especial respeto por las jerarquías académicas. Tampoco lo hacía especialmente la generación anterior, pero ahora van un paso más allá.

Son escépticos ante la idea de que un diploma garantice el conocimiento y creen que la mejor escuela consiste en experimentar cada día. No buscan necesariamente estabilidad; buscan velocidad.

¿Por qué deberían importar a un país? Porque la próxima ola de productividad no dependerá únicamente de tener grandes modelos de IA propios, sino de disponer de miles de personas capaces de convertir esas herramientas en ventajas competitivas.

Estados Unidos y China están acumulando una enorme ventaja precisamente porque concentran comunidades muy activas de este tipo de perfiles, capaces de transformar una innovación tecnológica en riqueza casi de inmediato.

España corre el riesgo de quedarse observando la revolución desde la barrera. Disponemos de buenos ingenieros, centros de investigación de calidad y un ecosistema emprendedor cada vez más maduro.

Sin embargo, en muchos entornos se sigue premiando más la estabilidad que la experimentación, más la acreditación que la capacidad demostrada y más la regulación que la velocidad de ejecución. En inteligencia artificial, esa cultura puede convertirse en un lastre.

Si queremos reducir la distancia, necesitamos mucho más que grandes anuncios institucionales, introducir la IA desde la educación secundaria y fomentar la curiosidad.

Y el objetivo hoy, si leemos bien la situación, no es fabricar únicamente expertos en IA, sino una generación de obsesivos capaces de explorar sus límites. Todas las revoluciones tecnológicas han tenido sus pioneros.

La diferencia es que, esta vez, los pioneros no trabajan necesariamente en un laboratorio. Pueden estar en cualquier ciudad, con un portátil y una conexión a internet. La verdadera competición entre países ya no consiste solo en quién desarrolla la mejor inteligencia artificial, sino en quién consigue atraer y multiplicar a quienes viven para exprimirla.

*** Alicia Richart es Socia en IBM Consulting.