El expresidente de la Fed, Alan Greenspan. Reuters
Hay una fotografía de 1974 que hoy merecería ser contemplada con algún detenimiento. En ella aparece Alan Greenspan, recién nombrado presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, recibiendo su credencial de manos de Gerald Ford.
A su lado, observando la ceremonia con expresión satisfecha, aparece Ayn Rand. No era una visita de cortesía. Era su consagración histórica.
Greenspan había sido durante años uno de los discípulos más devotos de su secta, miembro del círculo íntimo que ella misma bautizó como "el Colectivo" (el nombre era una broma interna, una ironía dedicada a quienes se reunían precisamente para celebrar el individualismo más intransigente).
Se reunían en el apartamento neoyorquino de la predicadora ruso-americana para escuchar sus conferencias improvisadas sobre la virtud inigualable del egoísmo, la maldad intrínseca del Estado y la superioridad moral de los muy ricos y poderosos. Greenspan, alumno ejemplar, tomaba notas. No solo aprendía. Sobre todo, creía.
Por lo demás, aquello que Rand pregonaba no era pensamiento económico en ningún sentido técnico del término. Era pura teología. Una teología laica construida sobre un axioma nihilista: el individuo es el fin supremo de la existencia, y cualquier limitación impuesta desde fuera a su voluntad soberana constituye una forma de esclavitud totalitaria.
Sus novelas, El manantial y La rebelión de Atlas, tampoco eran ficción: eran catecismos. Y Greenspan los había leído con la devoción del ungido por la verdad suprema.
Lo que nadie señalaba entonces, y casi nadie señala ahora, es que el fanatismo capitalista de Rand resultaba estructuralmente idéntico al fanatismo anticapitalista de los bolcheviques rusos que habían arruinado la existencia de su familia. Distinto signo, mismo fondo: una verdad absoluta y la certeza de que cualquier medio de lucha se justifica por la pureza del fin.
Esto importa porque el difunto Greenspan no fue un académico ni un tecnócrata del montón. Fue el hombre más poderoso de la economía mundial durante casi veinte años. Entre 1987 y 2006 presidió la Reserva Federal de Estados Unidos, el banco central que fija los tipos de interés del dólar y determina, por tanto, el pulso financiero del planeta.
Ningún ministro de Economía, ningún director del FMI, ningún primer ministro europeo tenía poder comparable. Greenspan movía mercados con una ceja alzada. Los analistas de Wall Street descifraban sus declaraciones como si fueran textos bíblicos.
Y ese hombre había aprendido Economía en el apartamento de una sociópata eslava que pensaba que los impuestos son un robo y que la justicia social constituye una droga adictiva para el pobre.
La utopía de los mercados desregulados no era ciencia
Durante sus años al frente de la Fed, Greenspan aplicó con disciplina sacerdotal los principios que había aprendido junto a Rand: los mercados se autorregulan, el Estado es siempre demoníaco, y la codicia sin límites constituye la mayor virtud moral de un ser humano.
Bajo su mandato, se desmantelaron las barreras entre banca comercial y banca de inversión heredadas del New Deal (con Clinton en la Casa Blanca, no con Reagan). Se permitió la expansión sin control del mercado de derivados financieros, instrumentos de una complejidad matemática tan extrema que servía, entre otras cosas, para que nadie pudiera entender lo que se hacía con ellos, que era exactamente de lo que se trataba.
Cuando algunos economistas advirtieron del peligro, Greenspan los despachó con la condescendencia del iluminado: el mercado ya se encargaría de corregir los excesos, como siempre había hecho, como siempre haría.
Así, se miró hacia otro lado mientras los bancos empaquetaban hipotecas basura y las vendían como activos triple A. Greenspan lo sabía. O debía saberlo. Pero su ideología le impedía verlo. Si el mercado lo aceptaba, el mercado tenía razón. Esa era la verdad revelada. Todo lo demás implicaba interferencia liberticida y socialismo.
Y, sí, el mercado, finalmente, se autorreguló. Lo hizo a su manera: quebrando. En 2008, el sistema que Greenspan había tutelado durante casi dos décadas se desintegró en apenas una semana.
Los bancos que eran demasiado grandes para quebrar quebraron. El crédito se congeló. Millones de familias perdieron sus casas.
El paro en Estados Unidos alcanzó niveles que no se veían desde los años treinta. Y el rescate lo pagó, como siempre, la gente común, la de la calle, los mismos que no saben que el mercado es infalible si se le deja a su libre albedrío.
Entonces llegó el momento más extraordinario de toda esta historia. En octubre de 2008, Greenspan compareció ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. El congresista Henry Waxman le preguntó si su visión del mundo, su ideología, había resultado equivocada.
Greenspan respondió: "Sí. He encontrado un fallo. No sé hasta qué punto es significativo o duradero, pero me ha dejado muy perturbado". Un fallo. Cuarenta años de devoción intelectual, veinte años de poder sin límites, una crisis global que empobrecería a cientos de millones de personas. Y al final, un fallo.
Ayn Rand murió en 1982, antes de poder ver el desastre en que terminaría el experimento. Murió convencida de haber descubierto la verdad sobre la naturaleza humana y el funcionamiento de la Economía.
Pero hay un detalle que sus hagiógrafos prefieren omitir: en sus últimos años, enferma y sin dinero, se acogió a Medicare y a la Seguridad Social, los dos programas de protección pública que había dedicado su vida a denunciar como símbolos supremos del demonio colectivista. La gran sacerdotisa del egoísmo radical murió auxiliada y subsidiada por el Estado.
No fue la única. Friedrich Hayek, el otro gran profeta de la desregulación y el mercado libre, hizo exactamente lo mismo. El multimillonario libertario Charles Koch le escribió para convencerle de que se instalase en Estados Unidos, asegurándole que Medicare y la Seguridad Social financiarían su costoso tratamiento médico.
Esto ocurrió años después de haber dedicado un capítulo entero de La constitución de la libertad a denunciar el Estado del bienestar como un camino directo a la tiranía.
Greenspan, en cambio, sobrevivió para ver el desastre. Cobraba conferencias de seis cifras. Seguía publicando libros. Y en sus memorias sostuvo, con una ecuanimidad que roza el cinismo, que nadie podría haber previsto lo que ocurrió.
Hay que reconocerle, sin embargo, una virtud infrecuente: la honestidad intelectual. En un mundo en el que los ideólogos del mercado libre llevan décadas explicando sus fracasos constantes como una consecuencia de no haber aplicado el dogma sagrado suficiente radicalidad, Greenspan hizo algo insólito.
Se sentó ante el Congreso, confesó que su edificio teórico tenía un fallo estructural, y no buscó excusas. Era tarde, desde luego. El daño estaba hecho.
Pero al menos tuvo el valor de decir en voz alta lo que sus colegas siguen negando: que la utopía de los mercados desregulados no era ciencia. Era charlatanería. Elegante, matemáticamente sofisticada, institucionalmente respaldada. Pero charlatanería al fin.
*** José García Domínguez es economista.