“Who can go the distance? We’ll find out in the long run.” Don Henley.

Hablar de Alan Greenspan es hablar de una época completa de la política monetaria moderna. Durante casi dos décadas al frente de la Reserva Federal (1987–2006), Greenspan se convirtió en una figura casi mitológica para los mercados financieros.

Para muchos profesionales del sector, era una auténtica estrella del rock: alguien cuya palabra movía mercados, moldeaba expectativas y definía el pulso de la economía global.

Yo le conocí en 2006, en una conferencia para gestores de Citadel, cuando Ken Griffin le presentó como “un ídolo” para todos nosotros.

Tuve la oportunidad de conversar brevemente con él en una de esas reuniones con gestores que, con el paso del tiempo, adquieren un significado distinto. En aquel encuentro le comenté lo que consideraba un riesgo creciente: la idea de que Estados Unidos podía expandir indefinidamente la oferta de dólares sin consecuencias, bajo el supuesto implícito de que la demanda global de la divisa sería infinita.

La tendencia a atribuir a los bancos centrales responsabilidades que corresponden a gobiernos y legisladores

Le planteé que, en mi opinión, esa premisa era peligrosa y que el control fiscal era un pilar esencial que no podía sustituirse con política monetaria.

Greenspan escuchó con atención, con la amplia sonrisa que le caracterizaba, y respondió con rotundidad: “La Reserva Federal no hace política fiscal; dígales a los votantes que dejen de pedir cosas gratis”. Fue una respuesta sencilla, pero profundamente reveladora.

Reflejaba no solo los límites institucionales de la Fed, sino también una cuestión clave que a menudo se pierde en el debate público: la tendencia a atribuir a los bancos centrales responsabilidades que corresponden a gobiernos y legisladores.

Ese matiz es fundamental para evaluar su legado, especialmente frente a una de las críticas más recurrentes: la acusación de haber inflado la burbuja inmobiliaria. Es innegable que durante su mandato se produjeron condiciones financieras acomodaticias, especialmente tras el estallido de la burbuja tecnológica en 2000.

Sin embargo, reducir la crisis inmobiliaria a una consecuencia directa de la política de tipos de interés de la Fed es una simplificación peligrosa.

La política monetaria no puede sustituir a la disciplina fiscal ni corregir por sí sola los desequilibrios estructurales

El auge del crédito hipotecario de alto riesgo estuvo profundamente ligado a decisiones regulatorias y legislativas que incentivaban la concesión de préstamos con respaldo estatal para ampliar el acceso a la vivienda, así como al papel de entidades semipúblicas impulsadas por el gobierno, como Fannie Mae y Freddie Mac.

Estas instituciones promovieron la expansión del crédito hipotecario con estándares cada vez más laxos, respaldadas por un marco político que priorizaba el acceso a la vivienda sin evaluar adecuadamente los riesgos sistémicos.

La titulización masiva de hipotecas, la ingeniería financiera y la relajación de los criterios de concesión de crédito fueron fenómenos que trascendían claramente la política monetaria y se enmarcaban en un entorno fiscal y legislativo marcadamente expansivo.

Además, la propia estructura regulatoria permitió la proliferación de productos complejos y opacos que, al contar con respaldo implícito o explícito del Estado, recibían calificaciones crediticias máximas. Culpar exclusivamente a Greenspan y a la Reserva Federal por ese entorno es ignorar la responsabilidad compartida entre reguladores, legisladores y agencias públicas.

Greenspan defendió durante años una visión liberal sobre la capacidad de los mercados para autorregularse. Sin embargo, lo que encontró fue un entorno en el que la intervención estatal y la legislación incentivaban la expansión del crédito como fuente de crecimiento y recaudación.

Si los desequilibrios se hubieran corregido antes mediante mecanismos de mercado, es razonable pensar que el impacto de la crisis habría sido menor.

Criticar a Greenspan por una supuesta infraestimación de los riesgos acumulados en el sistema financiero también ignora que esa visión era coherente con el consenso dominante en aquel momento, tanto en el ámbito académico como en el político y financiero.

En términos más amplios, su legado incluye logros significativos. Greenspan gestionó con eficacia episodios de enorme tensión, como el crash de 1987, la crisis asiática, el colapso de Long-Term Capital Management y las consecuencias económicas del 11-S.

Bajo su liderazgo, la Reserva Federal consolidó su credibilidad, reforzó su independencia y afianzó el papel de la política monetaria como ancla de estabilidad macroeconómica.

Quizá una de las lecciones más relevantes de su trayectoria es precisamente la que subyacía en aquella conversación de 2005: la política monetaria no puede sustituir a la disciplina fiscal ni corregir por sí sola los desequilibrios estructurales. Pretender que un banco central compense decisiones fiscales erróneas o marcos regulatorios deficientes es, en última instancia, cargar sobre una institución más responsabilidades de las que puede asumir.

Greenspan no fue infalible, pero tampoco fue el arquitecto único de los desequilibrios que desembocaron en la crisis financiera. Su figura merece una evaluación rigurosa, que reconozca tanto sus contribuciones como los límites de su actuación.

En un contexto en el que los bancos centrales vuelven a situarse en el centro del debate económico, esa distinción resulta más relevante que nunca.

Descanse en paz, Alan Greenspan.