Billetes y monedas
A Immanuel Kant le bastó una frase para fundar la moral moderna, introdujo el “trata a la humanidad, en ti y en los demás, siempre como un fin y nunca solo como un medio”. Suena a sermón.
Es, en realidad, la idea más subversiva que ha producido Occidente, porque pone al individuo, a cada individuo, por encima de cualquier plan grandioso que pretenda usarlo de peldaño. Curiosamente, esa misma intuición late en el corazón de una tradición a la que se acusa de fría, calculadora y poco amiga de los sentimientos: el liberalismo.
El reproche es viejo y conviene tomarlo en serio. Se dice que quien defiende los mercados, la competencia y la responsabilidad individual ha cambiado al ser humano por una hoja de cálculo. Que reduce la fraternidad a transacción y la solidaridad a caridad opcional.
En la España actual, donde casi cualquier problema se responde con más Estado y más norma, sospechar de la regulación bienintencionada pasa por insensibilidad. El liberal queda retratado como el que conoce el precio de todo y el valor de nada.
La acusación es elegante. También es falsa, y la confusión merece deshacerse despacio, porque de ella dependen muchas leyes que aprobamos con el corazón y pagamos con la cabeza.
El siglo veinte está lleno de paraísos planificados que acabaron necesitando muros para retener a sus beneficiarios
El concepto que ordena el malentendido es la dignidad como fin en sí. Kant la situó en el centro de la ética ya que el liberalismo la traslada a la organización de la sociedad. Si cada persona es un fin, nadie, ni el príncipe, ni la mayoría, ni el planificador iluminado, puede disponer de ella como instrumento de un proyecto colectivo.
De ahí nacen los límites al poder, la propiedad, la libertad de contratar, de pensar y de equivocarse. No son caprichos de propietarios egoístas. Son el blindaje práctico de una idea moral ya que usted no es materia prima de la felicidad de otros. Quien acepta a Kant en la cátedra y lo niega en el Boletín Oficial no ha entendido a Kant.
Y aquí los hechos acompañan a la teoría, que no siempre van juntos. El Fraser Institute mide cada año la libertad económica de unos 165 países. La comparación entre el cuartil más libre y el menos libre no es un matiz y muestra que la esperanza de vida es de 80,4 años frente a 66,0 (Economic Freedom of the World, 2022). Catorce años de vida no son una cifra, son nietos conocidos, bodas vistas, libros terminados.
Hay más. El ingreso del diez por ciento más pobre en los países más libres supera el doble de la renta media de los menos libres. La libertad, ese supuesto lujo de privilegiados, resulta ser sobre todo una buena noticia para quien nada tiene. El humanismo no se mide por la nobleza de las intenciones, sino por la vida concreta de las personas, y ahí los números hablan claro.
Conviene no confundir el argumento. No se trata de que el mercado sea bondadoso o que el mercado no siente nada. Se trata de que un orden que respeta la decisión individual produce, sin proponérselo, resultados que cualquier humanista firmaría como más años de vida, menos miseria, más voz para el débil. Es el viejo hallazgo de la coordinación que nadie diseña y que sin embargo funciona mejor que casi todo lo diseñado.
Las buenas intenciones centralizadas, en cambio, tienen un historial sombrío de tratar a las personas como medios para un fin presuntamente superior. El siglo veinte está lleno de paraísos planificados que acabaron necesitando muros para retener a sus beneficiarios.
Quevedo, que de desengaños sabía, escribió que poderoso caballero es don Dinero. Lo decía como sátira, y como sátira sigue siendo certero. Pero hay una lectura menos amarga. El dinero, la propiedad y el contrato son los instrumentos que han permitido al hombre corriente librarse de la servidumbre hacia el señor, el gremio y el funcionario.
Donde no hay propiedad, el poderoso no es don Dinero, sino don Poder, que es bastante peor y nunca rinde cuentas. La historia de la emancipación humana, vista de cerca, se parece mucho a la de cómo la gente común fue ganando un terreno propio donde nadie podía mandarle.
El liberalismo no inventó la dignidad humana. Solo encontró la manera más eficaz de protegerla del entusiasmo de quienes saben lo que nos conviene.
Por eso la oposición entre liberalismo y humanismo es un equívoco, quizá el más persistente de nuestra conversación pública. No son rivales.
Son la misma frase de Kant dicha dos veces, una en el lenguaje de la moral, otra en el de las instituciones. Quien de verdad quiera tratar a cada persona como un fin tendrá que empezar por dejarla decidir. Lo demás, por bienintencionado que suene, es convertirla en medio.
*** Fernando Pinto es profesor Titular de Economía Aplicada de la URJC.