Opinión

La UE, en tiempos de penumbra

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El 9 de mayo, Día de Europa, solía recordarse con júbilo entre los más europeístas por ser una fecha señalada para celebrar un hecho incontestable: la historia de éxito de una realidad, la de la Unión Europea, que, aunque en constante construcción, representa el mayor proyecto pacífico de integración política, social, económica y cultural tras la II Guerra Mundial.

Sin embargo, por primera vez en más de siete décadas, los principios rectores que han anclado los cimientos comunitarios se tambalean de forma sangrante: la cooperación y coordinación efectiva de los Estados en los foros multilaterales, la defensa del derecho internacional, el empleo de la diplomacia como mecanismo de resolución de conflictos, la democracia y la lucha por la defensa de los derechos humanos enfrentan un declive histórico.

Según la prestigiosa Freedom House, ONG estadounidense dedicada a la investigación y promoción de la democracia, sólo el 21% de la población mundial vive en países considerados libres, el receso más profundo desde 1945, mientras que V-Dem Institute (Suecia), considerado por la UNESCO como el proveedor más completo de datos sobre calidad democrática, advierte en su informe de 2026 que el mundo atraviesa la mayor ola de autocratización de la historia.

Por primera vez en más de siete décadas los principios rectores que han anclado los cimientos comunitarios se tambalean de forma sangrante

Como el ángel de Walter Benjamin, la historia se repite, atrapada en una batería de calamidades incesante. Los ojos del mundo han afrontado demasiado sufrimiento en tiempo récord: Afganistán, Ucrania, Sudán, Venezuela, Gaza, Líbano… En concreto, el conflicto reciente abierto unilateralmente por Trump y Netanyahu contra Irán ha destapado muchas caretas e ingentes vulnerabilidades para los europeos, más (si cabe) que la propia pandemia o la agresión brutal e injustificada de Putin contra Ucrania.

En materia de seguridad y defensa, Trump ha confirmado la relación de vasallaje y sumisión que espera del bloque occidental de países aliados. Lo demostró en Groenlandia, con la humillación (en público y en privado), de uno de los defensores históricamente más acérrimos de la relación trasatlántica (Dinamarca), haciendo sorna de sus renos como comodín defensivo. Y, por supuesto, lo ha explicitado de manera mucho más clara en el actual frente abierto contra el régimen de los ayatolás.

Trump no se ha dejado a nadie en el tintero en estos dos meses de guerra contra Irán: Starmer (Reino Unido), Merz (Alemania), Macron (Francia), Sánchez (España) y hasta Meloni (Italia), otrora mujer fuerte y referente en el Viejo Continente para él, de quien ha llegado a decir que “se equivocó al considerar que tenía valor”. Incluso el Papa ha recibido duras críticas por oponerse a la escalada militar. Alegato que le ha valido a Trump para acusarle de desear que Irán cuente con el arma nuclear.

Además, en esta ocasión, los perímetros de la amenaza militar han excedido la extravagancia discursiva y empiezan a concretarse en acciones. Trump, en represalia por la ausencia alemana, ya ha anunciado que retirará 5.000 soldados del país germano en el transcurso de los próximos meses, dejando el despliegue de tropas estadounidenses en suelo europeo en niveles previos a la invasión de Ucrania. Además, también ha amenazado con nuevos aranceles, el posible cierre de bases militares en España, Alemania e Italia, e incluso una salida inminente de la OTAN, que él mismo califica como “tigre de papel” (para delicia de Putin).

En este contexto, son muchos los analistas que cargan contra Europa por considerar un error estratégico (y casi una traición) que se deje en la estacada a un aliado como Estados Unidos. Sin embargo, se les olvida mencionar que no hay base legal y, en consecuencia, cualquier intervención sobre Irán supone una violación flagrante del derecho internacional. No es legal porque no se ha debatido en los foros internacionales (Consejo de Seguridad y Asamblea de Naciones Unidas), no se ha informado ni consultado a los aliados y, para más inri, ni siquiera hay cuerpo cierto sobre la amenaza y riesgos tan reales que representa Irán para la seguridad global.

¿Cómo enfrentar esta situación? Aunque la UE no nació para la guerra, que contraviene sus propias esencias fundacionales, el bloque de los 27 debe apostar por el rearme como mecanismo de disuasión para actuar con plena independencia en un mundo cada vez más convulso y hacer una defensa efectiva de sus propios valores, sin tutelajes de ningún tipo. Francia, por ejemplo, ya ha anunciado el compromiso de extender el gasto militar por encima de los 75.000 millones de euros para 2030. Alemania, por su parte, incrementará su presupuesto en defensa un 28% el próximo año y casi un 40% en 2028. Sin embargo, es clave que esta carrera, para prosperar, no se juegue en clave nacional, sino europea, con una máxima coordinación y equilibrio entre todos los países, optimizando estrategias y recursos en la cadena de producción.

El bloque de los 27 debe apostar por el rearme como mecanismo de disuasión para actuar con plena independencia en un mundo cada vez más convulso y hacer una defensa efectiva de sus propios valores, sin tutelajes de ningún tipo

En el ámbito energético, el prolongado bloqueo del estrecho de Ormuz, un enclave estratégico por donde circula aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo y una parte significativa del gas licuado (GNL), ha provocado una nueva crisis energética en el seno de la UE, con un aumento drástico de precios y tensiones en el suministro de queroseno y combustibles fósiles para transporte, con especial incidencia en ciertos países como Italia, Bélgica y Polonia, por su dependencia de productos refinados del Golfo Pérsico. De hecho, el gasto de la UE en gas y petróleo ha aumentado ya en más de 22.000 millones de euros desde que comenzó la guerra.

Tanto es así que en las últimas semanas ha crecido el número de partidarios de reactivar centrales nucleares y prorrogar el calendario previsto para su demolición. A este respecto, la propia Comisión Europea ha advertido contra el "cierre prematuro" de centrales nucleares existentes, definiendo la pérdida de esta capacidad como un "error estratégico" en el contexto de seguridad de suministro actual.

De hecho, el gobierno belga anunció hace tan solo unos días la adquisición de todas las centrales nucleares del país a la empresa propietaria, la francesa Engie, como elemento estratégico para garantizar la seguridad energética, la estabilidad económica y la resiliencia industrial. Aunque Bélgica aprobó en 2003 una ley que preveía el abandono de la energía atómica en 2025, con el tiempo y el devenir de las circunstancias internacionales se ha producido un cambio total de posición. En la misma línea se ha movido Países Bajos. Por su parte, Polonia, Francia, Reino Unido y muchas de las potencias del este de Europa no sólo han impulsado inversiones significativas en nuevas plantas, sino también en la extensión de la vida útil de las centrales existentes.

En el caso de España, el Parlamento Europeo, en un informe no vinculante, ha pedido al Gobierno hace unos días que reconsidere su posición y prorrogue la vida útil de las centrales nucleares al menos hasta 2040, de acuerdo con las mejores “prácticas internacionales”. Lo cierto es que la Eurocámara ya respaldó en 2022 la energía nuclear como actividad medioambientalmente sostenible, bajo estrictos criterios de seguridad. Además de la preservación de la nuclear como energía limpia y segura, la UE debe acelerar el impulso a las renovables, consolidar la apuesta por la electrificación, avanzar en la integración de los distintos mercados energéticos europeos y modernizar la infraestructura de red, pues la supervivencia de la industria, el coste de vida y la ya maltrecha competitividad europea no pueden quedar tan al albur de los conflictos internacionales.

Finalmente, en lo tocante a la dimensión de derechos y libertades, la derrota reciente de Viktor Orbán en las elecciones de Hungría tras 16 años en el poder arroja un rayo de esperanza y pone fin a una situación muy lesiva y anómala, pues Orbán se había convertido en el principal chivo expiatorio del Kremlin en el seno de la UE, con veto específico a muchas de las iniciativas en apoyo a Ucrania y principal adalid de la ola reaccionaria en suelo europeo.

No obstante, conviene no confiarse: por desgracia, a la UE no le faltan caballos de Troya internos. Es el caso del primer ministro eslovaco, Robert Fico, el checo, Andrej Babiš, el posible retorno de Janez Janša (Eslovenia), el búlgaro prorruso Rumen Radev o la caída reciente del gobierno rumano, tras una moción de censura de socialdemócratas y ultraderecha, lo que abre un período de gran inestabilidad en el país. Asimismo, las presidenciales de Francia el próximo año, que pondrán fin al gobierno de Macron, en el poder desde 2017, comportan una serie de incertidumbres que inquietan sobremanera en Bruselas, ante el auge de la extrema derecha.

La movilización en bloque de estos líderes puede plantear serios problemas en términos de desinformación, calidad democrática, injerencia extranjera y boicot a los intentos de avanzar hacia la soberanía estratégica europea en distintos ámbitos.

Así las cosas, el panorama se configura entre penumbras, con más incógnitas que respuestas. Con todo, la UE no debe cejar en el empleo de todos los mecanismos a su alcance para preservar la unidad interna y presentarse frente al mundo como acérrima defensora de la democracia liberal. Ahora más que nunca se precisa de liderazgo y reivindicación nítida de los avances y prosperidad económica y social que ha traído la pertenencia al bloque comunitario, especialmente en este año, que España celebra los 40 años desde su adhesión. Permitir que el ángel de la historia de Walter Benjamin nos devuelva a la lógica de la fuerza que imperó hasta 1945 sería un estrepitoso fracaso colectivo que ni los europeos, ni el mundo, se pueden permitir.

***Alberto Cuena es periodista especializado en asuntos económicos y Unión Europea