Hay algo muy revelador en el momento actual de la inteligencia artificial: cuanto más avanza, peor cae. No porque haya dejado de prometer eficiencia, productividad o nuevas capacidades, sino precisamente porque empieza a dejar de ser una promesa abstracta para convertirse en una fuerza concreta que altera empleos, mercados, consumos energéticos y relaciones de poder.
La industria lo sabe. No es casualidad que OpenAI haya publicado un documento político sobre cómo “mantener a las personas primero”, que haya comprado un programa tecnológico para influir en la conversación pública, o que Anthropic haya lanzado su propio instituto para encuadrar el debate social sobre la inteligencia artificial. Cuando una tecnología necesita aparato ideológico, narrativa y lobby, es que ya ha dejado de ser neutral.
La desconfianza no es imaginaria. Pew Research muestra una distancia enorme entre la visión de los expertos y la del público: mientras los primeros tienden a ver la inteligencia artificial con optimismo, los ciudadanos se mueven entre la preocupación, el escepticismo y la sensación de pérdida de control.
En otra encuesta, la mitad de los trabajadores estadounidenses afirmaba sentirse preocupada por el impacto futuro de la inteligencia artificial en el trabajo, y casi un tercio creía que reducirá sus oportunidades laborales a largo plazo. No es una reacción irracional. Es la respuesta lógica de quien contempla cómo una tecnología se introduce en su vida sin que exista un contrato social adaptado a sus consecuencias.
Tampoco ayuda el comportamiento de las empresas que lideran esta revolución. Mientras publican documentos sobre prosperidad compartida, semanas laborales más cortas o fondos públicos de riqueza, también intensifican su músculo político y regulatorio.
OpenAI plantea en su informe ideas como un fondo soberano para repartir parte de los beneficios del crecimiento impulsado por la inteligencia artificial, pilotos de semanas de cuatro días y redes de seguridad más robustas. Sobre el papel, suena razonable e incluso interesante.
El problema no es que esas ideas sean malas, sino que lleguen desde compañías cuyo poder económico y de influencia crece mucho más deprisa que cualquier control democrático efectivo.
De hecho, la imagen pública de la inteligencia artificial no se deteriora solo por el miedo al desempleo. También pesa la percepción de que estamos construyendo infraestructuras gigantescas, energéticamente voraces y con impactos locales muy tangibles para sostener negocios privados de una escala sin precedentes.
La Agencia Internacional de la Energía advierte de que el crecimiento del consumo eléctrico de los centros de datos puede convertirse en un reto serio para determinadas redes por su concentración geográfica, y contempla escenarios en los que esa demanda supera los 1,700 TWh en 2035.
La incomodidad social con la inteligencia artificial tiene una base material: no hablamos solo de algoritmos, sino de territorio, electricidad, agua y poder.
La inteligencia artificial puede reforzar monopolios, disparar desigualdades y dejar a millones de personas fuera, sí
A eso se suma la politización agresiva. El ecosistema de la inteligencia artificial se mueve para moldear la conversación pública, suavizar la regulación y castigar políticamente a quienes intentan imponer límites.
El mensaje implícito es peligroso: la inteligencia artificial debe acelerarse, y quien quiera frenarla o simplemente someterla a reglas más exigentes será tratado como un obstáculo. Eso no genera legitimidad social: genera rechazo.
La degradación empieza a manifestarse también en formas más inquietantes: las protestas contra la inteligencia artificial, que hace apenas unos años eran marginales, han ido escalando en intensidad hasta incluir violencia directa. La casa de Sam Altman ha sido atacada en más de una ocasión, en un contexto de creciente hostilidad hacia los líderes de las grandes compañías de inteligencia artificial.
Cuando una tecnología deja de percibirse como progreso compartido y pasa a identificarse con poder concentrado, opacidad y amenaza, el rechazo deja de ser simplemente discursivo y empieza a adoptar formas mucho más peligrosas.
Y, sin embargo, convertirse en anti-inteligencia artificial por reacción tampoco me parece una posición intelectualmente seria. Puede ser comprensible, pero profundamente cortoplacista. La historia de la tecnología está llena de momentos en los que confundimos el mal uso de una herramienta con la herramienta misma.
Que la inteligencia artificial pueda destruir trabajos no implica que debamos preservar artificialmente tareas absurdas, repetitivas o alienantes como si ahí residiera alguna nobleza moral. La maldición bíblica de que uno debe ganarse el pan con el sudor de su frente siempre me ha parecido más una condena que una virtud.
Si una máquina o un sistema puede hacer una parte creciente del trabajo humano, la pregunta importante no es cómo impedirlo, sino cómo redistribuir sus beneficios, cómo redefinir el sentido de la actividad humana y cómo evitar que el fruto de esa productividad se concentre en unas pocas manos.
El verdadero dilema, por tanto, no es tecnológico, sino político. La inteligencia artificial puede reforzar monopolios, disparar desigualdades y dejar a millones de personas fuera, sí.
Pero también puede multiplicar la productividad hasta niveles que hagan perfectamente plausible otra organización social: menos trabajo obligatorio, más tiempo disponible, mejores servicios, más acceso al conocimiento y una vida material más digna para más gente.
El FMI lo plantea con bastante claridad: la inteligencia artificial trae riesgos evidentes para el empleo y la desigualdad, pero también la posibilidad de aumentos de productividad lo bastante grandes como para elevar los ingresos generales. Todo dependerá de cómo se gobierne la transición.
Por eso, oponerse frontalmente a la inteligencia artificial puede acabar siendo tan miope como entregarse a ella con fervor mesiánico. El tecno-optimismo acrítico es una forma de propaganda. El tecno-pesimismo reflejo, una forma de nostalgia improductiva. Lo sensato no es idolatrar ni demonizar la inteligencia artificial, sino disputarla.
Politizarla, regularla, fiscalizarla y someterla a objetivos sociales explícitos. Porque sí, la inteligencia artificial se está volviendo impopular, y en buena medida se lo ha ganado. Pero la respuesta no debería ser detener el futuro, sino impedir que nos lo expropien.
***Enrique Dans es Profesor de Innovación en IE University.