Monedas y billetes de euros
La invasión de Ucrania por parte de Rusia, el devastador genocidio perpetrado en Gaza por Israel y los intentos unilaterales de Estados Unidos de organizar cambios de régimen primero en Venezuela, después en Irán y quien sabe si en un futuro próximo en Cuba, han sumido al sistema multilateral en una crisis.
Paradójicamente, los desafíos actuales, como el cambio climático, los movimientos migratorios o el desarrollo de la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos, hubieran requerido una cooperación global reforzada.
En Europa esta lógica del multilateralismo cobra aún más sentido. El proyecto de la Unión Europea surgió como respuesta a la catástrofe que representó la rivalidad sin restricciones de los pueblos europeos.
Este proyecto común ha mostrado que las instituciones internacionales y la soberanía compartida propician no sólo periodos de paz, sino también de prosperidad para los pueblos.
Tras la crisis financiera de 2008 que derivó en una crisis de deuda soberana de algunos Estados miembros, la pandemia de la Covid-19, la crisis inflacionaria ocasionada por la guerra en Ucrania y la guerra arancelaria iniciada por el presidente Trump, la Unión Europea ha atravesado momentos difíciles perdiendo fuelle como área económica mundial.
Y, cuando parecía levantar cabeza, o al menos tomar conciencia de sus debilidades gracias a los informes Draghi y Letta, estalla el conflicto en Oriente Medio, poniendo de manifiesto, una vez más, la dependencia de Europa en materia de seguridad energética y de suministro de determinadas materias primas, claves para el desarrollo tecnológico e industrial (como por ejemplo el helio, básico para fabricar semiconductores). Más que nunca es el momento de crear más Europa para conseguir autonomía estratégica.
El crecimiento de la eurozona se ha frenado, la inflación se dispara y la guerra que se extendido en el Golfo Pérsico hace mella en el crecimiento de las empresas europeas. Tras las interrupciones en los flujos del estrecho de Ormuz, el precio del crudo y el gas ha subido entre un 50% y un 70%, y el coste de los fertilizantes más de un 40%.
Ello ha encarecido el transporte y desorganizado las cadenas logísticas, afectando a los costes de producción y comprimiendo los márgenes empresariales, a excepción de los de las compañías energéticas que, según los datos de London Stock Exchange Group aumentarán un 24,9% en el primer trimestre de 2026.
El impacto económico de la guerra de Irán dependerá del grado de dependencia energética de cada país, o el espacio fiscal disponible. Los países importadores de energía y los que tienen reservas escasas están más expuestos.
Europa, siendo vulnerable en general, presenta grandes diferencias: Italia y el Reino Unido se encuentran especialmente expuestos por su dependencia gasística, mientras que Francia y España estarían relativamente protegidos gracias a su mayor capacidad en nucleares en un caso, y renovables en el otro.
Asimismo, en un entorno de incertidumbre y riesgo geopolítico constante, los efectos económicos dependen de si la tregua anunciada es real y duradera y de la magnitud de los daños causados a las infraestructuras energéticas y a las cadenas de suministro.
La historia nos enseña que, en una economía globalizada, los golpes económicos de las guerras son más profundos y duraderos que los ocasionados por crisis financieras.
De momento, el repunte de los precios de la energía ha elevado la inflación de la zona del euro al 2,5% en marzo, desde el 1,9% de febrero, y ahora se espera que el BCE suba los tipos de interés por primera vez en años.
El propio BCE advierte que la guerra restará en torno a 0,3 puntos porcentuales al PIB de la zona del euro de aquí a finales de 2026, y proyecta para este año un crecimiento real de apenas el 0,9%, frente al 1,3% previsto anteriormente.
El indicador adelantado de actividad económica también nos informa de la desaceleración: el PMI compuesto de marzo, que mide las compras de las empresas manufactureras y de servicios, ha caído a 50,7 puntos desde los 51,9 de febrero.
El cierre de Ormuz ha reconfigurado las cadenas de suministro de insumos críticos, desviando cargueros, alargando plazos de entrega y elevando los costos de flete y seguros. Entre tanto, Irán pretende cobrar peaje en el estrecho de Ormuz, en moneda distinta al dólar -yuanes chinos o incluso criptomonedas-, lo que está reduciendo el atractivo de la divisa norteamericana.
Estamos asistiendo a la ruptura del sistema económico internacional, basado en el comercio y la especialización en aquello en lo que se tiene ventaja comparativa.
El uso agresivo de los aranceles de EEUU, los controles de exportación de las tierras raras por parte de China, y el control iraní del paso por el estrecho de Ormuz están también erosionando el papel del dólar como moneda de reserva y ancla del sistema.
En suma, el conflicto en Oriente Medio, además de asestar un nuevo golpe a la economía, es un paso más en la crisis del sistema multilateral por el que había apostado la Unión Europea. No será fácil adaptarse al nuevo entorno, y al mismo tiempo conservar los principios del multilateralismo, estableciendo acuerdos basados en reglas transparentes y creíbles con regiones y países que comparten la misma visión.
De momento, la tarea pasa por acelerar la reducción de la dependencia de las energías fósiles, reforzar la eficiencia energética, aumentar la inversión en interconexiones eléctricas y en almacenamiento, y lograr una mayor diversificación del abastecimiento en gas natural licuado.
La buena noticia es que el euro puede ganar protagonismo como moneda de transacción en los acuerdos comerciales, tanto para acceder a su mercado como para comprar activos estratégicos. Para ello habrá que superar la fragmentación política y agilizar la toma de decisiones, de modo que Europa siga siendo una potencia económica central, un estabilizador del sistema internacional y un actor clave del multilateralismo.
*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.