Mercado de comida
El mundo soñaba con deflación tecnológica y se despertó con inflación geopolítica
El conflicto en Irán ha devuelto al mercado el temor a una escalada sin control de los precios. Porque el problema del petróleo no es solo que suba hoy. El problema es que probablemente seguirá subiendo dentro de seis meses.
La cadena empieza con el encarecimiento de la gasolina, el gas y la electricidad. Luego lo hacen el transporte, los seguros, el almacenamiento, los billetes de avión, las plazas hoteleras y los servicios. Después llegan los alimentos, tras sufrir alzas en el coste de los fertilizantes, la química de la cadena alimentaria, los plásticos y la logística.
Finalmente aparecen los márgenes más estrechos, el menor consumo y el frenazo económico trayendo consigo el más temido de los males: la estanflación.
Eso fue exactamente lo que ocurrió tras la invasión de Ucrania. El gas y el petróleo repuntaron de inmediato, pero la inflación siguió subiendo durante meses, incluso cuando algunas materias primas empezaron a moderarse.
En la eurozona, el IPC no tocó techo hasta octubre de 2022, muy por encima de donde se encontraba antes del conflicto, porque el shock energético acabó filtrándose al conjunto de la economía. La subyacente hizo su alto en marzo de 2023 y desde entonces nunca ha vuelto a estar por debajo del 2 por ciento. Esta vez el patrón amenaza con repetirse.
Estados Unidos teme la inflación, pero lo hace con un colchón energético propio
De hecho, el pasado viernes ya aparecieron las primeras señales. Alemania, el país europeo más sensible a los precios energéticos por su estructura industrial y su histórica dependencia del gas importado, confirmó un repunte de la inflación hasta el 2,7 por ciento interanual en marzo, frente al 1,9 por ciento de febrero.
La energía subió un 7,2 por ciento y los combustibles un 20 por ciento, destacando una impresionante alza del 40 por ciento en el gasóleo ligero. Alemania suele ser el primer país en mostrar el daño cuando suben la energía y las materias primas, porque es el país donde más rápido se contagian al tejido productivo y donde más dependencia neta existe gracias a sus históricos errores en materia de generación y planificación energética.
Su potente industria química, automovilística y farmacéutica, está literalmente temblando
Estados Unidos publicó el mismo viernes un dato parecido en dirección, aunque diferente en intensidad. El IPC repuntó hasta el 3,3 por ciento interanual, impulsado sobre todo por un salto del 18,9 por ciento en la gasolina. Pero la situación americana no es comparable a la europea.
Estados Unidos es un gran productor de petróleo y gas, tiene capacidad exportadora y, en un entorno de precios altos, buena parte de su sector energético se beneficia. Eso no significa que la inflación no vaya a ser un problema, pero sí que el shock es menos destructivo que en Europa. Mientras Alemania ve cómo se deteriora su industria, Texas ve cómo mejoran los ingresos de buena parte de sus productores.
Europa, en cambio, vuelve a enfrentarse a su peor escenario posible ya que importa energía para sostener una industria debilitada. España puede oponerse legítimamente a la guerra a la vez que intentar desmarcarse políticamente de Estados Unidos defendiendo una posición diplomática distinta, pero no puede escapar a la realidad económica europea.
Si sube el petróleo, subirán los costes de transporte, la electricidad, los fertilizantes, los alimentos y la logística. España no tiene capacidad para aislarse de ese impacto porque comparte mercado, moneda y dependencia energética con el resto del continente.
Otra cuestión para reflexionar es que la inflación no tiene una única cara. El mismo viernes China sorprendió con un dato completamente distinto. Tanto el IPC como el índice de precios industriales mostraron presiones deflacionarias.
El gigante asiático sigue atrapado en un entorno de exceso de capacidad, debilidad del consumo y caída de precios industriales, a pesar de ser probablemente uno de los países más expuestos al cierre de Ormuz y a la interrupción del comercio marítimo. Esa es una de las grandes paradojas de esta crisis.
Mientras Europa teme una nueva ola inflacionaria y Estados Unidos se beneficia parcialmente del shock energético, China sigue luchando contra el problema contrario: una economía demasiado fría y unos precios demasiado débiles.
Ese contraste hace todavía más compleja la situación. Porque el mundo se enfrenta a un shock energético global en un momento en el que las grandes economías no están sincronizadas. Europa tiene pavor a una conjunción de inflación y estancamiento económico.
Estados Unidos teme la inflación, pero lo hace con un colchón energético propio. China teme su deflación sobrevenida. Lo que es común es que los bancos centrales, atrapados entre todos esos escenarios, tienen cada vez más difícil decidir si deben bajar tipos para apoyar el crecimiento o mantenerlos altos para evitar otra espiral de precios.
Lo más irónico de todo es que este shock llega justo cuando la inteligencia artificial empezaba a actuar como una fuerza claramente deflacionaria. La tecnología estaba preparada para abaratar servicios, automatizar procesos y reducir costes, pero la ironía está en que es un descomunal consumidor y demandante de energía.
El mundo parecía listo para producir más gastando menos, pero no consumiendo menos energía. Y de repente, una guerra ha devuelto al mercado a los viejos fantasmas del petróleo, la inflación y el miedo.
Porque al final, por mucho que avance la tecnología, sigue habiendo una verdad incómoda que nunca cambia: ninguna economía moderna funciona sin energía barata.