Dos pensionistas españoles. EFE
El debate sobre las pensiones en España suele centrarse, con razón, en la sostenibilidad y en la evolución del sistema público. Sin embargo, a medida que avanzan las transformaciones demográficas y laborales, resulta cada vez más evidente que el desarrollo del tercer pilar, el ahorro previsional individual, también tendrá un papel relevante en el equilibrio del conjunto del sistema.
En nuestra opinión, no se trata de replantear el modelo, sino de entender cómo adaptarlo a los hábitos económicos y financieros de los ciudadanos actuales. Se puede afirmar que el tercer pilar es necesario, algo que prácticamente nadie discute, pero sí que deberíamos preguntarnos cómo debe evolucionar para resultar más accesible, más eficiente y alineado con la forma en la que hoy se generan y se gestionan los ingresos de los hogares.
España parte de una realidad conocida. Según datos de Inverco, el patrimonio total en fondos de pensiones alcanzaba casi los 138.000 millones de euros a finales de 2025, de los cuales algo más de 96.000 millones corresponden al sistema individual.
Se trata de un volumen relevante, pero que sigue representando un peso moderado dentro del ahorro financiero total de los hogares si se compara con otras economías desarrolladas.
Al mismo tiempo, la dinámica demográfica refuerza la importancia de complementar el sistema público con mecanismos adicionales de ahorro a largo plazo. La Comisión Europea prevé que la ratio de dependencia de mayores en España pase de algo más del 33 % en 2022 a cifras cercanas al 65% a mediados de siglo.
Durante mucho tiempo el ahorro para la jubilación se ha asociado a decisiones puntuales y a aportaciones concentradas en determinados momentos del año o etapas vitales
Este escenario no cuestiona el papel central del sistema público, pero sí pone de manifiesto la conveniencia de reforzar instrumentos que permitan complementar las pensiones futuras.
El desarrollo del tercer pilar no debería interpretarse únicamente como una cuestión de incentivos fiscales o de límites de aportación. Es un debate más amplio que tiene que ver con cómo facilitar que el ahorro previsional forme parte de la planificación financiera cotidiana de los ciudadanos.
Uno de los elementos que probablemente marcará su evolución es la integración del ahorro en la vida económica diaria. Durante mucho tiempo el ahorro para la jubilación se ha asociado a decisiones puntuales y a aportaciones concentradas en determinados momentos del año o etapas vitales, en los últimos años de la vida laboral.
Sin embargo, la experiencia internacional muestra que los sistemas que consiguen mayor participación suelen apoyarse en mecanismos más automáticos, progresivos y vinculados al comportamiento habitual de las personas.
Países como Reino Unido, con la implantación del auto-enrolment en planes de empleo, o Suecia, con sistemas de ahorro previsional integrados en la vida financiera del ciudadano, han demostrado que cuando el ahorro se incorpora de forma sencilla y casi automática, la participación en fórmulas privadas crece de manera muy significativa.
La confianza del ahorrador es un factor determinante para cualquier estrategia de previsión a largo plazo y esa confianza se construye con información clara
En la práctica, el freno muchas veces no está en la falta de interés por ahorrar para el futuro, sino en cómo se perciben este tipo de productos. Para una parte importante de la población siguen asociados a decisiones financieras complejas o a la idea de que es necesario disponer de un margen económico amplio para empezar a aportar.
Esa percepción, unida a un conocimiento y una educación financiera todavía limitada sobre los instrumentos de ahorro disponibles, hace que muchas personas retrasen el momento de empezar a ahorrar para la jubilación o directamente no lo incorporen a su planificación financiera.
En este sentido, la incorporación de fórmulas de microahorro o de aportaciones vinculadas al consumo, por ejemplo, abren una vía interesante para ampliar la base de partícipes. El objetivo, por tanto, no debería ser sustituir los instrumentos tradicionales, sino complementarlos con soluciones que permitan empezar a ahorrar con cantidades pequeñas y de manera constante e integrada en nuestro día a día.
Otro aspecto que probablemente evolucionará en los próximos años es la forma en que se diseñan los incentivos. En el caso español, el límite de aportación y el límite de deducción fiscal en los planes individuales están actualmente vinculados y se sitúan en 1.500 euros anuales.
Algunos análisis internacionales apuntan a que introducir mayor flexibilidad en este diseño podría favorecer el desarrollo del ahorro previsional. En esta línea, la OCDE ha planteado la posibilidad de separar ambos límites, de modo que se pueda ampliar la capacidad de aportación sin que necesariamente aumente el incentivo fiscal asociado.
Más allá de las cuestiones regulatorias, también resulta fundamental que el tercer pilar continúe avanzando en términos de eficiencia, transparencia y calidad del producto. La confianza del ahorrador es un factor determinante para cualquier estrategia de previsión a largo plazo y esa confianza se construye con información clara, estructuras de costes competitivas y una gestión que responda al horizonte temporal y de riesgo propio de este tipo de instrumentos.
No es lo mismo empezar a ahorrar a los treinta que hacerlo a pocos años de la jubilación: quienes se incorporan antes pueden asumir estrategias mixtas o con mayor peso de renta variable, mientras que, en las fases finales de la vida laboral, las personas deberían priorizar productos más conservadores.
Todo ello apunta a una idea que conviene tener presente. El futuro del tercer pilar probablemente no dependerá de un único cambio, sino de la combinación de varios elementos.
Un marco regulatorio estable, incentivos bien diseñados, productos competitivos y, sobre todo, mecanismos que permitan que el ahorro a largo plazo resulte sencillo de incorporar a la economía cotidiana de las personas.
El reto no consiste únicamente en aumentar el volumen de ahorro previsional, sino en ampliar su base social. Cuanto más natural resulte para los ciudadanos comenzar a ahorrar para su jubilación, aunque sea con pequeñas cantidades, más sólido será el papel del tercer pilar del sistema público de pensiones.
*** David Herrando es director general de Pensumo, Pensión por Consumo.