Rentas vitalicias
Todos estamos expuestos a riesgos en nuestro día a día. Podemos evitarlos (si no queremos tener un percance en un transporte, no nos montamos en uno), asumirlos (si causamos una gotera a nuestro vecino, la pagamos de nuestro bolsillo) o transferirlos.
La primera opción suele ser inviable porque limitaría de forma significativa nuestra actividad vital. La segunda puede resultar excesivamente costosa. Imagínese ser propietario de una fábrica y tener que mantener en el banco un capital suficiente para reconstruirla desde sus cimientos en caso de un incendio devastador. Parece razonable pensar que, entre las tres opciones, la transferencia del riesgo es la más eficiente.
En el mercado existen distintos mecanismos para hacerlo. Los instrumentos financieros permiten cubrir riesgos de naturaleza económica o de mercado. Pero cuando hablamos de riesgos personales, materiales o patrimoniales, el instrumento por excelencia es el seguro.
El seguro es, ante todo, un mecanismo de mutualización del riesgo. Permite transformar una incertidumbre potencialmente ruinosa en un coste cierto y asumible: la prima. En determinados casos, además, puede incorporar una dimensión de ahorro o previsión, al ofrecer prestaciones futuras asociadas a contingencias concretas.
No todos los seguros responden a la misma necesidad. Algunos protegen bienes materiales, como la vivienda o el vehículo, frente a daños o pérdidas.
La clave de una buena planificación consiste en identificar los riesgos más relevantes en cada etapa vital y elegir las coberturas adecuadas
Otros se centran en la protección de las personas y de su capacidad económica, como los seguros de vida, salud o incapacidad laboral. La clave de una buena planificación consiste en identificar los riesgos más relevantes en cada etapa vital y elegir las coberturas adecuadas. No se trata de contratar más seguros, sino de contratar los necesarios.
Dentro de la planificación financiera, el seguro debe entenderse como complemento del ahorro y la inversión, no como sustituto. El ahorro permite acumular recursos para objetivos futuros; la inversión busca rentabilizarlos; el seguro protege ese esfuerzo frente a acontecimientos imprevistos que podrían ponerlo en peligro.
Integrar estas tres herramientas de forma coherente es esencial para construir una estrategia financiera equilibrada.
Si a lo anterior añadimos el ejercicio de reflexión siguiente, introducimos el cambio de paradigma en la planificación financiera futura. Solo hay que pensar cómo éramos hace 100 años. Una persona de 60 años prácticamente llegaba al final de su vida, cuando, actualmente, a esa edad, se tiene toda una vida por delante.
Esa información nos ayuda a comprender mejor uno de los grandes fenómenos de nuestro tiempo: la nueva longevidad. Viviremos más años y quién sabe si con buena o mala salud. Por eso debemos planificar responsablemente nuestros gastos esperados futuros.
Planificar el futuro implica tomar decisiones hoy considerando escenarios inciertos
Compare esa edad con la de personas actuales de su entorno. La edad cronológica es la misma; la edad biológica, claramente no. Vivimos más años y, en general, en mejores condiciones. Y todo indica que esta tendencia continuará si los hábitos de vida y los avances sanitarios siguen mejorando.
Según el INE, la esperanza de vida al nacer en España se sitúa actualmente en torno a los 81 años para los hombres y 86 para las mujeres. Las proyecciones apuntan a que en 2073 podría alcanzar los 86 años en hombres y los 90 en mujeres. Estos años adicionales no son neutros desde el punto de vista financiero: deben ser financiados.
Además, la esperanza de vida es una media estadística. Muchas personas vivirán más allá de ella. Y ahí reside el verdadero riesgo: no vivir hasta los 81 u 86 años, sino hacerlo hasta por encima de los 100 años o incluso más.
La longevidad implica una posibilidad financiera inquietante: sobrevivir a nuestros ahorros. Un depósito o un fondo de inversión pueden agotarse si realizamos disposiciones periódicas.
En cambio, ciertos instrumentos aseguradores, como las rentas vitalicias, están diseñados precisamente para cubrir ese riesgo, proporcionando ingresos mientras la persona viva.
Planificar el futuro implica tomar decisiones hoy considerando escenarios inciertos, pero con un impacto potencialmente significativo en nuestra vida personal y familiar.
Si nos parece ilógico inmovilizar un capital equivalente al coste de una fábrica para protegernos frente a un incendio improbable, ¿por qué asumimos en solitario el riesgo económico de vivir más años de lo previsto? Esta pregunta debería hacernos reflexionar sobre la necesidad de planificar de forma distinta. Aún hay tiempo para ello.
*** Ignacio Blasco es profesor de Afi Global Education.