Blue Owl
En este contexto de mercado de aparente normalidad, una disonancia empieza a hacerse audible en uno de los rincones más dinámicos del sistema financiero. El mercado global de crédito privado se enfrenta a una pregunta incómoda: qué ocurre cuando el crecimiento, la iliquidez y el riesgo empiezan a alinearse al mismo tiempo.
La reciente decisión de Blue Owl de suspender los reembolsos en uno de sus fondos no responde a un problema inmediato de solvencia. Es algo más revelador. No es una crisis, pero sí una señal temprana de que ciertas estructuras, cómodas en la fase expansiva del ciclo, empiezan a tensarse cuando cambian las condiciones.
Este ajuste coincide con un desplazamiento silencioso —y más inquietante— dentro de la propia industria. Según AIMA, el mercado mundial de crédito privado ha alcanzado los 3,5 billones de dólares en activos bajo gestión.
Grupos como KKR, Sixth Street o la propia Blue Owl, firmaron acuerdos para adquirir 136.000 millones de dólares en préstamos al consumo frente a apenas 10.000 millones el año previo, según estimaciones de KBW. No se trata de deuda corporativa tradicional, sino de tarjetas de crédito, préstamos personales y productos de pago diferido, en su mayoría sin garantía y sin recurso.
El cambio no es trivial. La deuda de consumo sin garantía es, por definición, más sensible al ciclo económico y menos predecible en escenarios de desaceleración.
El tamaño y la integración del crédito privado en las carteras explican por qué estas decisiones importan
Que el capital privado esté entrando con tanta fuerza en este segmento plantea preguntas incómodas sobre estándares de concentración de riesgo. Se podría afirmar que, mientras los estilos más tradicionales del mercado de deuda avanzan con cautela, el capital privado está acelerando.
El tamaño y la integración del crédito privado en las carteras explican por qué estas decisiones importan. Endowments universitarios y fondos de pensiones han elevado sus asignaciones a activos alternativos —crédito incluido— hasta el 10%–15% del total, huyendo de las emisiones de más calidad como la deuda de gobiernos. Lo que se ha dado por hecho es que esa rentabilidad podía convivir sin fricciones con liquidez periódica y con una expansión continua del crédito.
Lo que empieza a aflorar es una potencial crisis de expectativas. Un nerviosismo que ya se plasmó en retiradas de más de 7.000 millones de dólares de algunos de los mayores fondos de Wall Street en los últimos meses del año pasado, tras las quiebras de First Brands y Tricolor.
Cuando un gestor relevante reconoce que la liquidez tiene límites, el mercado empieza a mirar al resto del sector con otros ojos. No hace falta contagio técnico para que exista contagio financiero. Basta con que se cuestione la idea de que todos los activos pueden convertirse en efectivo cuando el inversor lo desea.
El contexto no ayuda a disipar esas dudas. Las valoraciones son exigentes, el endeudamiento es elevado y buena parte del crecimiento reciente descansa en la continuidad de condiciones financieras benignas.
En ese entorno, los ajustes rara vez empiezan en los mercados más visibles. Suelen hacerlo en los márgenes, en los productos más complejos y en las promesas que parecían seguras hasta que dejaron de serlo.
Nada de esto implica que el crédito privado esté condenado ni que estemos ante el estallido inmediato de una burbuja. Los ciclos no se rompen de golpe. Se desplazan. La suspensión de reembolsos y el giro hacia deuda de consumo sin garantía son síntomas de ese desplazamiento.
Para el inversor, la lectura es incómoda pero clara. La diversificación no consiste en acumular activos alternativos, sino en entender qué riesgo se está asumiendo, dónde se concentra y cuándo puede materializarse.
Cuando un mercado deja de prometer liquidez y empieza a asumir más riesgo crediticio, conviene escuchar. No porque el desenlace sea inmediato, sino porque el tono ha cambiado. Y en finanzas, casi siempre es ahí donde empieza todo.