Fotomontaje inspirado en xAI y Elon Musk
La gallina y el huevo. ¿Trump crea la ola o las redes crean a Trump? Falso dilema. Antes de Trump hubo un modelo de negocio capitalista construido sobre algoritmos que buscan el “engagement”, la implicación emocional permanente de la audiencia, para movilizarla y que compre bienes, servicios e ideas.
Un modelo en el que para triunfar hablando sobre cualquier tema, lo importante no es la calidad conceptual, sino calentar las redes, llevarlo al extremo, ponernos a mil. Los Trump aprovecharon este modelo y arrasaron.
Y ante la nueva realidad global, Europa está alelada observando y analizando técnicamente y en espiral un modelo de poder que no comprende. En casos como el de Trump, que no lee ni las notas de sus consejeros, cualquier estrategia basada sobre el análisis metódico no funciona. Su poder se construye de manera reactiva, y se basa en velocidad, puesta en escena y manejo de titulares.
No existe relación entre su potencia intelectual y su capacidad política. Le funciona ser inconsistente y sensacionalista. A lo que Europa responde con tratados, normas, diagnósticos técnicos que no cambian nada.
Como europeos, nuestra histórica potencia intelectual nos genera orgullo y hábitos. El poder por el poder no está en nuestro origen. Europa se construyó desde el aburrimiento.
Al salir de la Segunda Guerra Mundial, los pueblos europeos estaban exhaustos pero sin ninguna gana de unirse. Entonces, los padres fundadores entendieron algo fundamental: la paz no se construye desde la pasión, se construye desde el tedio. Carbón, acero, tratados kilométricos que tejieron una red de servicios legislados hasta crear un organismo vivo y operativo.
Pero este modelo solo funciona en entornos de cierta serenidad. Cuando el entorno es caótico, complejo, impredecible, los predadores políticos ejercen el poder, porque: ¿Qué mide mejor el grado de poder que la capacidad de imponer decisiones que racionalmente no tienen sentido?
Las decisiones racionales las puede tomar cualquiera. Las absurdas solo las implementan los poderosos, que se salen con la suya aprovechando la tensión continua.
Así que, mientras nos quedamos paralizados como tecnócratas ante la incertidumbre, los predadores prosperan. Y nos toca aceptar su victoria, porque no vivimos al margen de los algoritmos ni de la influencia política que se nutre de reacciones viscerales.
Nuestra parálisis como europeos es inaceptable. No podemos seguir así. Europa necesita incorporar una nueva dimensión sin abandonar su naturaleza. Empezando por trabajar a nuestro favor con los símbolos que resuenan visceralmente y están ausentes del relato europeo.
El punto de partida es bajo. La iconografía de la Comunidad Europea es casposa, insulsa. De hecho, ni siquiera los billetes de euro contienen símbolos. Solo arcos y puentes que no existen y no significan nada. Ésta es la Europa que no sabe hablar al instinto.
Para salir del atolladero, además, necesitamos incorporar la puesta en escena, aceptar que no podemos influir sin un contenido audiovisual que realce el modelo europeo, y hacerlo con todo el entusiasmo que requieren las redes, hilando el relato de la razón hasta la víscera.
No actuar es irresponsable: hibridar contenido reflexivo y estímulos no es contradictorio, y es eficaz, aunque nos resulte incómodo.
De hecho, este modelo no se acota a la política. El mundo empresarial replica la misma dinámica. José Elías, presidente de Audax Renovables, construye su poder desde una contradicción perfectamente ejecutada.
En Twitter se presenta como el self-made man humilde que ha llegado a la ruina dos veces y levantó 180 empresas. Publica reflexiones sobre horas extras, formación de empleados, lealtad laboral. El tono es cercano, paternalista, inspirador. Sus seguidores lo defienden con fervor.
Las decisiones son otras. Audax Renovables despidió a cientos de trabajadores mientras Elías celebraba en redes su compromiso con el empleo. La narrativa es suave, empática, construida para el algoritmo.
Las decisiones son brutales, implacables, optimizadas para el mercado. Esto es el soft kill: un lenguaje amable cuando conviene que enmascara una ejecución despiadada. El mensaje genera engagement a través del sueño compartido, la decisión genera beneficio.
Elon Musk llevó esta dinámica al extremo. Despidiendo a 11.000 personas por email un viernes. Las acciones de Twitter subieron. El mercado aplaudió al predador que llama "esclavitud" al trabajo desde casa mientras celebra la "hardcore culture". No es incoherencia, es irreflexión calculada.
Hay que cambiar el paso para recuperar control sobre nuestra marcha. Porque aunque llevamos década y media predicando la hegemonía de los soft skills y del trabajo colaborativo, el entorno actual es complejo, incluso caótico.
Y cuando la incertidumbre aprieta, buscamos a líderes políticos y a CEOs que generen seguridad de manera reactiva, que decidan rápido y que toquen la víscera.
Para sobrevivir necesitamos saber actuar como predadores en su versión soft. Pasar de los soft skills al soft kill. Hibridar poder racional y visceral. O ser devorados.
Ha llegado el momento de usar el espectáculo a nuestro favor, no conformarnos con analizarlo.