El primer año de Trump ha sido muy disruptivo y se ha caracterizado sobre todo por el aumento de la incertidumbre. Con la guerra comercial y sus continuos y erráticos anuncios arancelarios sobre distintos sectores y países provocó meses de caos en los mercados financieros.

Se adelantaron importaciones desde Estados Unidos, lo que provocó una distorsión de los datos que todavía hace difícil su valoración. El cierre gubernamental de octubre y noviembre por el bloqueo entre republicanos y demócratas provocó un apagón informativo adicional.

Por otra parte, en su política exterior se ha mostrado más agresivo que en su anterior mandato, como ha demostrado con la extracción de Maduro o sus declaraciones sobre la anexión de Groenlandia e incluso Canadá. Su cuestionamiento del orden internacional y la intervención en Venezuela parecen confirmar que se han roto las reglas vigentes durante las últimas décadas, algo que ya había anunciado la invasión rusa de Ucrania, y esto puede generar escenarios inesperados.

En cuanto a la política fiscal, su carácter expansivo agrava los problemas del déficit y la deuda del sector público, lo que supone una amenaza para la estabilidad financiera a medio y largo plazo. 

El impacto sobre la economía europea ha sido más limitado de lo que cabía esperar. De hecho, el crecimiento de la Zona Euro rondó el potencial en 2025 y superó el de los dos años anteriores. Dada la distorsión temporal en las exportaciones a Estados Unidos (se produjo un adelanto de ventas en el primer trimestre y una caída posterior) todavía es difícil valorar el impacto del incremento arancelario, pero no parece que vaya a ser dramático en términos agregados. 

La beligerante y volátil política exterior de Donald Trump está provocando un incremento del gasto en defensa europeo que parece haber llegado para quedarse 

Las exportaciones de la Unión Europea a Estados Unidos llegaron a crecer un 59% interanual en marzo, pero cayeron con fuerza otros meses (-22% en agosto o -15% en octubre). Si tomamos los datos de enero a octubre, las exportaciones de la Unión Europea a Estados Unidos crecieron un 7% a pesar de los aranceles y de la apreciación del euro.

Por sectores, destacaba el aumento de productos químicos y farmacéuticos (31% respecto a los mismos meses de 2024).

En sentido contrario, cayeron las ventas de maquinaria y equipo de transporte (-5%) y, ligeramente, de alimentación (-0,3%) y otras manufacturas (-0,3%), si bien, en ambos casos se mantenían más de un 25% por encima del promedio de los diez años anteriores. De esta forma, el impacto parece limitado más allá de empresas y sectores puntuales, y además es difícil diferenciar la influencia de los aranceles de la que hayan podido tener otros factores como la apreciación del euro, los ciclos de producto, la evolución de las cosechas, etcétera. 

Tampoco se dieron los efectos inflacionistas previstos, ya que la apreciación del euro y el abaratamiento del petróleo actuaron en sentido contrario, moderando el crecimiento de los precios. El euro partía de una clara infravaloración respecto al dólar cuando llegó Trump a la Casa Blanca y, en contra de lo que se preveía con su política arancelaria, se ha apreciado de forma considerable, desde poco más de un dólar por euro hasta más de 1,15. En estos niveles todavía hay margen de apreciación para el euro si atendemos a medidas de equilibrio basadas en la paridad del poder adquisitivo.

Además, la arriesgada política fiscal estadounidense podría provocar episodios más intensos de caída del dólar. La apreciación del euro perjudica a los exportadores, pero también abarata las compras, en particular de materias primas denominadas en dólares como el petróleo. 

Por otro lado, la beligerante y volátil política exterior de Donald Trump está provocando un incremento del gasto en defensa europeo que parece haber llegado para quedarse después de décadas en niveles muy modestos. El cambio de actitud más llamativo ha sido el de Alemania, uno de los países más reacios en el pasado y que ha modificado su constitución para excluir el gasto en defensa que supere el 1% del PIB de su cálculo del freno de deuda.

Desde un punto de vista económico queda por ver la productividad de este gasto en defensa, que parte de ineficiencias como la fragmentación de las compras, la falta de coordinación europea (que conlleva duplicación de inversiones y una baja interoperabilidad entre ejércitos) o la dependencia de proveedores externos por la escasa capacidad industrial propia.

Es necesario superar estos obstáculos e incrementar las inversiones en investigación y desarrollo para que la industria de defensa continental genere externalidades positivas y consiga una autonomía que permita defender los intereses y los valores europeos en un entorno geopolítico cada vez más hostil.

En cuanto a la política fiscal, Trump, lejos de corregir los excesos de los últimos años, sobre todo durante la crisis financiera y la pandemia, aprobó una nueva expansión dentro del One Big Beautiful Bill Act. De esta forma, el déficit público va a continuar en torno al 7,5% del PIB que ha promediado en los últimos 20 años (recordemos que en la Unión Europea se aplica el protocolo de déficit excesivo a partir del 3%), llevando a la deuda pública a superar el 140% del PIB al final de la década según las previsiones del FMI (por encima de Grecia e Italia).

Este desequilibrio, unido a las necesidades de financiación exterior de Estados Unidos por el elevado déficit corriente (en torno al 4% del PIB, es decir, 1,2 billones de dólares anuales), eleva el riesgo de inestabilidad en los mercados financieros. 

En definitiva, el impacto real del primer año de mandato de Donald Trump sobre la economía europea a nivel agregado ha sido bastante reducido, desde luego, mucho menor que su impacto mediático. No obstante, puede haber sentado la base de cambios de mayor calado a medio y largo plazo, sobre todo derivados de la necesidad de respuesta ante el aumento de la incertidumbre económica y política y de los riesgos para la estabilidad financiera mundial.

Europa debería responder con una política más cohesionada y aplicando soluciones a los problemas que ya se diagnosticaron en los informes Letta y Draghi. ¿Estaremos a la altura de este desafío?

***Santiago Martínez Morando es jefe de Análisis Económico y Financiero de Ibercaja.