El pasado 2 de febrero, la filósofa y novelista estadounidense de origen ruso, Ayn Rand, habría cumplido 121 años. Tanto en sus ensayos como en sus novelas, proponía una visión del capitalismo que no se ha tenido muy en cuenta. Atrapada por la excentricidad del personaje, la mayoría de la gente deja a un lado el mensaje sustancial y se queda con lo anecdótico.

La más famosa de sus obras es La Rebelión del Atlas, que gira en torno a una sociedad en la que, liderados por el ejemplo de John Galt, ingeniero, inventor y filósofo, los emprendedores desaparecen, asqueados por una sociedad cobarde sometida al mandato de un gobierno y unas élites depredadoras.

Una de las frases más famosas, que en nuestros días ha generado todo un despliegue de merchandising, es “¿Quién es John Galt?”

Esta pregunta no era retórica ni un eslogan ingenioso. En La rebelión de Atlas, era una advertencia. John Galt no representaba al rico caprichoso ni al especulador sin escrúpulos, sino al creador de riqueza que decide retirarse cuando la sociedad deja de reconocer la legitimidad moral de su actividad.

Recordemos que era ingeniero, capaz de percibir los fallos del sistema más allá de una subida de impuestos. Y ese es el verdadero mensaje randiano: el capitalismo es un sistema económico moral, y esa es la razón principal por la que hay que defenderlo.

El beneficio no es el objetivo último, sino la señal de que alguien ha creado valor sin obligar a nadie.

Ese matiz es crucial y suele perderse hoy. Defender el capitalismo no es defender “hacer dinero por hacer dinero”. Es defender una moral que valida la libertad que requiere el acto de crear, de imaginar algo que no existía, de asumir riesgos y de responsabilizarse del resultado. Cuando esa moral desaparece, el sistema puede seguir funcionando durante un tiempo, pero queda vacío de sentido.

La cortadura de John Galt no era una fantasía de evasión o una apología del egoísmo antisocial. Era un retiro moral, no económico.

Galt no ve otra solución que escapar de un sistema podrido. Los creadores que le siguieron no lo hicieron porque quisieran más dinero, sino porque se negaban a seguir sosteniendo un sistema que los trataba como sospechosos permanentes, culpables por defecto o instrumentos al servicio de un supuesto “bien común” indefinido.

La huelga de los creadores que describe Rand no es una rebelión violenta ni un boicot explícito. Es algo mucho más silencioso: la retirada del compromiso. Una retirada espontánea, liderada por el ejemplo de uno de ellos, el más respetado.

Dejar de innovar, de arriesgar, de empujar, de asumir responsabilidades que ya no van acompañadas de reconocimiento moral, sea por la corrupción de las élites, sea por la cobardía de la sociedad.

El núcleo de la defensa randiana, y este es el punto que no hemos entendido en el siglo XXI, es que el capitalismo no se sostiene solo con incentivos, sino con una determinada antropología.

Presupone un individuo racional, responsable y creador. Cuando se acepta el mercado, pero se rechaza esa visión del individuo, el sistema queda desarmado frente a discursos que lo parasitan desde dentro.

Por eso Rand insistía tanto en que el verdadero enemigo del capitalismo no era la pobreza, sino la culpa asociada al éxito.

El momento en que crear riqueza deja de verse como una contribución legítima y pasa a considerarse algo que no solamente debe justificarse, compensarse o redimirse, debe castigarse. A partir de ahí, el creador es tolerado, pero no respetado. Y el empresario de éxito es culpable.

La pregunta que me surge es qué condiciones empujan a alguien a buscar un refugio para los John Galt de nuestros días.

Tal vez, hoy no necesitaría esconderse en un valle inaccesible. Podría vivir dentro del sistema, pero al margen de él, marchándose a entornos donde el éxito no requiera pedir perdón.

No solo por una cuestión fiscal sino también por el clima moral. Y lo terrible es que, en ambos aspectos, nuestra sociedad ha tirado la toalla.

Nadie en España va a decir en alto que se persigue formalmente a los creadores de riqueza, pero lo cierto es que se los somete a una erosión constante.

Crear está permitido, pero no plenamente legitimado. El éxito es aceptable siempre que no destaque demasiado, siempre que se diluya en el relato del “bien común” definido por los mismos que dilapidan el dinero ajeno.

La política fiscal, regulatoria y el discurso público transmiten que la riqueza es algo que hay que vigilar, corregir o redistribuir antes incluso de reconocer su origen. Se exige responsabilidad al individuo, pero se le niega el reconocimiento de su autoría.

Pero, quizá lo más inquietante no es la acción del Estado, sino la reacción social. El creador no genera admiración, sino recelo. El empresario que arriesga no es visto como alguien que aporta, sino como alguien que debe algo.

La excelencia se tolera, pero incomoda y, más o menos en privado, se utiliza para atacar. En ese contexto, la “fuga” de John Galt es muy comprensible.

La advertencia de Ayn Rand sigue intacta. Una sociedad que deslegitima moralmente a quienes crean valor acaba perdiéndolos, no por rebelión, sino por agotamiento.

Hoy podríamos preguntarnos qué estamos haciendo con los creadores de riqueza. La respuesta explica perfectamente por qué, el capitalismo que disfrutamos es, sobre todo, un capitalismo hastiado.