Imagen de archivo de aerogeneradores frente a una central eléctrica de carbón. iStock
La transición energética es un camino que debemos impulsar juntos. El desarrollo de las moléculas verdes —hidrógeno renovable, sus derivados y biocombustibles de segunda generación (2G)—, y la química y la movilidad sostenibles, constituyen palancas necesarias para la transformación del tejido económico e industrial.
Para poder aprovechar estas palancas al máximo, Europa y España se han consolidado como entornos donde las grandes compañías son el motor del cambio, gracias a la innovación abierta y la colaboración. Un escenario que además está evolucionando, desde una etapa centrada en proyectos aislados hacia otra en la que el propósito, el impacto real y la apertura a nuevas tecnologías serán determinantes.
En 2026, las tendencias en innovación seguirán avanzando hacia la descarbonización, el aumento de la eficiencia y el impulso de la economía circular. Pero es necesario ampliar el foco. No bastará con reducir las emisiones de CO₂, necesitaremos generar impacto positivo y tangible en la sociedad.
Para ello, estamos en un momento clave, desplegando infraestructuras, plantas industriales, nuevos modelos energéticos y de movilidad y desarrollando herramientas de digitalización y tecnología, como la inteligencia artificial (IA) y la computación cuántica.
En este gran momento de cambio, uno de los retos clave es aplicar y escalar proyectos de innovación y tecnologías vinculadas a la transición energética, para lo que es indispensable el trabajo en equipo entre distintos actores. Esto requiere colaboración público–privada, para crear alianzas entre socios que se conviertan en estratégicas: entre Administraciones Públicas, compañías de distintos sectores, universidades, centros tecnológicos, startups, etc.
A través de la innovación abierta, debemos apostar por el desarrollo de tecnologías clean tech, deep science y deep tech, surgidas de entornos tecnológicos y científicos, que son esenciales para que Europa alcance una autonomía estratégica y sostenible, y aporte soluciones disruptivas en el ámbito industrial que alcancen al mercado global.
En el sector energético, la innovación alcanza sus mejores resultados cuando va de la mano de la colaboración. Un caso de éxito que señala la Fundación Cotec, cuya misión es promover la innovación como motor de desarrollo, es Australia.
El país oceánico ha desarrollado una Estrategia Nacional para el Hidrógeno Verde que abarca toda la cadena de valor, con la innovación como protagonista, junto a una política fiscal y una regulación específicas y el impulso de proyectos cofinanciados, como los centros regionales dedicados a este vector energético. Como resultado, en la actualidad Australia se sitúa entre los países con los costes de producción de hidrógeno renovable más competitivos del mundo.
En definitiva, en el corazón de los retos que afrontaremos este año, la colaboración y la innovación abierta se posicionan como elementos esenciales para impulsar el ritmo de la transición energética. Desde las compañías, tenemos la obligación y la responsabilidad de ejercer como motores de conocimiento, catalizadores de talento y garantes de una transición energética justa y sostenible, sin dejar a nadie atrás.
Esto implica innovar con datos y con un propósito hacia resultados tangibles, por medio de la tecnología y la ética, con visión de futuro. Porque para conseguir un futuro mejor para todos no solo contarán los hitos individuales de cada uno, sino nuestra capacidad de construir juntos un planeta mejor para las generaciones del futuro.
*** Belén Linares es directora de Innovación en Moeve