Bandera de Venezuela
La reciente intervención de los Estados Unidos en Venezuela, que culminó en la captura de Nicolás Maduro, no buscaba ni la recuperación de la democracia, ni el restablecimiento de los derechos humanos. El objetivo, como el propio presidente Donald Trump ha reiterado en varias ocasiones es económico y, probablemente, financiero.
Quiere revertir la situación mediante el desembarco de las principales petroleras norteamericanas en Venezuela, para que rentabilicen las inversiones que realizaron antes de que Hugo Chávez nacionalizara la industria y las expulsara, recuperando así los más de 3 millones de barriles diarios de petróleo que se producían en 1998.
Estados Unidos pretende el control directo de la mayor reserva cruda del petróleo, y al propio tiempo, que dicho petróleo no vaya a parar, como viene ocurriendo en los últimos años, a China. Una vez más, detrás subyace la guerra comercial y económica entre las dos principales potencias, que se disputan la hegemonía económica-financiera global.
China es sentida como una amenaza por su creciente presencia en Latinoamérica. De facto, su capacidad tecnológica y financiera se ofrecen como alternativa a las indisimuladas e históricas pretensiones coloniales de Estados Unidos
Según el Energy Institute, Venezuela posee 41,4 mil millones de toneladas de reservas de petróleo (casi el 20% de las reservas mundiales). Sin embargo, a pesar de esas reservas, la economía venezolana tiene problemas serios en relación con la producción de petróleo: su producción tan sólo representa el 1% del total mundial, por falta de inversión, lastrada por la inseguridad jurídica.
El mercado del crudo es excedentario, y al funcionar como un oligopolio puede mantener los precios donde más interese a los productores
También se necesita un gran esfuerzo tecnológico, ya que el tipo de petróleo de Venezuela es más pesado y costoso para extraer y refinar. Se estima que hace falta invertir cerca de 110.000 millones de dólares anuales para recuperar los niveles de producción de oro negro en Venezuela del año 2000.
Una vez que Donald Trump se ha autoproclamado “petrolero en jefe”, está instando a las principales compañías petroleras, fundamentalmente norteamericanas, a participar en el esfuerzo de inversión. Repsol ha manifestado su intención de incrementar su presencia en Venezuela en los próximos años para triplicar su producción de crudo en el país en los próximos años (esto es, pasar de la producción actual de 45.000 barriles de petróleo al día a algo más de 120.000).
Al propio tiempo, el presidente norteamericano ha firmado una orden ejecutiva destinada a proteger los ingresos provenientes de la venta de petróleo venezolano que se encuentran en cuentas del Tesoro de los Estados Unidos, garantizando las compensaciones que entrañen los embargos o procesos judiciales de cualquier país.
Por el momento el impacto en el precio del petróleo es casi nulo: dada la reducida relevancia económica de Venezuela en el comercio internacional del petróleo, los futuros de los precios del petróleo no han experimentado movimientos relevantes durante estos días.
Además, el mercado del crudo es excedentario, y al funcionar como un oligopolio puede mantener los precios donde más interese a los productores.
Estados Unidos quiere acabar con la desdolarización del comercio del petróleo en un mundo con múltiples divisas internacionales y con una erosión gradual de la hegemonía del dólar a lo largo del tiempo
En todo caso, la reactivación del bombeo en el país caribeño será muy lenta, contribuyendo a explicar la atonía de los precios. Pasar de una producción de 200.000 barriles diarios de petróleo en Venezuela a 3.000.000 no va a ser de forma inmediata. Requiere grandes inversiones, y algunas multinacionales exigen seguridad jurídica para comprometer recursos.
Existen además implicaciones de carácter financiero y monetario. Desde 2018, Venezuela vende su petróleo en moneda diferente al dólar, principalmente en divisa china, y en menor medida en euros y en rublos. Pero los acuerdos alcanzados entre Estados Unidos y Arabia Saudí, a raíz de la crisis energética de 1973, exigían que las remesas de petróleo que eran adquiridas debían ser sufragadas en dólares, y no en monedas nacionales. Arabia vende el petróleo exclusivamente en dólares e invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos, mientras este país le garantiza seguridad militar y apoyo político.
Son los llamados petrodólares. Sin respaldo metálico alguno, y tras el abandono del patrón oro –y del sistema de Bretton Woods, que suponía la relación del dólar con el oro–, Estados Unidos ha tenido entonces la capacidad de imprimir dólares de manera masiva para pagar el petróleo que las naciones necesitaban. Al mismo tiempo, Estados Unidos puede financiar sus déficits con la emisión de deuda pública que adquieren otros países.
En cierta medida, la economía de EEUU ha disfrutado de un apoyo excepcional de la geopolítica. Y Trump quiere consolidar esa posición envidiable, colmatando las grietas que han aparecido con el ascenso de China.
Claramente, Estados Unidos quiere acabar con la desdolarización del comercio del petróleo en un mundo con múltiples divisas internacionales y con una erosión gradual de la hegemonía del dólar a lo largo del tiempo. Porque el debilitamiento de la moneda norteamericana puede redundar en mayores dificultades para financiarse.
Si bien, por el momento, más del 80% de las transacciones del petróleo se realizan en dólares, y parece lejano pensar en la sustitución del dólar, de manera generalizada y a corto y medio plazo, por otras monedas.
La economía española, por el momento, va sorteando los riesgos del contexto internacional, cono son los de la guerra arancelaria y las intervenciones militares de la Administración Trump. El comercio con EEUU no supera el 1% de nuestro PIB.
Nuestros intercambios son principalmente con la UE y arrojan un superávit superior al 5% del PIB, frente al 3,2% antes de la pandemia —fundamentalmente por el tirón de los servicios no turísticos—. Ese mercado europeo con 450 millones de consumidores ofrece un margen de maniobra a nuestra economía.
El presidente norteamericano tiene ahora en mente otros objetivos como Groenlandia, así como su entendimiento con Rusia respecto a Ucrania o las recientes condiciones económicas que ha impuesto a sus socios en la OTAN. Ante esta situación, el débil sistema de defensa europeo representa un riesgo para la economía europea y española.
En definitiva, se ha abierto una etapa en la que se confirma la ruptura de las reglas que hasta ahora regían las relaciones internacionales, lo que puede desestabilizar a la economía mundial y a las economías más avanzadas.
El contexto internacional seguirá siendo muy incierto y cabe anticipar una aportación ligeramente negativa del sector exterior al crecimiento de la economía española en 2026. La geopolítica y la política de defensa son los factores limitativos que van a condicionar la evolución de nuestra economía.