Edificio de la Reserva Federal de Estados Unidos
Los principales índices bursátiles encadenan varias jornadas de debilidad, penalizados por la incertidumbre geopolítica y por unos resultados empresariales que, en algunos sectores clave, no han cumplido las expectativas. Sin embargo, una lectura más detallada del mercado revela una realidad muy distinta a la que sugieren los titulares.
En sesiones recientes, más de 300 compañías del S&P 500 cerraron en positivo mientras el índice terminaba en rojo. La explicación es sencilla: el enorme peso de un reducido grupo de grandes tecnológicas distorsiona el comportamiento del índice. Un efecto que ha impulsado a los mercados en los últimos años, pero que ahora empieza a convertirse en un lastre.
Este desequilibrio explica por qué, para aprovechar el entorno actual —en el que sectores como energía, banca, industria o consumo pueden beneficiarse de estímulos fiscales, monetarios y la productividad asociada a la inteligencia artificial— resulta clave reducir la concentración en las grandes tecnológicas y ampliar la diversificación hacia otras áreas del mercado.
Mercados emergentes, metales y activos alternativos como las criptomonedas aparecen, en este contexto, como ideas de inversión cada vez más relevantes.
Porque precisamente estos dos últimos activos son los que han iniciado el año a la carrera. Los ataques de Trump sobre Powell no acelera el crecimiento ni abarata el crédito. Introduce una prima de riesgo institucional que Estados Unidos no necesitaba. Si la independencia del banco central se convierte en una variable política más, el coste no lo pagará Powell, sino la economía estadounidense.
La Fed —como el resto de los bancos centrales— nació para vigilar y corregir la irresponsabilidad económica y fiscal. Politizarla acerca a Estados Unidos a dinámicas propias de países emergentes y lo aleja de lo que Wall Street ha sido durante el último siglo: el epicentro financiero global.
El riesgo no está en la decisión puntual de la Fed hoy, sino en erosionar la credibilidad que hace que la política monetaria funcione, y eso penaliza la confianza en el dólar, permitiendo que otros activos ganen un mayor protagonismo como está siendo el caso del oro o la plata.
Pero a pesar de esas subidas creo que no estamos sólo ante un superciclo de materias primas. Es algo más amplio y más profundo.
El superciclo de todo
Cuando se habla de superciclos, tradicionalmente se piensa en materias primas impulsadas por la demanda estructural de una gran economía emergente o por restricciones prolongadas de oferta. El momento actual es distinto. Lo que estamos observando es que múltiples clases de activos se están revalorizando de forma simultánea, pero no por la misma razón.
La clave no está en la oferta o la demanda de un activo concreto, sino en el contexto de políticas económicas que domina gran parte del mundo desarrollado y emergente.
Si observamos las veinte mayores economías del planeta, al menos la mitad siguen un patrón muy similar:
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Inflación en o por encima de los objetivos oficiales.
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Crecimiento económico que, pese a las tensiones, sigue siendo razonablemente sólido.
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Déficits fiscales persistentes y en aumento.
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Bancos centrales reticentes a endurecer la política monetaria, e incluso dispuestos a recortar tipos.
Esta combinación de política fiscal expansiva y política monetaria complaciente crea un entorno en el que los inversores buscan algo más que rentabilidad: buscan protección.
En este contexto, los flujos de capital no responden únicamente a fundamentales tradicionales. Responden a la necesidad de encontrar activos que actúen como válvula de escape frente a decisiones políticas que erosionan el poder adquisitivo y distorsionan el precio del dinero.
Por eso funcionan al mismo tiempo el oro, ciertas materias primas, los mercados emergentes, activos reales y, las criptomonedas. No porque sean iguales, sino porque cumplen una función similar: ofrecer alternativas cuando la confianza en la política económica se debilita.
El mercado no protesta con declaraciones, pancartas ni con discursos. Protesta de la única forma que sabe hacerlo: reasignando capital. Quien no entienda ese movimiento corre el riesgo de quedarse al margen del nuevo ciclo.
***Manuel Pinto es analista de XTB