Cena familiar

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Opinión La máquina invisible

2026: el año que mató los buenos propósitos

María Millán
Publicada

Mientras Burger King Bélgica lanzaba en enero su campaña "Arruina tus propósitos de año nuevo", algo inédito sucedía: el ritual de los buenos propósitos para el nuevo año —ese momento en que medios, marcas e influencers nos inundaban de consejos para mejorar— se apagaba discretamente. No con estrépito, sino con un silencio incómodo que delata algo más profundo que simple cansancio publicitario.

Basta mirar alrededor. En nuestro entorno inmediato, pocas personas hablan ya con ilusión de "año nuevo, vida nueva". La expresión suena pasada de moda, casi ridícula. Esta Navidad no tuvo ese burbujeo de antes; los rituales resultaban más mecánicos, más aburridos.

Durante estas últimas semanas, en las redes sociales, lo que más siguió funcionando fueron las rutinas disciplinadas del yo: para optimizar cada minuto personal, cada encuentro festivo, cada relato de experiencia. Ser optimista se ha vuelto un optimismo de fachada: elegante en apariencia, vacío por dentro. Como si intercambiáramos las palabras y las imágenes correctas sin sentir nada.

La verdad es que todo esto nos pasa porque estamos agotados. Según el Consejo General de la Psicología de España, el 72% de la población reportó estrés o ansiedad en 2024. Y aquí conviene precisar: nuestras emociones —esas reacciones inmediatas e intensas— están a media máquina.

Cuando las emociones flojean, los sentimientos —tan evocados en estas recientes fiestas— también se debilitan. Porque los sentimientos no son lo mismo: son estados más profundos, que necesitan tiempo y atención para cultivarse. Y hemos perdido en ambos.

Hemos perdido esa capacidad infantil de desear algo mejor, incluso imposible, como si realmente estuviera a punto de ocurrir

Lo que nos pasa tiene nombre: crisis de resonancia. Vivimos tan acelerados que hemos perdido la capacidad de prestar atención sostenida a nada. Sin atención, no hay conexión emocional. Sin conexión emocional, no hay resonancia. Sin resonancia, no hay plenitud. Por eso celebramos la Navidad como distraídos, viajamos pendientes de la pantalla, hacemos rituales sin habitarlos.

Y, paradójicamente, cuando más conscientes somos de la dificultad real de la vida — incertidumbre y amenazas constantes, vivienda inaccesible, precariedad laboral, desafíos personales— más necesitamos esa conexión emocional significativa. Interna, genuina. No poses exteriores para Instagram.

En este contexto, resulta incluso más molesto habernos autosaboteado en ese deseo que solíamos confiar a la estrella fugaz. Esas cosas en las que pensabas el 31 de diciembre tras tomar las uvas: conseguir ese ascenso, encontrar vivienda, hacer el viaje que siempre aplazas, tener un hijo, reconciliarte con tu hermano. Deseos pequeños, profundamente tuyos, que te permites desde la infancia.

Aquí está el problema: hemos perdido esa capacidad infantil de desear algo mejor, incluso imposible, como si realmente estuviera a punto de ocurrir. Esa que nos permite soñar sin límites, imaginar futuros posibles.

Sin olvidar que, con los años, esos impulsos infantiles mutan y pasan a dar forma, como adultos, a nuestros proyectos vitales. Proyectos fundados en un deseo optimista y dirigido con inteligencia, proyectos que somos capaces de sostener a pesar de las dificultades, porque hemos aprendido a auto-ilusionarnos sin tapujos, contra viento y marea.

Y es que saber desear, soñar e ilusionarse de todo corazón es mucho más que pensamiento mágico; es educación sentimental, es aprender el arte de vivir en plenitud, y es clave para el progreso.

La buena noticia es que aún estamos a tiempo. Este año recién empieza.

Por eso aprovecho estas líneas para desear que 2026 sea el año en que recuperamos la valentía de desear con la fuerza cruda y optimista con la que lo hacíamos antes de digitalizarnos.