Ayer se cumplió un año desde que Donald Trump asumió su segundo mandato. Doce meses dan para un primer balance, aunque sea provisional. Sus partidarios destacan una economía que, por inercia, ha mantenido el pulso del empleo y una política exterior que proyecta fuerza y ruptura con las formas diplomáticas tradicionales.
Sus críticos señalan el uso de los aranceles como instrumento de presión, una diplomacia de humillación pública y una concepción abiertamente transaccional de las relaciones internacionales.
Ese estilo, con sus luces para unos y sombras para otros, ha producido una sucesión de gestos llamativos. El último ha sido el renovado interés por Groenlandia. Más allá de la anécdota, de los modales y del miedo que suscita la amenaza, el episodio es revelador: una obsesión por el territorio, el mapa y el control visible, y, probablemente, objetivos no explícitos que están por descubrir.
El problema es que, mientras Washington mira al Ártico, el verdadero punto de tensión no está en el mapa, sino en los balances. Y, si Estados Unidos quiere entender sus vulnerabilidades reales, debería dejar de mirar a Groenlandia y empezar a mirar a Japón.
Durante décadas, Japón ha desempeñado un papel crucial y, sorprendentemente, poco visible, en el equilibrio financiero global. A través de una política monetaria ultraexpansiva, con tipos cercanos a cero y un férreo control de la curva de rendimientos, el país se convirtió en la principal fuente de financiación barata del mundo. Especialmente mediante una estrategia ampliamente utilizada por fondos, bancos e inversores institucionales: el carry trade.
Los rendimientos de los bonos japoneses a muy largo plazo (30 y 40 años) han subido de forma significativa, acercándose al 4%
El mecanismo es simple. Se pide prestado en yenes a tipos muy bajos y se invierte en activos denominados en monedas con tipos más altos, especialmente dólares. Mientras el yen permanezca débil y los tipos japoneses sigan anclados, la operación es rentable y, sobre todo, estable.
El resultado ha sido una demanda estructural de deuda estadounidense financiada indirectamente desde Japón. No por decisión política explícita, sino por incentivos. De manera que Japón, sin querer, financiaba a Estados Unidos.
Pero ese equilibrio empieza a mostrar grietas. Los rendimientos de los bonos japoneses a muy largo plazo (30 y 40 años) han subido de forma significativa, acercándose al 4%. No se trata del tipo oficial del banco central, ni del coste inmediato al que se financian los agentes a corto plazo.
Es algo más importante, una señal de expectativas. Y ya sabemos que las expectativas y los incentivos son los pilares del comportamiento económico.
La lectura de esta grieta es que el mercado está diciendo que el dinero en yenes ya no será barato para siempre, que la inflación ha dejado de ser un fantasma y que el Banco de Japón no podrá sostener indefinidamente un sistema construido sobre tipos artificialmente bajos. Cuando sube el precio del dinero a largo plazo, sube el riesgo percibido de que el yen se aprecie o de que los tipos tengan que normalizarse. Y eso es letal para el carry trade.
El verdadero reto para Estados Unidos no es territorial, sino financiero
El carry trade no depende solo del diferencial de tipos, también depende de la estabilidad del tipo de cambio. Si el yen se aprecia, las pérdidas por divisa pueden borrar en semanas lo ganado durante años. Por eso, cuando cambian las expectativas, las posiciones se cierran rápido.
Cerrar un carry trade implica vender bonos estadounidenses y recomprar yenes para devolver la financiación. El efecto de esta operación es inmediato: caen los precios de los bonos del Tesoro americanos y suben sus rendimientos. Y no porque Estados Unidos haya empeorado de repente, sino porque pierde un comprador silencioso.
Y aquí es donde Japón debería dejar de ser un asunto exótico para convertirse en un objetivo al que prestar mucha atención desde Washington. Estados Unidos mantiene déficits elevados y persistentes, una deuda voluminosa y una necesidad constante de refinanciación. En ese contexto, cada décima adicional en los tipos largos importa.
Si la demanda estructural de bonos financiada desde Japón se reduce, el Tesoro estadounidense tendrá que ofrecer mayores rentabilidades para colocar su deuda. Eso encarece el servicio de intereses y tensiona aún más el presupuesto federal. Es una dinámica endógena: tipos más altos aumentan el déficit sin que se apruebe un solo dólar adicional de gasto.
Todo esto ocurre, además, en un momento político poco propicio para la disciplina fiscal. El segundo mandato de Trump no se caracteriza precisamente por la contención presupuestaria, y el margen político para ajustes impopulares es reducido.
Y no olvidemos que en noviembre de 2026 Estados Unidos vota todo el Congreso y un tercio del Senado, en unas elecciones que pueden castigar al presidente y que empujan al gasto antes que a la prudencia fiscal.
Europa no es inmune. Tras cerrar la operación y devolver la deuda en yenes, el capital liberado busca refugio. Parte de ese flujo puede ir al bund alemán, como principal activo refugio de la eurozona, pero Alemania no tiene capacidad para absorberlo todo.
Además, el continente arrastra sus propias tensiones fiscales y demográficas. Si Japón deja de actuar como estabilizador global, los tipos tenderán a subir en todas partes, aunque de forma desigual.
El debate sobre Groenlandia dice más del estilo que de la estrategia. El verdadero reto para Estados Unidos no es territorial, sino financiero. Durante años, una parte de su estabilidad presupuestaria descansó sobre el supuesto implícito de que siempre habría alguien dispuesto a financiar su deuda a bajo coste. Japón ha sido uno de esos “alguien”. Si ese pilar empieza a retirarse, no habrá mapa que lo compense.
Estados Unidos puede seguir mirando al Ártico. Pero si busca entender sus riesgos reales, haría bien en fijar la vista en Tokio. Porque cuando se acaba la deuda cómoda, la geopolítica deja de dibujarse en los mapas y empieza a escribirse en los balances.