En 2025, los océanos del planeta alcanzaron un nivel de calentamiento sin precedentes desde que se iniciaron las mediciones modernas, absorbiendo cantidades colosales de energía térmica, con un crecimiento continuo que no muestra señales de desaceleración. 

Más del 90% del exceso de calor producido por las emisiones de gases de efecto invernadero termina en el océano, es decir, que el océano no solo está caliente, sino que se ha convertido en el indicador más fiel del calentamiento global acelerado.

Científicos de múltiples equipos internacionales han documentado que el contenido de calor en los primeros dos mil metros de profundidad alcanzó nuevos récords en 2025, superando holgadamente el récord de 2024 y anulando los patrones climáticos conocidos hasta hace apenas una década. 

No es únicamente cuestión de termómetros: un océano más caliente significa una atmósfera más energética, más energía para alimentar tormentas, más vapor de agua disponible para generar lluvias torrenciales, más calor disponible para intensificar huracanes y tifones. El calentamiento del agua de mar está estrechamente ligado a la formación de ciclones tropicales o mediterráneos más intensos y devastadores, a patrones climáticos extremos que antes eran relativamente raros y ahora parecen casi rutinarios.

El propio océano, que regula el clima terrestre, está entrando en un estado más frágil: menor oxígeno disponible, mayor salinidad en ciertas regiones, acidificación creciente y estrés térmico sostenido para la vida marina. 

El calentamiento del océano no es una amenaza lejana o abstracta: es una realidad tangible que ya está reorganizando la geografía del clima global

Las consecuencias las sentimos en tierra firme. Desde sequías prolongadas y olas de calor históricas en el Hemisferio Norte hasta inundaciones sin precedentes en regiones tradicionalmente templadas. La física del agua caliente se traduce en eventos climáticos extremos que golpean comunidades enteras.

Las masas de agua más cálidas liberan más humedad, intensificando lluvias y desbordamientos fluviales. Las olas de calor marinas, prolongadas e históricas, están diezmando ecosistemas enteros, afectando arrecifes de coral que, ante temperaturas elevadas persistentes, sufren blanqueamiento masivo y pérdida de biodiversidad. 

Los datos de las últimas décadas son inequívocos: el calentamiento oceánico ha roto récords año tras año, y no por variaciones naturales cíclicas, sino por la acumulación secular de calor derivado de la actividad humana y de la quema de combustibles fósiles que la acompaña. Esta tendencia está cimentada en múltiples estudios científicos que muestran el aumento continuo de la temperatura en la superficie y a gran profundidad, incluso en años en que fenómenos como El Niño o La Niña podrían haber amortiguado temporalmente su impacto. 

Sin embargo, mientras estos datos científicos retumban en laboratorios y conferencias, la respuesta política de ciertas élites parece anclada en el negacionismo y la miopía ideológica. En Estados Unidos, la administración actual no solo ha desestimado los peligros del cambio climático, sino que ha tomado decisiones que agravan directamente la crisis: retirada de tratados internacionales clave sobre cambio climático, desmantelamiento de organismos científicos y promoción activa de combustibles fósiles como pilar de la política energética. 

Peor aún: esta agenda incluye iniciativas para expandir la extracción de petróleo en lugares como Venezuela, cuyas reservas de crudo son de las más densas y contaminantes del mundo. La explotación de crudo pesado no solo incrementa las emisiones de carbono, sino que también genera impactos ambientales locales devastadores, desde posibles derrames hasta la degradación de ecosistemas frágiles.

Las promesas de “revivir la industria petrolera” bajo la excusa de empleos o independencia energética no resisten el escrutinio cuando la evidencia científica muestra que el coste humano y ecológico de tal expansión será altísimo. 

Frente a este escenario, el discurso oficial se burla de la ciencia: que si el cambio climático es un “engaño”, que si las energías renovables son “demasiado caras”... cualquier intento de regulaciones ambientales es retratado como una afrenta a la prosperidad económica.

Tal retórica puede sonar convincente para ciertos electorados desinformados, pero choca frontalmente con el consenso científico más robusto que existe: limitar el calentamiento global exige reducciones drásticas de emisiones y una transición decidida hacia tecnologías limpias y renovables. 

La tragedia no es solo ambiental, sino epistemológica: en un momento en que los datos muestran con claridad que cada décima de grado importa y provoca huracanes más feroces, sequías más severas, inundaciones más extendidas y océanos que nunca han estado tan calientes, una administración poderosa decide ignorar las evidencias, retirar a su país de los esfuerzos multinacionales, y apostar por un regreso a un modelo energético del siglo XX. 

Mientras tanto, los fenómenos climáticos extremos ya se manifiestan con una frecuencia y una intensidad que desafían nuestra capacidad de adaptación. El calentamiento del océano no es una amenaza lejana o abstracta: es una realidad tangible que ya está reorganizando la geografía del clima global.

Negarlo no lo detiene: abrazar la transición energética no solo es un imperativo ecológico, sino una oportunidad para rediseñar economías, innovar en tecnologías limpias y proteger a las comunidades más vulnerables ante desastres que serán cada vez más comunes. 

La Historia juzgará con dureza a los que optaron por la indiferencia en estos tiempos críticos. Cada grado de calor adicional en el océano, cada huracán más devastador, cada temporada de lluvias desbocada es un testimonio de que la crisis climática continúa su avance implacable. La pregunta no es si cambia el clima, sino si cambia nuestra voluntad para enfrentarlo.   

***Enrique Dans es profesor de Innovación en IE University.