Fotomontaje del presidente de EEUU, Donald Trump, en un tablero de ajedrez con barriles de petróleo y al fondo la bandera de Venezuela.
Cada vez que Venezuela “se calienta”, en España ocurre algo previsible: el debate se acelera, las posiciones se fijan y se instala la sensación de que comprender el problema equivale a adoptar una postura.
El riesgo es que, mientras el ruido crece, el momento real de decisión (el que compromete capital, reputación y margen estratégico) pase inadvertido. Mientras tanto, los actores que realmente mueven tablero (y las firmas que los asesoran) operamos con una lógica distinta.
No discutimos qué desean que ocurra (wishful thinking), sino qué incentivos siguen vivos, qué mecanismos de coerción continúan funcionando y qué secuencia de decisiones convierte una aparente oportunidad en un pasivo irreversible.
En Venezuela, lo determinante no es el nombre que ocupa la presidencia, sino el control real de los mandos intermedios.
Esa diferencia, entre quien opina y quien decide, es la línea invisible que separa a los países que influyen de los países que comentan.
España tiene aquí un riesgo específico, profundamente cultural, por el que se confunde comprensión con posicionamiento. En entornos como el venezolano, “entender” no es tener una opinión, sino saber qué no hacer antes de que existan confirmaciones que casi nadie sabe leer a tiempo.
Por eso el análisis estructural se nutre de método y secuencia, no de inmediatez ni de impulsos narrativos. La opinión cumple otra función; la decisión exige otra disciplina.
Hay una razón por la que el análisis internacional de alto nivel converge, con lenguajes distintos, en una advertencia común: el día después no lo define el relato, lo define la arquitectura que permanece.
En Venezuela, lo determinante no es el nombre que ocupa la presidencia, sino el control real de los mandos intermedios, la disciplina dentro del aparato coercitivo, la continuidad de los circuitos económicos informales y la capacidad de imponer orden sin fracturarse.
España, sin embargo, tiende a mirar hacia arriba (liderazgos, anuncios, reconocimientos…) cuando lo que decide el rumbo está abajo: capilaridad de control, lealtades transaccionales, financiación opaca y gestión de actores armados y criminales que no aparecen en los comunicados oficiales.
Quien quiera leer la situación con rigor no debe observar la retórica, sino la fricción: ¿quién puede ejecutar una orden impopular sin que el sistema se rompa? Esa es la prueba que separa estabilización de ficción.
Esta prueba es incómoda porque no cabe ni en tertulias ni en titulares, pero sí determina si mañana habrá inversión, retorno de capital, seguridad jurídica o, por el contrario, un nuevo ciclo de promesas seguido de reversión.
Aquí es donde se hace visible la diferencia entre análisis y inteligencia aplicada: la inteligencia no pretende acertar el futuro con una frase brillante, sino evitar que el decisor se comprometa en el punto equivocado de la secuencia.
Mientras el debate público se organiza en torno a escenarios, los grandes actores internacionales ya están trabajando con secuencias, umbrales y puntos de no retorno.
En este tipo de entornos, el error más caro (y el que ya se empieza a cometer en gobiernos y empresas) no es tomar partido, sino actuar como si el escenario fuera lineal. Bajo este prisma, primero cambia la política, luego llega la estabilidad, después vuelven las garantías y finalmente el capital.
En la práctica, esa secuencia suele estar invertida, comenzando primero consolidando el control efectivo; después se crean incentivos creíbles; solo entonces aparecen garantías mínimas. Ya después y, si todo sale bien, llega la inversión.
Saltarse un escalón no genera una crisis inmediata, sino una factura diferida, que aparece meses después, cuando ya hay exposición reputacional, legal o financiera atrapada en decisiones prematuras.
Aquí España comete un error recurrente. Confunde prudencia con espera. Pero prudencia no es esperar. Prudencia es saber qué variable confirma que puedes moverte. Sin esa lectura, esperar no es prudencia: es mero azar.
El momento peligroso
He visto este patrón antes. El error nunca se comete en el pico de tensión, sino cuando todo empieza a parecer razonable. Si aceptamos que la experiencia internacional sirve de guía, el mayor error no se cometerá ahora, ni en el punto de máxima tensión. Se cometerá cuando empiece a parecer que todo se normaliza.
Ese momento suele llegar entre tres y seis meses después del gran giro político, cuando se anuncian reaperturas parciales, se reactivan contactos institucionales y comienza a hablarse de “ventanas de oportunidad”.
Es ahí donde, de forma sistemática, gobiernos y empresas confunden señales de distensión con señales de control, y fijan exposición sin retorno fácil.
El riesgo no será un colapso visible, sino algo más sofisticado y más peligroso en forma de inestabilidad gestionada, suficiente para operar, pero insuficiente para proteger activos a largo plazo. Ese es el tramo donde más valor se destruye, porque nadie cree estar asumiendo riesgo.
Entre quien opina y quien decide es la línea invisible que separa a los países que influyen de los países que comentan.
No hará falta una nueva crisis para saber si el escenario es real o solo funcional. Bastará con observar tres señales discretas:
- primero, cambios sin sustituciones claras en mandos intermedios de seguridad y justicia;
- segundo, aplicación selectiva (no general) de decisiones impopulares;
- y tercero, retrasos técnicos, no políticos, en la ejecución contractual.
Cuando estos patrones aparecen juntos, el sistema no está transitando: está ganando tiempo.
Por qué esto importa especialmente a España
España rara vez se equivoca por exceso de audacia. Se equivoca por exceso de confianza en el momento. Y en Venezuela, como en otros entornos complejos, el coste no lo pagará quien no opine, sino quien actúe creyendo que ya es seguro hacerlo.
La diferencia entre acertar y quedar atrapado no estará en la ideología ni en el diagnóstico general, sino en la lectura del momento operativo correcto. En Venezuela no ganará quien tenga razón primero, sino quien sepa esperar al único momento en el que actuar no sea irreversible.
Estos días habrá muchas voces. Habrá análisis brillantes, propaganda, ruido y posiciones previsibles.
La ventaja competitiva, la que importa a élites políticas y económicas, no es añadir una interpretación más, sino disponer de una lectura que ordene la incertidumbre, identifique errores de secuencia y permita decidir sin recrearse en titulares.
Eso no se improvisa. Se construye con método, con disciplina de indicadores y con experiencia en entornos donde lo “razonable” suele ser lo primero que se rompe.
Quien entienda esto no necesitará “acertar Venezuela”. Necesitará evitar decisiones que, cuando se revelan equivocadas, ya no tienen marcha atrás. Ese es el verdadero riesgo. Y también la verdadera diferencia entre comentar lo que ocurre y saber cuándo (y cómo) actuar.
*** José Parejo es CEO de Jose Parejo & Associates (JPA), firma boutique de inteligencia estratégica que proporciona análisis geopolítico y geoeconómico para la toma de decisiones institucionales.