Un buque de carga en el Golfo Pérsico, cerca del estrecho de Ormuz.

Un buque de carga en el Golfo Pérsico, cerca del estrecho de Ormuz. Reuters

Mercados

El conflicto en Oriente Próximo dispara el temor a una recesión global y relega a un segundo plano el miedo a la inflación

Los precios de los bonos suben con fuerza, mientras sus rentabilidades caen. Bancos y gestoras elevan la probabilidad de una crisis económica en EEUU.

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Las claves

La prolongación del conflicto en Oriente Próximo ha desplazado el foco de los mercados del temor a la inflación al riesgo de recesión global.

El encarecimiento del petróleo, con el barril de Brent en torno a los 115 dólares, amenaza el crecimiento de las principales economías.

Se ha producido una avalancha de compras de deuda pública, reflejando la búsqueda de refugio ante el aumento del riesgo económico.

Grandes entidades como Goldman Sachs y Pimco elevan la probabilidad de recesión en EE.UU., advirtiendo de un posible impacto global si la crisis energética se prolonga.

Hasta hace apenas unos días, la gran obsesión de los mercados financieros y de los bancos centrales de todo el mundo tenía un único nombre: inflación. Sin embargo, la prolongación de la guerra en Irán y la tensión en el mercado energético global han cambiado radicalmente el guion.

Hoy, el miedo a que los precios suban ha dejado paso al fantasma de una recesión, con Estados Unidos como posible epicentro del problema. El resto de la economía mundial observa con cautela cómo evoluciona la crisis energética.

El detonante de este brusco despertar es el petróleo. Con el barril de Brent moviéndose ya en el entorno de los 115 dólares, el impacto de la guerra ha dejado de verse sólo como un problema geopolítico para convertirse en una amenaza directa al crecimiento de las principales economías.

“El mercado se enfrenta a dos grandes incógnitas que se retroalimentan directamente: cuándo se reanudarán los flujos de petróleo en volúmenes significativos y a qué nivel de precios el petróleo pasará de estar asociado a la inflación a estar asociado a la recesión”, resumen en Rabobank.

Cuando el miedo al estancamiento económico se apodera de los inversores, estos suelen buscar refugio para su dinero. Y en el mundo financiero, el refugio por excelencia es la deuda pública, los bonos que emiten los Estados.

El refugio de la deuda

Hasta la semana pasada, sin embargo, las rentabilidades de esos bonos venían subiendo con fuerza, alimentadas por el temor a una nueva ola de inflación. En los últimos días, el movimiento se ha dado la vuelta y se ha producido una avalancha de compras de bonos soberanos a nivel mundial.

La lógica es sencilla. Cuando la demanda por comprar deuda pública se dispara, sus precios suben con fuerza y, en consecuencia, la rentabilidad que ofrecen (su interés) cae.

Es un movimiento típico de huida hacia la seguridad cuando el riesgo de frenazo económico va en aumento.

Este fenómeno se está sintiendo con fuerza en Europa. Los inversores han comenzado a apostar a que la debilidad de la economía obligará a frenar las subidas de tipos de interés, lo que ha provocado una caída en las rentabilidades de la deuda del Viejo Continente.

El bono alemán a 10 años, gran referencia en Europa, se mueve ya en torno al 3,1%, mientras que el español al mismo plazo ronda el 3,56%. El pasado viernes rozó el 3,7%.

Al otro lado del Atlántico, la sacudida es aún mayor. El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años de Estados Unidos ha caído hacia la zona del 4,4%, borrando en pocos días semanas de subidas impulsadas por el miedo a la inflación.

El termómetro a largo plazo

Para entender la magnitud del pesimismo que empieza a calar en Wall Street, resulta clave mirar al bono del Tesoro estadounidense a 30 años.

Este título de deuda es un termómetro de lo que los inversores esperan que ocurra con la economía y los tipos de interés a muy largo plazo, más allá del ruido del día a día.

En las últimas semanas, empujado por el temor a que la energía disparase la inflación sin control, el interés de este bono llegó a rozar de nuevo la cota del 5%, cerca de los máximos de 2023.

Pero la tendencia se ha dado la vuelta y su rentabilidad ha empezado a moderarse.

Los movimientos en este tramo de la deuda muestran que muchos inversores temen que, si los bancos centrales mantienen los tipos altos durante demasiado tiempo, terminen pasando factura a la economía.

En otras palabras, las grandes carteras de renta fija están apostando a que la medicina contra la inflación aumenta considerablemente el riesgo de una recesión futura.

Se encienden las alarmas

Aunque el temblor es global, el termómetro de Wall Street sigue marcando la gravedad de la situación. Los grandes bancos y gestoras han empezado a rehacer sus previsiones, y los cambios son significativos.

Goldman Sachs ha elevado al 30% el riesgo de que la mayor economía del mundo sufra una recesión en los próximos 12 meses, frente al 25% que estimaba a comienzos de marzo y el 20% que veía a principios de año.

Por su parte, la gestora Pimco calcula que la probabilidad de una recesión estadounidense ya supera con holgura un tercio, según sus últimos escenarios internos de mercado, y avisa de que el mercado de bonos todavía no está descontando del todo ese escenario.

En uno de sus últimos análisis, la firma advierte además de que el conflicto en Oriente Próximo supone “una grave crisis mundial del suministro energético”.

De prolongarse, advierte “probablemente provocará una situación de estanflación, impulsando la inflación al tiempo que lastrará el crecimiento”.

Si esta perturbación resulta ser de corta duración, sus previsiones de referencia siguen apuntando a un crecimiento mundial moderado, pero una crisis energética prolongada “plantearía retos más importantes y aumentaría los riesgos de una recesión mundial”.

Lo que tiende a empezar como un choque de inflación puede migrar rápidamente hacia un choque de crecimiento”, alerta Daniel Ivascyn, director de inversiones de Pimco.

La alarma se concentra en Estados Unidos, pero sus efectos van mucho más allá de sus fronteras. La mayor economía del planeta supone cerca de una cuarta parte del PIB mundial y marca buena parte de la demanda, las finanzas y los precios de referencia.

Cuando Estados Unidos se frena, el resto del mundo lo nota en menos exportaciones, menos inversión y más inestabilidad, de modo que el aumento de las probabilidades de recesión allí se traduce enseguida en miedo a un frenazo más amplio.

No todos los grandes inversores comparten, sin embargo, un escenario central de recesión.

En Franklin Templeton, recuerdan que el crecimiento de Estados Unidos “ha demostrado ser sorprendentemente resiliente” y sigue viendo como escenario más probable una desaceleración, no una contracción, apoyada en el ciclo de inversión ligado a la inteligencia artificial y en el estímulo fiscal.

En la misma firma admiten que el conflicto en Oriente Próximo ha reabierto un shock energético para la eurozona, pero subrayan que la situación “es sustancialmente distinta y menos severa que en 2022”, gracias a un sistema energético más diversificado y a un menor riesgo de escasez.

La pregunta que sobrevuela ahora Wall Street y Fráncfort ya no es sólo si la guerra seguirá alimentando la inflación, sino hasta qué punto puede castigar al crecimiento y cuánto margen real tienen los bancos centrales para manejar ese equilibrio.