Christine Lagarde, la presidenta del BCE. AFP
Lo más peligroso de las guerras no es el daño que provocan, sino la tentación de asumir que terminarán como siempre. Con los conflictos internacionales, los mercados han vivido siempre de esa inercia. Lo que empiezan a sugerir los precios de los activos es que esa convicción puede haber dejado de ser válida.
La guerra en Irán no es, por sí sola, un evento desconocido. Lo que sí resulta distinto es su transmisión económica. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz ha alterado el flujo mundial de petróleo y gas, generando el mayor shock energético desde los años setenta.
No se trata de una subida más del crudo, sino de una disrupción de oferta que obliga a pagar más y consumir menos al mismo tiempo. Esa combinación tiene una consecuencia directa en activos menos visibles como las bolsas.
El mercado de deuda empieza a comportarse de otra manera. En Reino Unido, hemos visto como el bono a diez años ha girado bruscamente hacia el 5%, niveles no vistos desde la crisis financiera.
En Estados Unidos y Europa sin que sus respectivos bancos centrales alumbraran el próximo paso, las tires de la deuda pública, desede su fusión de baremo que mide el grado de aversión al riesgo, también repuntan de forma coordinada reflejando un cambio en la percepción del riesgo inflacionario y, sobre todo, en las expectativas de política monetaria.
Hipotecas más caras, crédito más restrictivo, deuda pública más difícil de sostener
Donde el mercado descontaba bajadas de tipos, ahora empieza a contemplar que esos recortes pueden no llegar, o incluso que el siguiente movimiento sea al alza.
Porque lo que está en juego no es la dirección de los mercados financieros, sino la función que desempeña el precio del dinero. Durante años, la renta fija absorbía los shocks.
Al caer las rentabilidades, se relajaban las condiciones financieras y el sistema encontraba estabilidad. Hoy ocurre lo contrario. Suben las tires, se encarece la financiación y el ajuste se transmite de forma directa a la economía real. Hipotecas más caras, crédito más restrictivo, deuda pública más difícil de sostener.
Por eso la política monetaria no actúa de forma sincronizada con lo que subyace en la economía que, desde luego, ahora mismo no pasa por un endurecimiento monetario.
Un shock energético en un entorno de inflación persistente limita el margen de los bancos centrales. No pueden reaccionar como antes sin poner en riesgo su credibilidad.
Y si la credibilidad entra en conflicto con el crecimiento, la política monetaria deja de ser el estabilizador automático que el mercado daba por hecho.
Las señales ya están ahí y las hemos visto la semana pasada. En Reino Unido, el mercado descuenta ahora varias subidas de tipos en pleno deterioro del entorno económico. En Europa, el BCE advirtió del riesgo de efectos de segunda ronda en la inflación, dejando abierta la puerta a endurecer su postura.
Y en Estados Unidos, la deuda pública en otra escala refleja el mismo ajuste de expectativas. El patrón es común. La inflación vuelve a condicionar la respuesta.
Cuando eso ocurre, el mercado de bonos deja de proteger. Las bolsas pueden caer con rapidez y recuperarse con la misma velocidad. Es su naturaleza. Pero cuando el coste del dinero sube en un contexto de incertidumbre se limita la capacidad de respuesta de los propios Estados.