Dos personas ven carteles de vivienda en venta.

Dos personas ven carteles de vivienda en venta. Efe

Macroeconomía

La construcción impulsa el crecimiento de la economía pero no logra ocultar su talón de aquiles: la baja productividad

La economía española cerró 2025 con un crecimiento del 2,8%, el doble que la zona euro.

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Las claves

La economía española creció un 2,8% en 2025, impulsada principalmente por la construcción y el consumo de los hogares.

El sector de la construcción y la inversión en vivienda lideraron el crecimiento, aunque los expertos alertan de la baja productividad asociada a estas actividades.

Las importaciones crecieron más que las exportaciones, lo que afectó negativamente a la aportación del sector exterior al PIB.

El empleo aumentó, pero la productividad por trabajador cayó, lo que representa una debilidad estructural para el crecimiento a largo plazo.

La economía española cerró 2025 con un crecimiento del 2,8%, el doble que la zona euro, impulsada por la inversión —sobre todo en construcción y vivienda— y por el gasto de las familias.

Las cifras reflejan un gran dinamismo, pero también un patrón conocido: el PIB se apoya más en ladrillo y consumo que en una mejora sostenida de la productividad.

Al bajar al detalle de las cuentas nacionales, en el último trimestre del pasado ejercicio el protagonismo recayó de nuevo en el consumo de los hogares y en la construcción.

El consumo privado creció un 3,1% entre octubre y diciembre respecto al mismo periodo del año anterior. El incremento estuvo apoyado en el fuerte aumento de la remuneración de los asalariados, que repuntó un 7,8%, muy por encima de los beneficios empresariales.

La actividad del sector constructor se disparó un 7,2% en ese mismo periodo, superando con creces la expansión del conjunto de la economía, mientras la inversión en viviendas y otros edificios avanzó un 7,8%.

Este tirón llega en pleno encarecimiento histórico de la vivienda, con subidas de precios de dos dígitos y una oferta que no termina de responder a la demanda. En ese contexto, los economistas consultados por EL ESPAÑOL-Invertia ven el auge del ladrillo como un arma de doble filo.

“El crecimiento de España es claramente sólido si se compara con el contexto europeo, […] pero buena parte de ese avance se apoya en motores cíclicos, lo que introduce una cierta fragilidad estructural”, advierte José Manuel Corrales, profesor de Economía y Empresa de la Universidad Europea.

María Jesús Fernández, economista senior de Funcas, recalca que el empuje de la vivienda no es, por ahora, sinónimo de burbuja, pero sí una pieza clave del actual patrón de crecimiento.

“Dado el déficit de viviendas que existe es deseable que este crecimiento se mantenga e, incluso, se intensifique”, defiende, al tiempo que recuerda el “déficit acumulado de inversión” que arrastra la economía española.

“¿Es un crecimiento sano un crecimiento basado sobre todo en la construcción residencial? La respuesta es no. No es precisamente una actividad que genere mucho valor añadido”, resume Javier Ferri, catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia e investigador de Fedea.

Ferri distingue entre la necesidad coyuntural de construir más y el riesgo de volver a fiar el PIB al ladrillo, como en los años previos a la crisis financiera.

Las importaciones

Otro de los puntos débiles de la radiografía de 2025 está en el sector exterior. En la Contabilidad Nacional, las exportaciones de bienes y servicios aumentaron un 3,8% interanual en el último tramo del año, pero las importaciones se dispararon un 6,5%.

La demanda nacional, espoleada por el consumo y la inversión, se satisface en gran medida con productos y servicios del exterior, de modo que la aportación de la demanda externa al crecimiento del PIB se vuelve negativa.

Este fenómeno se explica por una mezcla de factores cíclicos y estructurales. “Hay una parte claramente coyuntural. La economía española está expuesta a factores como los aranceles, las tensiones geopolíticas o la reorganización de las cadenas globales de suministro, que pueden elevar temporalmente las importaciones y alterar el equilibrio exterior”, explica Corrales.

Pero añade que “no se trata solo de un fenómeno pasajero”. “Detrás de ese diferencial entre importaciones y exportaciones aparecen cuestiones más estructurales, como la baja productividad y el margen de mejora que aún tienen algunos sectores exportadores”, subraya.

En la misma línea, Fernández destaca el papel del ciclo y de la composición de la demanda, pero admite que “también es posible que se haya perdido algo de competitividad” y que eso contribuya a la debilidad de las exportaciones de bienes.

Al mismo tiempo, los servicios, sobre todo el turismo, siguen dejando un saldo muy abultado con el exterior y ayudan a compensar el agujero del comercio de bienes. En la práctica, España mantiene capacidad de financiación frente al resto del mundo gracias al turismo, pero lo hace mientras el intercambio de mercancías se deteriora.

Más empleo y más horas

El último gran foco de preocupación se encuentra en el mercado laboral. Los datos del INE muestran que los puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo crecieron un 2,8% y las horas efectivamente trabajadas un 2,2% en el cuarto trimestre.

Sin embargo, la productividad no acompaña a ese ritmo. En el cuarto trimestre, la productividad por puesto de trabajo a tiempo completo fue un 0,1% inferior a la de un año antes. Es el tercer descenso consecutivo.

La productividad por hora trabajada también retrocedió, con una caída del 0,4% en esos últimos tres meses de 2025.

Es aquí donde los expertos coinciden con menos matices. “Es una de las principales paradojas de la economía española en este momento. El empleo crece con intensidad, pero esa mejora no se traduce en un aumento paralelo de la productividad”, señala Corrales.

“La lectura más clara es que se está creando trabajo, sí, pero en sectores menos intensivos en tecnología y con menor capacidad para generar ganancias de eficiencia”, añade.

Apunta también a una inversión productiva “todavía insuficiente” y a “rigideces en la asignación del trabajo” que frenan el salto de productividad.

Ferri va más lejos en el diagnóstico. “Ese es el problemón que tiene la economía española actualmente. Nuestro crecimiento de productividad es raquítico comparado con otras economías”, sostiene.

A su juicio, el verdadero veredicto sobre la salud del crecimiento no se juega en la tasa anual del PIB, sino en la evolución de la productividad y de las instituciones que la hacen posible.

Para mantener un crecimiento a largo plazo la productividad tiene que aumentar, y más con la demografía que tenemos, si no es imposible”, alerta.

Fernández introduce un matiz importante: en el conjunto de 2025 la productividad por hora ha mejorado respecto a antes de la pandemia, pero la productividad por trabajador ha caído.

El problema, puntualiza, es que “como las horas trabajadas por ocupado han caído, aunque la productividad por hora ha aumentado, la productividad por ocupado ha descendido, y esto es preocupante porque supone una pérdida de competitividad”.