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Política Digital

La otra cara del progreso tecnológico: crece la economía, pero a costa del bienestar y el ascensor social

La tecnología eleva el premio a los mejor preparados, pero también el coste de quedarse en la media.

El economista Wolfgang Kuhle habla de una “carrera armamentística” en educación que puede reducir el bienestar e incluso afectar a la natalidad.

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Las claves

El progreso tecnológico y la inteligencia artificial aumentan la productividad y los ingresos, pero también amplifican la desigualdad social y la presión competitiva.

El economista Wolfgang Kuhle advierte que la brecha entre ingresos medios y medianos ha crecido en EE.UU., dificultando el ascenso social y encareciendo la adquisición de habilidades.

El retorno de invertir en educación sube, pero muchos trabajadores acaban con salarios insuficientes para cubrir el gasto formativo, exacerbando la sobreinversión educativa.

El avance tecnológico puede reducir el bienestar y la natalidad, ya que el coste de oportunidad de tener hijos crece por la necesidad de invertir más en formación y carrera profesional.

El progreso tecnológico -exacerbado ahora con la inteligencia artificial- está elevando la productividad y los ingresos, pero también puede estar encareciendo hasta extremos inéditos la carrera por acumular habilidades, ampliando la desigualdad social, reduciendo el bienestar individual e incluso lastrando la natalidad.

Esa es la compleja tesis que desarrolla el economista Wolfgang Kuhle, de la Universidad Corvinus de Budapest y el Instituto Max Planck de Derecho Social y Política Social de Múnich, en un reciente paper en el que habla incluso de la "carrera armamentística en la educación de humanos y chatbots".

Kuhle no cuestiona que la tecnología genere crecimiento económico, sino que éste puede convivir con un empeoramiento del equilibrio social. Por todos es sabido que la distribución habitual de los salarios hace que éstos aumenten de forma exponencial con el nivel de habilidad del trabajador, ahora encarnado por el conocimiento técnico. Y así ha sido a lo largo de la historia y sigue siéndolo, pero cada vez aplicando mayor presión sobre quienes intentan no quedarse atrás.

La calibración que realiza el investigador con datos de Estados Unidos entre 1975 y 2024 ilustra bien esa lógica. El ingreso mediano de los hogares pasa de 58.000 dólares en 1975 a 83.000 en 2024. El ingreso medio sube aún más, de 68.000 a 121.000 dólares. Sin embargo, la brecha entre ambos se amplía de forma visible: en 1975 el ingreso medio superaba en torno a un 17,2% al mediano; en 2024 esa diferencia ronda el 45,8%. Nunca antes ha existido tal diferencia entre las perspectivas de salarios de los trabajadores más cualificados y los que menos exposición tienen a las nuevas tecnologías.

Ahí aparece el carácter bifronte del progreso tecnológico, como lo describe Wolfgang Kuhle. Por un lado, el ingreso esperado aumenta con la habilidad media, con la tecnología y con la dispersión de habilidades. Por otro, esa misma estructura dispara la desigualdad y la presión competitiva. El economista subraya que no sólo sube el ingreso esperado, sino también la ganancia marginal de mejorar un poco más, esto es, el siguiente escalón vale más que el anterior, y eso convierte la carrera por unos pocos puntos más de habilidad en una dinámica cada vez más dura.

El fin del llamado 'ascensor social', en otras palabras.

La consecuencia inmediata es la sobreinversión educativa. Esta tesis sostiene que, ex ante, los trabajadores tienen incentivos crecientes a invertir en educación porque el retorno esperado de mejorar sus habilidades aumenta de forma acelerada. Pero ex post la historia cambia: bajo determinadas condiciones, esa inversión óptima puede situarse por encima de lo que luego permiten financiar los ingresos obtenidos. Kuhle incluso afirma que más de la mitad de la población puede acabar con salarios insuficientes para cubrir el gasto educativo que el propio sistema le induce a realizar.

Además, advierte, una mayor competencia por capturar posiciones privilegiadas en sectores con fuertes efectos de red y escala puede empujar a individuos y empresas a un esfuerzo formativo superior al socialmente deseable y, al mismo tiempo, erosionar la productividad del conjunto. Por ejemplo, en plena era de las redes sociales y de las plataformas digitales, parte de los ingresos ya no procede sólo de producir más o mejor, sino de conseguir situarse ligeramente por encima del resto y apropiarse de una porción desproporcionada del mercado. Opina el experto que, entonces, la competencia educativa deja de ser sólo una inversión productiva y pasa a parecerse también a una competición por capturar una renta escasa.

Avance tecnológico o bienestar

Wolfgang Kuhle habla, además, de que el progreso tecnológico no siempre maximiza el bienestar. En su modelo, cuando la aversión relativa al riesgo es muy baja, el avance tecnológico continuo sigue siendo óptimo. Pero cuando supera un determinado umbral, aparece una “meseta tecnológica”, un punto a partir del cual seguir empujando la tecnología ya no mejora la utilidad esperada de los trabajadores, aunque el PIB continúe creciendo.

Bienestar y crecimiento económico ya no van juntos, apela el economista, y mucho menos con la tecnología como pegamento infalible. Volviendo a las cifras que maneja, referentes a Estados Unidos, pese a que el PIB per cápita se duplicó entre 1975 y 2024, los agentes con un coeficiente de aversión relativa al riesgo superior preferirían la distribución de ingresos de 1975.

Y no sólo hablamos de dinero, ya sea en ingresos o en gasto formativo. El estudio llevado a cabo por esta autoridad de su ramo añade un efecto directo de todo lo anterior en la demografía que conforma nuestras sociedades. Kuhle sostiene, en este sentido, que el aumento del valor marginal de la habilidad ha incrementado drásticamente el coste de oportunidad de tener familia e hijos.

Su argumento es que, si cada año de universidad añade entre 1 y 5 puntos de CI o habilidad, renunciar a 2 o 3 años de educación puede traducirse, a lo largo de una vida laboral de 40 años, en pérdidas de ingresos muy elevadas para quienes se sitúan por encima de la media. De ahí extrae una lectura evidente: los incentivos económicos a la natalidad ofrecidos en muchos países occidentales serían órdenes de magnitud inferiores al aumento del coste de oportunidad inducido por la carrera educativa y tecnológica. He aquí la explicación científica a muchas decisiones de postergar la maternidad y la paternidad, entre otras problemáticas sociales.

¿Y qué pasa con la IA?

La teoría planteada por Wolfgang Kuhle parte del impacto tecnológico en general, pero es evidente que la tracción de la inteligencia artificial merece un capítulo aparte como una de las ramificaciones con mayor potencial -positivo y negativo- de estos tiempos que corren.

Así, el economista sostiene que la carrera por entrenar los sistemas de IA reproduce la misma lógica que la carrera educativa humana. Si el retorno económico de un modelo algo mejor también crece de forma muy pronunciada con la capacidad, las empresas tienen incentivos a invertir al límite de sus recursos para no quedarse fuera. De este modo llegamos al escenario presente, el del castillo de naipes financiero, donde incluso empresas con algunos de los mayores flujos de caja de la historia empresarial se ven empujadas a endeudarse o tensar sus recursos para mantenerse en la carrera.

Igual que una persona puede verse obligada a acumular más educación para arañar unos pocos puntos de ventaja en la parte alta de la distribución de habilidades, una empresa puede verse forzada a gastar cantidades extraordinarias para conseguir una pequeña superioridad relativa en capacidad de modelo, tráfico o cuota de mercado. El incentivo privado a sobreinvertir existe en ambos casos. Y el resultado, también, puede ser ineficiente en ambos.