Agosto es ese mes de vacaciones por excelencia, como lo es de la lectura intensiva, actividad que reservamos a los períodos largos de descanso y tranquilidad. Con él llegan también multitud de publicaciones en redes sociales con listas de libros, ya sean recomendaciones u objetivos personales, que terminan convirtiéndose en un compromiso al hacerlos públicos.
Agosto ha sido también el mes en el que otro escándalo editorial ha salido a la luz: los agentes del escritor novel Jerry Falade han retirado su novela tras conseguir vender los derechos por 2 millones de dólares ante las dudas sobre el papel que la inteligencia artificial habría jugado en su creación.
El debate se centra ahora en cómo esta industria puede garantizar la autenticidad de sus productos, mientras Falade recupera correos electrónicos y borradores previos al lanzamiento de ChatGPT. Novela no sé; el culebrón, lo tenemos asegurado.
Mientras tanto, LinkedIn también ha replanteado su estrategia de contenidos en un giro de 180 grados. Después de vendernos la opción de “mejora tu post con IA” como si fueran anabolizantes para nuestro cerebro, la eliminan y sustituyen por otra que acredita la autoría de la publicación. Además, han incorporado la opción AI slop, que podríamos traducir como “basura hecha por IA”, para etiquetar determinados contenidos.
Todo ello, apenas unos días antes de que entrase en vigor el artículo 50 del Reglamento europeo de inteligencia artificial, que obliga a marcar adecuadamente los contenidos generados a través de IA.
Aunque parezca que las noticias anteriores están relacionadas, lo cierto es que la regulación no es su catalizador, ya que no aplica a aquellos contenidos que hayan sido supervisados o cocreados con intervención humana. Entonces, si el temor a las multas millonarias no ha propiciado estos cambios, ¿qué hay detrás?
Muchos responderán automáticamente que se trata de una cuestión de calidad. Pero calidad, ¿según qué criterios?
Hace unos días, la Universidad de Cambridge publicaba los resultados de un interesante experimento con 1.600 participantes. A todos ellos se les dieron diferentes historias para leer, identificando si tenían autoría humana o artificial, y después se les pidió que valorasen su calidad. Las historias supuestamente escritas por personas obtuvieron mejores puntuaciones.
La trampa es que la autoría no siempre era correcta y, en realidad, los participantes habían valorado mejor los textos escritos por IA, siempre y cuando creyeran que estaban escritos por personas. ¡Menuda trama, esto sí da para una novela!
El experimento anterior nos deja dos conclusiones. La primera, que los modelos de lenguaje ya producen textos lo suficientemente atractivos como para engancharnos con su lectura. La segunda, y quizá la más interesante, que los humanos tenemos cierto corporativismo de especie y preferimos lo firmado por humanos (o lo que pensamos que está escrito por humanos). No es calidad lo que buscamos, es autenticidad.
Sin embargo, si volvemos la vista a la historia del arte, resulta complicado encontrar ese límite entre lo auténtico, lo copiado y lo industrializado. Las esculturas de Rodin no estaban cinceladas por su artista, sino producidas por un molde que podía generar entre 20 y 80 copias según la obra y el molde.
En algunos casos, tener la copia 20 era poseer una edición limitada, mientras que la 21 pasaba a considerarse una falsificación industrial. Los propietarios de cuadros firmados por Rubens a menudo debían aceptar que, en realidad, eran obras procedentes del taller del maestro, sin conocer el porcentaje de pinceladas que este había dado en el lienzo.
Más tarde, Goya expandiría sus obras mediante grabados numerados. Maurizio Cattelan fue un paso más lejos con su obra Comediante, un plátano pegado a la pared con cinta americana. Eso sí, acompañado de certificado de autenticidad e instrucciones para poder reproducirla cuando la fruta empezara a madurar en la pared. La controvertida obra vendió dos unidades por 120.000 dólares y terminó alcanzando 6,2 millones de dólares en una subasta.
A ver si lo entiendo, retiramos del mercado novelas que sospechamos han sido creadas por inteligencia artificial, pero aceptamos plátanos pegados a la pared como arte contemporáneo. Por favor, que no se entere Falade.
Aquí está el quid de la cuestión. La Bauhaus democratizó la producción en detrimento de lo artesanal, pero nadie obligó a los consumidores a tener buen gusto en su selección de objetos. Del mismo modo, los modelos de lenguaje permiten que cualquiera produzca contenido, aunque no necesariamente con criterio.
¿Llegaremos a ver un certificado de autenticidad pegado a un prompt? Probablemente no. Y ahí tenemos la paradoja: exigimos pruebas de que lo que leemos fue escrito por humanos, pero nos rodeamos de objetos producidos industrialmente sin pestañear. Nos escandalizamos con una novela 'contaminada' de IA, pero adornamos nuestras paredes con láminas producidas en masa.
Nos preocupa que un robot escriba la próxima novela que leeremos, pero dormimos tranquilos sabiendo que llevamos años cediendo los datos que permiten, precisamente, que ese robot escriba justo lo que queremos leer. Prioridades, supongo.
Hace siglos hacíamos nuestro pan, cultivábamos nuestras verduras, cosíamos nuestra ropa. Luego decidimos industrializarlo todo para ganar tiempo. ¿Acaso no es eso lo que promete la IA? Y seguimos valorando lo artesanal, más que nunca, porque solo lo tenemos en ocasiones especiales.
Tal vez la creación de textos siga el mismo camino: escribir completamente a mano será una elección consciente, mientras que la cocreación con inteligencia artificial podría convertirse en la versión industrializada del proceso creativo.
Si llega el día en que dejamos de preocuparnos por quién escribió un texto, a lo mejor pasamos a la siguiente pregunta: si de verdad merece la pena leerlo.