Durante más de un siglo hemos medido la potencia económica contando toneladas de acero, barriles de petróleo, kilovatios hora, coches fabricados o contenedores desplazados. La economía siempre acaba encontrando una unidad para aquello que se convierte en suministro. Y la inteligencia artificial ya tiene la suya: el token.
Los modelos de origen chino procesaron recientemente 98 billones de tokens, frente a los 53 billones de los modelos estadounidenses. Un 85 % más. La cifra, procedente de la plataforma global OpenRouter, no mide todo el consumo de inteligencia artificial de China y Estados Unidos, pero señala un cambio relevante: los modelos chinos ya no solo compiten por calidad o precio, sino también por intensidad de uso.
Ahora bien, no por mucho token amanece más inteligente. Un token es una pequeña unidad de información que un modelo recibe, procesa o genera. Detrás de cada consulta, documento resumido, programa escrito o agente autónomo hay miles, millones o incluso miles de millones de tokens circulando. Y detrás de ellos hay chips, centros de datos, electricidad, sistemas de refrigeración, redes y dinero.
Estamos empezando a consumir inteligencia artificial como consumimos energía. Cada empresa tendrá pronto su factura eléctrica y su factura cognitiva. La IA se está convirtiendo así en un suministro básico para la economía. No será simplemente un programa informático que compramos, sino una capacidad que consumimos de manera continua para investigar, diseñar, programar, atender clientes, analizar mercados o tomar decisiones. Una especie de electricidad intelectual disponible bajo demanda.
Pero aquí aparece una confusión peligrosa: consumir inteligencia artificial no equivale necesariamente a generar inteligencia. Una organización puede multiplicar por diez el número de tokens utilizados sin mejorar una sola decisión. Puede producir informes más largos, correos más rápidos y presentaciones infinitas sin aumentar su productividad real. Automatizar la burocracia no deja de ser burocracia; en ocasiones, solo consigue que circule a mayor velocidad.
Lo sabemos por otros suministros. Gastar más electricidad no convierte automáticamente una fábrica en más competitiva. Consumir más combustible no mejora por sí solo el sistema de transporte. Y procesar más palabras no significa comprender mejor los problemas.
Por eso, los tokens pueden formar parte de las nuevas métricas económicas, pero no pueden convertirse en el objetivo. Tendremos que medir los tokens por trabajador para conocer la intensidad de adopción de la IA; el valor añadido por millón de tokens para evaluar su productividad; los resultados útiles por euro consumido; la energía necesaria para generarlos; y la dependencia de modelos, chips o infraestructuras extranjeras. También habrá que contabilizar los errores, las respuestas descartadas y las decisiones que han requerido corrección humana.
El PIB tradicional tampoco captura bien esta transformación. Si una herramienta de IA gratuita permite a millones de personas aprender, programar o emprender, puede crear un enorme valor social sin aparecer con claridad en las cuentas nacionales. Y si una empresa sustituye horas de trabajo por agentes artificiales más baratos, incluso podría reducir determinados intercambios monetarios mientras aumenta su capacidad productiva.
Necesitaremos indicadores que midan no solo cuánto producimos, sino también cómo lo hacemos, con qué combinación de talento humano, conocimiento, datos, energía e inteligencia sintética.
También cambiarán los productos. Dejaremos de pagar únicamente licencias por usuario para comprar tareas resueltas, investigaciones completadas, procesos automatizados o decisiones mejoradas. Surgirán presupuestos de tokens, tarifas de inteligencia, gestores de eficiencia cognitiva y auditorías capaces de determinar si una empresa está utilizando la IA para pensar mejor o simplemente para producir más ruido.
Los tokens serán el combustible de la economía aumentada, pero no su medida definitiva de éxito. La verdadera ventaja competitiva será obtener mejores resultados con menos recursos, formular mejores preguntas y combinar la potencia de las máquinas con el criterio de las personas.
Porque podremos tener inteligencia artificial abundante, barata y disponible las veinticuatro horas. Lo verdaderamente escaso seguirá siendo la inteligencia necesaria para saber qué hacer con ella. Y eso, por ahora, todavía no se vende por tokens.