Nuestro presente se asienta sobre las arenas movedizas de la desconfianza. Los jóvenes, síntoma y diagnóstico a la vez de la senda por la que transita la sociedad, creen que el presente los ha condenado a un horizonte sin esperanza. Tanto es así que el 56% de ellos cree que la humanidad tiene ante sí un horizonte azul oscuro casi negro. No hablamos sólo de ansiedad climática, sino de una crisis global de confianza hacia casi todo lo que denota futuro.

El inmovilismo no puede ser la respuesta ante un mundo en constante cambio. Para activarnos como sociedad, lo primero que debemos hacer es cuestionarnos a nosotros mismos con franqueza: ¿Y si asumiéramos de verdad lo que sabemos y diseñáramos a partir de ello? ¿Y si aceptáramos que el mayor riesgo al que nos enfrentamos no es la transición, sino precisamente la ausencia de transición? ¿Y si el verdadero peligro fuera mantener el status quo en un mundo que ya ha cambiado?

A estas preguntas podemos responder con algunas certezas, certezas en evolución, certezas adaptables, pero certezas al fin y al cabo, que nos ayuden a construir el mundo al que aspiramos; dar las respuestas que los jóvenes necesitan.

Por ejemplo: sabemos que la infraestructura climática es infraestructura de soberanía, que la confianza y la colaboración son infraestructuras de resiliencia, que el capital paciente es la infraestructura invisible sobre la que se construye la prosperidad del mañana. Y algo más: la transición energética no es renuncia, sino creación.

Hace unos años, la transición energética significaba una sola palabra: menos. Menos emisiones. Menos combustibles fósiles. Menos impacto ambiental. Eso sigue siendo importante. Pero hoy, menos también es más: más energía limpia, más capacidad industrial, más innovación llegando al mercado, más competitividad, más prosperidad, más empleo… y, por tanto, más respuestas, seguridad y alternativas para esos jóvenes ávidos de referencias sobre las que asentar su futuro.

La necesidad de sumar

La transición energética se ganará desde la abundancia, no desde el sacrificio. Y los hechos empiezan a demostrarlo. En España hemos conseguido desacoplar el crecimiento económico del crecimiento de las emisiones. Nuestra industria sigue representando cerca del 15% del PIB mientras las emisiones continúan descendiendo. Solo en el sector eléctrico, las emisiones de CO₂ se han reducido alrededor de un 60% en los últimos años.

La transición energética es rentable: España demuestra que no tenemos que elegir entre crecimiento económico y sostenibilidad. Tampoco entre competitividad y descarbonización. La transición energética no es un coste para la economía. Es una oportunidad para modernizarla. Sin embargo, la siguiente fase exige una velocidad sin precedentes. La misión ya no es únicamente reducir emisiones, es construir más rápido de lo que hemos construido nunca.

Tres fuerzas hacen que esta urgencia sea imposible de ignorar: la primera es la convergencia entre inteligencia artificial y electricidad. La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda eléctrica de los centros de datos alcanzará cerca de 945 TWh en 2030, más que el consumo eléctrico actual de Japón. La inteligencia artificial será el principal motor de este crecimiento. Estamos entrando en una nueva era en la que la energía ya no es simplemente un factor de producción. Es la plataforma sobre la que se construirá la próxima revolución tecnológica

La segunda fuerza es la geopolítica. El sol y el viento son nuestro petróleo. La diferencia es que no se agotan, no se importan y no financian autocracias. La tercera, la energía, fuente de prosperidad. La energía es industria. Es salud. Es educación. Es empleo y, por tanto, es oportunidad de presente, pero, sobre todo, construcción de futuro.

Las ventajas de la competitividad

La factura eléctrica en España está por debajo de la media europea -gracias al sol y al viento-. Las economías de los países que no pueden acceder a energía abundante y asequible se quedan atrás. Por ello, en un mundo cada vez más fragmentado e incierto, nuestra capacidad de generar energía limpia ya no es únicamente una ventaja climática. Es soberanía. Es resiliencia. Es autonomía estratégica. Además, tenemos buenas noticias adicionales: poseemos innovación, voluntad emprendedora, científicos y también tecnologías capaces de responder a estos desafíos. Lo único que nos falta es desplegarlas a la velocidad necesaria.

Y aquí aparece un riesgo más profundo que cualquier cuello de botella tecnológico: la pérdida de confianza de la que hablábamos al principio y que tanto ha calado y cala en nuestros jóvenes, síntoma de nuestros días. Como advertía recientemente un líder del sector energético, el mayor riesgo para la transición energética ya no es tecnológico. Es social. Si las personas pierden la confianza en el camino, acabarán perdiendo la confianza en la propia transición.

Futuro y confianza

El futuro energético de Europa dependerá de la tecnología y de la inversión. Pero dependerá también de algo mucho más difícil de medir: la credibilidad de nuestras instituciones, la confianza entre actores y la existencia de una dirección compartida. Necesitamos infraestructuras físicas, pero también infraestructuras de confianza, ya que ninguna transición se construye únicamente con megavatios. También se construye con esperanza.

Quizá la pregunta más importante de nuestro tiempo no sea qué tecnología debemos inventar. La pregunta es si somos capaces de imaginar un buen futuro y actuar en consecuencia. Como escribió el Premio Nobel Albert Szent-Györgyi: “Descubrir consiste en mirar lo mismo que todos los demás y pensar algo diferente”.

La transición energética no es una historia de límites ni tampoco una historia de sacrificios. Es el mayor proyecto de prosperidad de nuestra generación. La carrera en la que estamos inmersos no es únicamente una carrera tecnológica. Es una carrera contra la desesperanza. Todavía estamos a tiempo de ganarla.