David Baños, director comercial en VEKA Ibérica
En el debate sobre cómo reducir el consumo energético de nuestras ciudades, a menudo pensamos en grandes infraestructuras: parques eólicos, plantas solares o redes inteligentes. Sin embargo, existe una tecnología silenciosa, invisible para la mayoría de los ciudadanos, que ya está contribuyendo de forma decisiva a este objetivo: la envolvente de los edificios, y en particular, las ventanas.
En España, el potencial de mejora es extraordinario. Más del 55% de las viviendas fueron construidas antes de 1980, según el Ministerio de Vivienda y Transición Ecológica, y cerca del 58% se levantaron antes de la primera normativa de eficiencia energética. Esto significa que millones de hogares operan hoy con estándares térmicos propios de otra época, con pérdidas energéticas constantes y significativas que impactan directamente tanto en la factura de las familias como en el consumo global del país.
En este contexto, la rehabilitación energética se ha convertido en una palanca de ahorro estratégico. No solo por la necesidad de modernizar el parque inmobiliario, sino porque es una de las formas más rápidas y eficientes de reducir la demanda energética. El IDAE estima que las mejoras en aislamiento térmico pueden reducir el consumo de los edificios en torno a un 30%. Y dentro de estas actuaciones, la sustitución de ventanas ocupa un papel central.
Las ventanas son, en muchos casos, el punto más débil de la envolvente térmica. A través de ellas se producen infiltraciones de aire, pérdidas de calor en invierno y ganancias térmicas en verano. Es aquí donde la instalación de ventanas de altas prestaciones, como las de PVC, consigue el ahorro energético y económico que necesitamos
Gracias a sus propiedades aislantes, las ventanas de PVC ayudan a mantener una temperatura interior estable durante todo el año. En la práctica, esto se traduce en una menor necesidad de calefacción y aire acondicionado, y por tanto, en un descenso directo del consumo energético y de las emisiones asociadas. Según el IDAE, la instalación de ventanas eficientes puede generar ahorros de hasta un 74% en la demanda energética vinculada a este elemento.
Pero su impacto va más allá del ahorro inmediato. Su alta estanqueidad al aire y al agua contribuye a crear espacios interiores más confortables y silenciosos. A ello hay que sumar su durabilidad y escaso mantenimiento, entre 30 y 50 años de vida útil para una ventana promedio, pudiéndose reciclar hasta diez veces, lo que ayuda de forma efectiva a crear ventanas con una larga vida útil.
Esta mejora aparentemente individual tiene una consecuencia colectiva clara. El sector de la edificación representa cerca del 30% del consumo energético en España. Cada vivienda que reduce su demanda energética contribuye, de forma agregada, a disminuir la presión sobre el sistema energético en su conjunto. Es lo que podríamos denominar un “efecto multiplicador invisible”: pequeñas decisiones a escala doméstica con un gran impacto a escala urbana.
Reducir la demanda energética de los edificios significa también reducir la necesidad de generar energía. En un contexto geopolítico incierto y de transición hacia modelos más sostenibles, este factor cobra una relevancia estratégica. No se trata solo de producir energía más limpia, sino también de consumir menos.
Además, este proceso cuenta hoy con un apoyo institucional sin precedentes. Los fondos europeos Next Generation han situado la rehabilitación energética en el centro de la agenda, facilitando el acceso a ayudas que permiten a los ciudadanos mejorar sus viviendas con menor esfuerzo económico. El resultado es un triple beneficio: ahorro económico, mayor confort y contribución directa a la sostenibilidad. Y ya se está trabajando en un nuevo Plan Nacional de Rehabilitación que verá la luz en el 2027.
La ventana ha dejado de ser un elemento constructivo pasivo para convertirse en una auténtica tecnología energética. Una tecnología que no se ve, pero que actúa cada día, de forma constante, reduciendo consumos, emisiones y costes.
La transición energética no se construirá únicamente con grandes proyectos visibles, sino también a través de millones de mejoras silenciosas en nuestros hogares. En ese camino, la tecnología invisible que incorporamos en nuestras viviendas marcará la diferencia entre ciudades que consumen energía y ciudades que la gestionan de forma inteligente.
*** David Baños es director comercial en VEKA Ibérica