Sara Mesas, Agente de Innovación de la EGM Parc Tecnològic Paterna.
Durante décadas hemos asociado la innovación a una imagen muy concreta: un departamento de I+D, un laboratorio o un grupo de especialistas trabajando para desarrollar un nuevo producto o una tecnología revolucionaria. Era una visión lógica en un contexto en el que las empresas podían concentrar buena parte del conocimiento que necesitaban para competir. Sin embargo, ese modelo empieza a quedarse pequeño para explicar cómo surgen hoy las innovaciones más relevantes.
Los grandes desafíos actuales son demasiado complejos para abordarlos desde una única disciplina o una sola organización. La inteligencia artificial, la transición energética, la digitalización industrial, la biotecnología o la ciberseguridad requieren conocimientos cada vez más especializados y, al mismo tiempo, extraordinariamente diversos. Ninguna empresa, por grande que sea, dispone por sí sola de todo ese talento.
Quizá por eso deberíamos dejar de preguntarnos cómo innovan las empresas y empezar a preguntarnos cómo innovan los ecosistemas.
La innovación ha dejado de ser una competición exclusivamente individual para convertirse en un ejercicio colectivo. Ya no depende únicamente de la capacidad de una organización para generar conocimiento, sino también de su habilidad para conectarlo con el de otros. Innovar consiste, cada vez más, en establecer puentes entre disciplinas, entre investigadores y empresas, entre startups y grandes corporaciones, entre universidades, centros tecnológicos y administraciones públicas.
No es casualidad que la Comisión Europea insista cada vez con más fuerza en conceptos como la valorización del conocimiento, la colaboración entre universidad e industria o la necesidad de reforzar los ecosistemas de innovación. Europa no tiene un problema de generación de conocimiento. El verdadero reto consiste en transformar ese conocimiento en soluciones que lleguen al mercado, generen actividad económica y mejoren la vida de las personas. Para lograrlo resulta imprescindible facilitar la interacción entre quienes investigan, quienes desarrollan tecnología y quienes la convierten en productos y servicios.
Existe además una paradoja especialmente interesante. Vivimos en una sociedad hiperconectada, donde la tecnología permite colaborar con cualquier persona desde cualquier lugar del mundo. Sin embargo, la proximidad física continúa desempeñando un papel determinante en los procesos de innovación. Las conversaciones informales, los encuentros espontáneos, la confianza que se construye compartiendo espacios o la posibilidad de acceder rápidamente a perfiles profesionales diferentes siguen siendo factores difíciles de sustituir por una pantalla.
Las ideas rara vez aparecen de forma aislada. Con frecuencia surgen cuando una conversación conecta conocimientos que hasta ese momento habían permanecido.
separados. Una empresa descubre una aplicación inesperada para una tecnología desarrollada por otra. Un investigador encuentra un problema real que orienta su trabajo hacia una solución concreta. Una startup aporta la agilidad necesaria para desarrollar una propuesta que una gran organización puede escalar. La innovación no nace únicamente del conocimiento; nace de la interacción entre conocimientos.
Los ecosistemas donde nacen las oportunidades
En ese contexto también está cambiando el papel de los propios parques científicos y tecnológicos. Durante años se entendieron, sobre todo, como espacios donde concentrar empresas innovadoras. Hoy su función va mucho más allá. Son todavía más valiosos al actuar como facilitadores de relaciones, creando oportunidades para que organizaciones de perfiles muy distintos compartan conocimiento, identifiquen intereses comunes y exploren proyectos conjuntos.
Por eso cada vez son más frecuentes las iniciativas concebidas no tanto para transmitir conocimiento como para ponerlo en circulación. Clubes de empresas innovadoras, programas de innovación abierta, encuentros sectoriales, hackathones o foros de intercambio de experiencias responden a una misma lógica: generar las condiciones para que la colaboración surja de forma natural y acabe transformándose en innovación.
En esa dirección trabaja también València Parc Tecnològic, que ha hecho de la colaboración empresarial uno de los ejes de su actividad. A lo largo del año impulsa VPT X, una suerte de club de empresas innovadoras que favorece el intercambio permanente entre organizaciones y complementa esa labor con iniciativas como los Innovation Day o Tecnoforum, cuya edición de 2025 se centró en impulsar la innovación abierta, la colaboración empresarial y el intercambio de conocimiento aplicado. Más que eventos aislados, forman parte de una estrategia continuada para fortalecer un ecosistema donde innovar resulte más sencillo.
La ventaja competitiva del futuro
El informe Science, Research and Innovation Performance of the EU 2024 advierte de que Europa necesita reforzar precisamente esos mecanismos de colaboración para reducir la fragmentación existente, acelerar la difusión del conocimiento y mejorar la capacidad de transformar la investigación en innovación aplicada. El documento subraya que el futuro de la competitividad europea dependerá tanto de la excelencia científica como de la calidad de las redes de cooperación que sea capaz de construir.
Quizá ahí resida una de las grandes lecciones de nuestro tiempo. Durante años hemos medido la capacidad innovadora atendiendo al número de patentes, al gasto en I+D o a la inversión tecnológica. Todos ellos siguen siendo indicadores imprescindibles. Pero existe otro factor, mucho menos visible, que probablemente será cada vez más determinante: la capacidad de conectar talento.
Porque las mejores ideas casi nunca aparecen cuando alguien trabaja completamente solo. Suelen surgir cuando personas y organizaciones con experiencias, conocimientos y perspectivas diferentes encuentran el espacio adecuado para escucharse, cuestionarse y construir algo nuevo de manera conjunta. En una economía basada en el conocimiento, esa capacidad para generar conexiones puede convertirse en la ventaja competitiva más valiosa de todas.
***Sara Mesas Martínez, Agente de Innovación de la EGM Parc Tecnològic Paterna