Hay algo casi pertinaz en la inteligencia artificial, poco menos que asíncrono con los tiempos que corren. O quizás sea lo más representativo del momento tan convulso, incierto y volátil que vivimos. Hago este alegato como reflexión muy alejada del comentario vacuo, en todo caso como una impresión personal más que pertinente tras la edición de este año de 'Wake Up, Spain!'.

Nuestro gran foro, que congrega a 173 ponentes de lo más granado del IBEX 35, la clase política y el tejido tecnológico español (y este año también europeo), tenía una agenda temática tan diversa como los líderes que han desfilado por el Palacio de Linares de Madrid. Y mientras el mundo se desangra en preocupaciones de harta complejidad -la guerra en Irán, el petróleo disparado, la estanflación acechando las puertas de Europa como un viejo fantasma renacido-, la inteligencia artificial se cuela en los debates, sube a los escenarios, ocupa las mesas y espera, impávida, a que le toque el turno. Y siempre llega.

El lema que enarbolamos este año fue el de "Crecimiento, cohesión e incertidumbre" que ya de por sí convoca a la angustia, y también supone en gran medida un experimento involuntario: ¿puede la IA disputarle protagonismo a la tragedia constante en que parecemos instalados? La respuesta, según se fue viendo en cada jornada, es que ni siquiera compiten. La IA no pugna con la geopolítica: es un elemento incrustado en ella.

El PIB de la zona euro lleva semanas sonando las alarmas de estanflación. China aprovechará la reconstrucción iraní. El BCE contempla el horizonte con los instrumentos heredados de otra era. Y pese a todo ello, o como consecuencia directa de ello, los líderes de las grandes tecnológicas acudieron al 'Wake Up, Spain!' con el mismo mensaje que antaño distribuían por doquier los profetas: el mundo se transforma, y aquellos que no transformen sus empresas quedarán al margen de la historia.

Mensaje manido, es cierto, pero imperativo ante la parálisis en que muchas personas pueden instalarse en momentos de incertidumbre como el actual. Paco Salcedo, presidente de Microsoft España, defendía que la IA es a nuestra época lo que la electricidad fue a la anterior. Lo curioso es que nadie en la sala pareció asombrarse, quizás porque a estas alturas la comparación empieza a gastarse de tanto repetirse, o quizás porque ya la hemos asumido con esa resignada familiaridad con que uno acepta que el sol sale cada mañana.

Salcedo añadió un dato que conviene no perder de vista: España es el sexto país del mundo en adopción de inteligencia artificial. No el decimocuarto. No el vigésimo. El sexto. En un país que lleva décadas escuchándose decir que llega tarde a la tecnología, eso es, cuando menos, desconcertante.

También pude hablar con Horacio Morell, 'capo' de IBM en nuestro país, quien formuló en pocas palabras lo que quizás sea el cambio conceptual más profundo de esta era: la IA ya no es una capa adicional que se pone sobre los sistemas. Es el elemento estructural.

Si antaño se decía de las columnas que eran ornamentales o portantes; pues bien, Morell venía a decir algo así (me permito algo de retórica adicional) que la inteligencia artificial ha pasado de ser cornisa a ser cimiento.

Mercedes Oblanca, de Accenture, apelaba a su vez a la "cointeligencia": una era en que el ser humano y la máquina no compiten sino que se articulan. Una idea hermosa, aunque conviene no olvidar que la articulación siempre supone que alguien pone el esqueleto y alguien pone la carne, y que la negociación de esos roles raramente es igualitaria.

Lo más revelador, con todo, no fueron las certezas sino las urgencias. Carme Artigas, que negoció la AI Act europea cuando era secretaria de Estado de Digitalización, nos devuelve al punto de partida de la disputa geopolítica. Lo que vivimos, dijo, es una batalla de valores y de poder en la que Europa no puede permitirse perder. Ahí la IA y la geopolítica se funden por fin en la misma oración.

Y, junto a mil intervenciones más, fue como el foro de la incertidumbre terminó siendo, casi sin pretenderlo, un foro de la inteligencia artificial. No porque desde el periódico lo hubiéramos dispuesto de ese modo, sino porque la inteligencia artificial es hoy lo suficientemente transversal como para comparecer en cualquier conversación sin necesidad de ser convocada expresamente. Aparece en la sanidad pública -que sufre un déficit grave de inversión en herramientas digitales, dijeron los tecnólogos el miércoles-, aparece en la ciberseguridad -que ya no puede pensarse sin ella- y aparece en la competitividad industrial y en la soberanía energética.

La inteligencia artificial en este 'Wake Up, Spain!' ha sido ubérrima: abundante hasta la exuberancia, presente en cada discurso. Lo hizo ocupando el espacio que le dejaba cada tema, cada pausa, cada pregunta sin responder. Europa se debatía esta semana entre el miedo a la guerra y el miedo al estancamiento. Y mientras los líderes políticos se afanaban en dar respuestas tranquilizadoras, los líderes tecnológicos llegaron con una pregunta distinta: ¿cuánto tiempo más puede permitirse Europa mirar hacia Oriente Medio sin mirar, al mismo tiempo, hacia los servidores donde ya se está escribiendo su futuro?