La autoestima es un elemento esencial del liderazgo. También lo es en el ámbito tecnológico. España ha demostrado históricamente una cierta prudencia a la hora de valorar sus capacidades en materia de digitalización. Esa cautela nos ha permitido mantener la humildad y la voluntad de mejora continua. Sin embargo, en un momento en el que la tecnología es el principal vector de competitividad y autonomía estratégica, resulta imprescindible reconocer con claridad los avances logrados y proyectarlos con ambición.

Es cierto que, si nos comparamos con las grandes superpotencias tecnológicas como Estados Unidos, China, Japón o Corea del Sur, todavía tenemos recorrido por delante. Pero el análisis no puede quedarse ahí. Cuando la comparación se realiza en el contexto europeo, los datos evidencian que España se sitúa en una posición de liderazgo en ámbitos clave.

La Brújula Digital de la Unión Europea así lo confirma. Nuestro país alcanza un 95,2% de cobertura de fibra, frente al 36,8% de Alemania o el 64% de media europea. En competencias digitales básicas, el 66,2% de la población dispone de formación en esta materia, superando con claridad la media europea (55,6%). Y en digitalización de los servicios públicos, España alcanza el 88,8%, consolidándose como uno de los Estados miembros más avanzados.

Estos datos no deben generar autocomplacencia, pero sí confianza estratégica. Sin confianza no hay liderazgo. Y sin liderazgo no hay capacidad de influencia en la agenda europea.

Si la autoestima es condición necesaria, la autocomplacencia es su mayor enemigo. Mantener y reforzar nuestras infraestructuras digitales debe seguir siendo una prioridad estructural. La conectividad es la base sobre la que se construye toda la economía digital. Las necesidades de capacidad, latencia y seguridad crecen exponencialmente, y las redes de telecomunicaciones son infraestructuras críticas y estratégicas. La inversión sostenida es, por tanto, irrenunciable.

El segundo gran vector es el talento. Aunque avanzamos en competencias básicas, todavía un tercio de la población carece de habilidades digitales esenciales en un entorno donde lo digital es transversal. En paralelo, el porcentaje de especialistas TIC en España (4,7%) se sitúa ligeramente por debajo de la media europea (5%). Puede parecer una diferencia marginal, pero tiene un impacto directo en nuestra capacidad de transformación productiva.

Necesitamos más expertos en inteligencia artificial, ciberseguridad, datos, automatización e industria 4.0. Pero también necesitamos una visión integral de las competencias digitales a lo largo de toda la vida: desde la educación obligatoria hasta la formación continua, incorporando la participación activa de la industria en los procesos formativos.

El tercer pilar es la innovación. España ocupa posiciones de liderazgo mundial en producción científica (entre los diez primeros países según el índice SJR). Sin embargo, en innovación descendemos al puesto 29 en el índice global de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Esta brecha entre ciencia e innovación constituye uno de nuestros principales desafíos estructurales.

Debemos fortalecer los mecanismos de transferencia tecnológica, fomentar currículos universitarios más flexibles y compartidos con la empresa, e impulsar entornos colaborativos donde la investigación se traduzca en producto, industria y empleo de calidad. En esta línea se creó hace ya quince años Transfiere, el mayor foro europeo de I+D+i, que evoluciona para dar respuesta a los grandes retos del ecosistema científico-tecnológico. La innovación no es un fin en sí mismo: es la base de la competitividad industrial y del mantenimiento del Estado del bienestar.

La transformación digital no es un fenómeno aislado del sector tecnológico; es un proceso transversal que debe impregnar todos los sectores productivos y las administraciones públicas. Para ello, la colaboración 2.0 se convierte en un elemento estructural.

Colaboración entre grandes empresas y pymes para ganar escala y competir globalmente. Colaboración entre empresa y universidad para acelerar la transferencia de conocimiento. Colaboración entre administraciones (Estado, comunidades autónomas y entidades locales) para desplegar políticas coherentes y coordinadas. Y colaboración público-privada en proyectos estratégicos de país.

Especialmente relevante es el papel de las pymes y de los sectores en los que España ya es líder global (turismo, agroalimentación, automoción, banca). La adopción efectiva de tecnologías como la inteligencia artificial, la analítica de datos o la ciberseguridad en estos ámbitos puede multiplicar su productividad y su posicionamiento internacional.

En este proceso, no debemos olvidar el factor humano. La inteligencia artificial debe estar al servicio de las personas y de la mejora de procesos, garantizando principios éticos, transparencia y confianza. En ciberseguridad, además, el componente humano es decisivo: la cultura de seguridad es tan importante como la tecnología desplegada.


*** Francisco Hortigüela, presidente de Ametic.