De la inteligencia artificial hablamos hoy como se hablaba del ferrocarril en el siglo XIX o de la electricidad a comienzos del XX, pero con una diferencia sustantiva: esta vez estamos contabilizando el futuro antes de que exista. Pueden acusarme de reiterarme en mis ideas anteriores, pero cuanto más exploro alrededor del concepto que he venido a llamar de "la contabilidad de la promesa", más me convenzo de la necesidad de no basar nuestros juicios en expectativas bursátiles o resignaciones culturales manidas.

Esa es, en el fondo, la lógica de la contabilidad de la promesa que propongo: rechazar el adelanto de beneficios futuros como si fueran activos presentes, fiando el equilibrio del sistema a una abundancia que todavía no ha llegado.

El economista Charles I. Jones, en un paper reciente que merece leerse con calma, pone números y modelos a esa intuición de este humilde escribano. Su tesis es la que sigue: incluso si la inteligencia artificial avanza de forma espectacular, incluso si automatiza tareas cognitivas a gran escala, el crecimiento económico no tiene por qué despegar de inmediato. Y eso es así porque la economía real está llena de cuellos de botella, de eslabones débiles, de tareas complementarias que limitan el resultado agregado. La IA puede ser el mayor prodigio de todos los tiempos, pero el sistema productivo sigue siendo un engranaje lleno de fricciones.

Primer aspecto a tener en cuenta: automatizar una tarea no equivale a liberar todo el sistema. Jones lo explica con su lógica de weak links: la producción está limitada por aquello que aún no se ha automatizado. Da igual cuán infinita sea la productividad en un segmento si el resto del proceso sigue siendo finito, ajado, resistente al escalado. La contabilidad de la promesa, sin embargo, suele operar como si cada avance puntual fuera inmediatamente estructural, como si cada modelo nuevo reescribiera el PIB potencial de un país.

La historia económica es tozuda: las grandes tecnologías tardan décadas en desplegar todo su impacto. Ocurrió con la electricidad, con el motor eléctrico, con internet. Todas estas tecnologías necesitaron de otros ingredientes, desde una reorganización empresarial hasta cambios institucionales, pasando por nuevas formas de trabajo y, sobre todo, tiempo. La inteligencia artificial no es distinta en ese sentido, aunque su potencia simbólica sea mayor. El problema es que el sistema financiero, político y mediático ya está viviendo en el futuro, mientras la economía productiva sigue en el presente. Y entre ambos se abre una brecha que rellenamos con narrativa en medios de comunicación y redes sociales.

Ahí es donde la contabilidad de la promesa se vuelve peligrosa. No porque la promesa sea falsa, sino porque se convierte en aval. Aval para justificar inversiones masivas en infraestructuras, aval para concentrar capital, aval para relajar controles, aval incluso para asumir riesgos sistémicos. Jones entra en este terreno cuando aborda el riesgo existencial de la IA y llega a la conclusión de que cuanto mayor es la promesa de crecimiento y bienestar futuro, mayor es el riesgo que estamos dispuestos a aceptar hoy. La abundancia futura funciona como colateral moral y si el mañana es tan brillante, parece razonable hipotecar el presente.

¿Les suena al debate que ya hemos planteado sobre las debilidades del castillo de naipes financiero en torno a la IA? La promesa no solo infla balances económicos; también desarma resistencias éticas y regulatorias. Se asume que cualquier freno es una pérdida de oportunidad, que cualquier cautela -como la AI Act- es atraso. El resultado es una carrera de inversión y de capacidad computacional donde nadie quiere quedarse atrás, aunque todos sospechen que los retornos reales serán más lentos, más desiguales y más complejos de lo que sugiere el relato dominante.

Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no está generando todavía una economía de la abundancia, sino una economía de la anticipación. Una economía donde se toman decisiones presentes en función de beneficios futuros no realizados, donde se confunden hojas de ruta con estados financieros, y donde la promesa se convierte en activo estratégico. El riesgo no es que la IA decepcione, sino que el sistema se haya ajustado demasiado pronto a un futuro que puede llegar tarde, o llegar de forma asimétrica.

Nada de esto implica negar la magnitud de lo que está en juego. Como bien saben los estimados lectores, soy firme defensor del poder transformador de esta tecnología y ávido usuario de la misma. Y si la inteligencia artificial acaba teniendo un impacto diez veces superior al de internet, como sugiere Jones a largo plazo, el problema no será técnico, sino político, distributivo y cultural.

Pero precisamente por eso conviene dejar de contabilizar la promesa como si ya fuera crecimiento. Y, si me permiten el consejo, empezar a mirar con más atención dónde están los eslabones débiles, qué tareas siguen siendo irreductibles y quién está asumiendo los costes del desfase.