A un cuarto de hora de que se llevara a cabo la protesta feminista vallecana, en la Asamblea de Madrid y sus cercanías empieza a verse algo de morado y zapatillas Quechua.

Calzado rudo. Cualquiera diría que aquello va de ruta montañera de las de Peñalara, pero el morao de las kefiyas señala que ni el lugar -Vallecas- ni el día -8-M- son baladíes.

Hay un bolso en el que se fija la mirada del cronista por lo relevante del dibujo del complemento: una navaja. "Si te metes con mi prima, te metes conmigo. Perras Callejeras". No obstante, el bolso guarda la distancia social.

Poco a poco, más que una marea, en la confluencia entre las calles de Pablo Neruda y Candilejas se va presentando público por momentos. Tampoco tanto. 

En la puerta de la Cervecería Moreno tres veinteañeras piden un "café revolucionario sin lactosa", porque la revolución o es sin lactosa o no será.

Hablan de lo vivido de buena mañana en Sol: el incidente con una señora "fachosa". Que una tarambana de Cristo Rey se haya puesto farruca frente a los nenes es motivo añadido para la protesta.

También hay un recuerdo para Franco (José Manuel) y para los jueces por suspender las marchas. Pero todo recuerda un poco al tardofranquismo: abuelos con mascarilla de la República, paraguas morados y una cabecera que no tiene muy claro ni el eslogan ni el recorrido.

Carmen Suárez

Finalmente, entre que el semáforo está en rojo y que el segurata de la Asamblea retrata el momento, la comitiva sigue Candilejas arriba, por donde aún hay una Vallecas de solarones.

La comitiva se va estirando para cumplir las normas sanitarias o para darse ínfulas, como los nazarenos en la procesión del Cristo de la Expiración de Málaga.

Situemos la edad media en los veintitantos, aunque hay pensionistas y una niña que sale o entra de ballet a la que la madre coloca amorosamente un tutú del susodicho color reivindicativo.

El autobusero del 144, a la altura de la calle del Puerto de la Bonaigua, se queja a una pareja de Nacionales: el tráfico ha sido lento diez minutos. Pero la manifestación (autodefinida como Paseo Feminista) va creando pocos incidentes circulatorios.

Chicas de instituto preguntan a un policía por el recorrido de la manifestación no autorizada; el agente se encoge de hombros y sale a patrullar, de nuevo, por calles vacías donde han florecido de morado los cerezos.

En esa misma calle, un pasquín humedecido, firmado conjuntamente por el PCPTE y CJC, y bajo el calabobos, llama a que elijamos "de qué parte de la historia" estamos: "o ellas o nosotras". Haciendo un trabajo de exégesis se entiende que "ellas" son "las mujeres de la burguesía". 

A la espera de más datos en Vallecas (Repúblika Independiente), se han contabilizado un megáfono, una niña con tutú y un coche de los Nacionales. 

Capítulo dos. Sol

Madrid tiene el tráfico habitual de una tarde de marzo con pandemia. Pero en el centro, nada más salir de una glorieta de Carlos V, el taxista se pone nervioso. En la radio dicen algo de la variante británica y pide bula para fumar.

El Paseo del Prado, el que sigue la Cañada Real con las merinas y las churras, está expedito. Hay sirenas y vallas, pero no hay manifestantes de los consentidos.

Enrique Falcón

Por las callejuelas que dan a la Puerta del Sol, donde hay Direcciones Generales y Cosas, los agentes de la Autoridad maldicen el corte de travesías y cómo mueven ahora a un alto cargo de vuelta a casa. 

En la puerta de la Academia de Bellas Artes de San Fernando no llegan rumores de aplausos ni de nada: hay una orquesta que toca el Tema de Lara, de Doctor Zhivago.

Se ve otro paisanaje distinto en la Puerta del Sol. Menos profesionales de la agitación callejera; más estudianta con ganas de fiesta.

Es lunes y es pandemia, pero cada cartulina es un mundo y un mensaje para que Telemadrid (objeto de las críticas en la Puerta de la Mariblanca) las enfoque y las dé su minuto de gloria.

"Feminismo interseccional" es un concepto que se lleva en las pancartas y cuya explicación requerirá de un tratado. No obstante, la juventud feminista y familias despistadas salidas de los grandes almacenes con bolsas aplauden el fervor guerrero de las jóvenes.

Los periodistas hacen un círculo en el que rodean a los curiosos, un círculo que a su vez rodea a l@s manifestantes que, a su vez, rodean la estatua de Carlos III. Cualquiera diría que más que al 8-M se aplaude al cartel de Tío Pepe. Los bolsos, en Sol, son más civilizados que en Vallecas. "Leer no es machismo" y lemas así. 

Hay un mulato que se graba desde el móvil subastando en spanglish un limón, una señora que se encara con un fotógrafo ("ha bebido algo, perdonadla") y un conciliábulo que se lía un cigarro. Un cincuentón con una mascarilla de la CNT dialoga pacíficamente con otro en cuya mascarilla aparece la Santísima Trinidad: Lenin, Marx y Stalin; en ese orden.

Los lemas, con todo, tienen sonoridad. Más que lo de cuando Hasél. Rimar "aquí" con "Telemadrid" o "Pepito" con "chorizo" evidencia que la reivindicación puede ser creativa y la juventud, creadora.

En la intersección de Montera, los municipales montan guardia frente a los letreros. De las perfumerías y tiendas respetables salen sus dependientes a la puerta a fumar, como rezando que la cosa quede ahí. Estas mismas calles fueron Sarajevo cuando las manifas por el rapero. 

Aunque falta para el toque de queda, las latas de bebidas energéticas -no se ha visto el menudeo de Mahous verdes de otros 8-M- se consumen con voracidad. 

La Puerta del Sol vuelve a ser el manifestódromo que se quería antes de la pandemia, pero en diminuto. Porque el 8-M fue y no fue; o se hizo presente por barrios y con proclamas y hasta con gentes diferentes. 

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