11 de marzo de 2026. Llega a su fin la entrega de la IV edición de los premios WAS, de la fundación Women Action Sustainability. Y el auditorio madrileño de Caixa Forum clama en pie el estribillo de la canción "Color esperanza", coreando junto a la cantante Wöyza.
No era una casualidad.
En los primeros días en los que se habló de organización de la ceremonia, se decidió que la esperanza fuera el motivo, el core, el leitmotiv. Y eso que no se encontraba el mundo tan sumido en la toxicidad de la nueva guerra del Golfo que tanta esperanza requiere.
En WAS —a cuya Junta Directiva pertenezco— éramos conscientes de que, en la apuesta por el futuro, como siempre, el color verde se impone, coincidiendo curiosamente el tono de la esperanza con el atribuido a la sostenibilidad.
Se trata de una palabra sencilla. Tal vez para algunos suene a ingenua, promesa de positivos momentos venideros, como si fuera el abracadabra para la solución de cualquier quiebra o crisis, mientras haya vida.
Sin embargo, cada vez es más aconsejable dejarse abrazar por esa emoción con la que proyectar un futuro de vida en paz es más factible. Y eso es especialmente importante en un contexto de permacrisis y de pancrisis, donde impera la incertidumbre internacional cruzada por los desafíos climáticos, sociales y geopolíticos a lo largo y ancho del planeta y más allá de la guerra, aunque marcados por ella.
La esperanza, pues, lejos de fragilidad, es un arma, como la poesía, cargada de futuro. Es lo que queda, tópicos aparte. Una esperanza de acción. Una esperanza activa en la que todos tenemos mucho que decir y sobre todo hacer.
Viendo a todos los premiados recoger su galardón (una escultura realizada con tecnología 3D con piel de uva y fécula de patata), obra del artista Gianluca Pugliese, pensaba en la trascendencia de pasar a la acción. Recordaba aquel mandato del presidente John F. Kennedy de dejar de preguntarte qué podía hacer tu país por ti, para pensar qué podías hacer tú por tu país. Y la trasponía a qué puedes hacer tú por la sostenibilidad.
Actuar… Por eso atrae tanto la asociación WAS. Por su actuación. Por su llamada a la acción. Por la esperanza activa, por esa que definió Aristóteles como el "sueño del hombre despierto", que sueña pero trabaja para transformar la realidad.
Hombres y mujeres "bien despiertos" subían al escenario insistiendo permanentemente en esa idea de que la esperanza, lejos de ser una emoción pasiva, merece convertirse en una bandera de liderazgo, esperanza consciente.
La humanidad se merece algo mejor que lo que la realidad impone. Y durante la ceremonia de entrega de los premios quedó claro que, de una supuesta caja de Pandora custodia de los males del mundo, muchas dosis de esperanza habían emergido desde el fondo para escapar por su tapa abierta.
Uno a uno, una a una, se exhibieron ejemplos de que, en efecto, la esperanza debe ser lo último que se pierda. Así, la presidenta de Open Value Foundation y CEO y socia fundadora de Global Social Impact, empresa de inversión de impacto social, María Ángeles León, galardón Liderazgo y Valores.
Tanta esperanza como la que transmite la actividad de la Fundación Orange, premio a la Educación, por su trabajo con jóvenes, mujeres en riesgo de exclusión, personas autistas, comunidades rurales. Con esa esperanza que sostiene a la sociedad en momentos difíciles. Como lo es invertir con el impacto social de hacerlo para personas sin hogar, caso de tuTECHÔ, premio Empresa y Actividad Económica.
Esa esperanza que defiende precisamente una información seria, veraz, alejada de los bulos, la que trabaja por salvaguardar Maldita.es y Maldito Clima, premio Comunicación, frente a mentiras, alarmismos o complacencias. O la de la palanca que mueve el desarrollo intelectual y vital hecha cultura, personificada en la Fundación Federico García Lorca, premio recogido por su directora y sobrina del escritor, Laura García Lorca.
Esperanza como motor de la investigación necesaria para la curación del cáncer, trabajo realizado por la Fundación Cris contra el cáncer, cuya presidenta Lola Manterola recibió el premio Ciencia e Innovación. Es seguro, o tal vez seamos los optimistas irredentos quienes así lo pensamos, que el futuro aún puede ser reescrito.
Pero ello solo es factible sobre las bases de un pasado como el que dejó la doctora Jane Goodall, que durante años inspiró a generaciones el cuidado de la biodiversidad. Por eso, por su trayectoria en defensa del planeta, el Instituto Jane Goodall España recibió el Premio Extraordinario WAS.
Ese 11 de marzo un nuevo boleto de esperanza salió de la caja de Pandora, abriéndose paso hacia el futuro. Varios, de hecho. Tantos como premios. Tantos que otorgaban más peso y trascendencia a la palabra. Tantos frente a conflictos prolongados, guerras intestinas, polarización política, desconfianza hacia las instituciones, debilitamiento del multilateralismo y una creciente incertidumbre globalizada.
La esperanza habita entre todos. No es ajena a nadie. No es un sentimiento abstracto. Se trata de una responsabilidad individual, pero comprometida y colectiva. De personas, de empresas, de instituciones. Sin paliativos. Lo más parecido a la sostenibilidad.
En ambos casos hablamos de no renunciar al futuro, de enfrentar las dificultades que cualquier historia impone en su mirada al porvenir. Esperanza y sostenibilidad unidas no garantizan el éxito. Pero dándoles la espalda, algo está asegurado: el fracaso.