Hace muchos años, estaba en un vuelo trasatlántico volviendo de Estados Unidos a España. Abordé aquel avión después de todo un día en el laboratorio, analizando datos, repitiendo pruebas y escribiendo notas que luego se perderían entre muchos otros textos técnicos. 

Era una de esas jornadas que dejan el cuerpo exhausto y la cabeza alerta, incapaz de caer dormido. Decidí entonces escribirle a mi padre, una carta que llevaba años posponiendo. 

Empecé a buscar las palabras que describen quién fui, quién era y quién quería ser. Era mi intención contarlo con honestidad, claridad y calma. Una conversación pendiente sobre mi orientación sexual, un asunto tan simple y a la vez tan profundo que me ocupó las horas del vuelo. 

Al llegar a España, un mensaje de mi hermana eliminó cualquier oportunidad para aquella confesión epistolar. "Papi tiene alzhéimer", fueron las palabras que encontré en el email. Todo se detuvo durante un instante: el plan para esa carta quedó en suspenso y la noticia cayó sobre mí con un peso distinto al de cualquier otra crisis. 

Entonces, se instaló la duda, la pregunta de si aquellas palabras sobre mi identidad tendrían que esperar a que mi padre pudiera leerlas y entenderlas. Seis años después de las letras que nunca envié, mi padre murió a causa de esa enfermedad.

Hoy, mientras la medicina avanza, ocurre algo que podría cambiar el modo en que percibimos esta enfermedad devastadora: un equipo de investigadores ha publicado en Nature Medicine un método para detectar el alzhéimer a partir de una gota de sangre obtenida con un pinchazo en el dedo.

Tradicionalmente, el diagnóstico de alzhéimer suele depender de procedimientos complejos: análisis de líquido cefalorraquídeo, imágenes cerebrales con técnicas sofisticadas y evaluaciones clínicas prolongadas. Todo ello exige infraestructura hospitalaria, personal especializado y múltiples visitas al médico. 

El nuevo avance, por el contrario, apunta a que una simple prueba, similar a la que usamos para medir glucosa, pueda ofrecer información fiable sobre biomarcadores asociados con la patología de Alzheimer.

Estos biomarcadores son moléculas detectables en sangre que reflejan procesos de neurodegeneración mucho antes de que los síntomas clínicos se manifiesten con fuerza. 

El diagnóstico de Alzheimer suele depender de procedimientos complejo.

El diagnóstico de Alzheimer suele depender de procedimientos complejo. iStock

Hoy sabemos que determinadas formas de proteína tau y otros marcadores plasmáticos de daño neuronal están asociados con estrés y acumulación de proteínas mal plegadas, procesos centrales en la fisiopatología de la enfermedad. Poder medirlas con un método tan accesible abre la posibilidad de detectar cambios que preceden en años al deterioro evidente.

El avance no sólo es técnico. Es profundamente humano. El alzhéimer no es una enfermedad única; es un espectro de procesos que destruyen memoria, identidad y conexión. Cada persona vive la enfermedad de manera distinta, pero todas comparten una característica devastadora: la progresión silenciosa. 

Perder memoria es perder historia, perder contexto y, en muchos casos, perder relación con quienes amamos. Mi padre dejó de reconocerme mucho antes de morir. Sus recuerdos se fueron fragmentando de modo progresivo, como si una página tras otra se arrancara de su biografía.

Que exista un test simple de detección tiene implicaciones que trascienden el laboratorio. Permite imaginar un futuro en que identifiquemos cambios biológicos antes de que la sintomatología sea incapacitante. Eso podría modificar el diseño de ensayos clínicos, permitir intervenciones más tempranas y dar tiempo para decisiones que hoy suelen tomarse cuando ya es tarde.

Este enfoque también plantea preguntas importantes: ¿cómo evaluamos los resultados? ¿Qué hacemos cuando una persona sana aprende que tiene marcadores de alzhéimer antes de mostrar síntomas? ¿Cómo se gestiona el conocimiento de una enfermedad que no tiene cura definitiva? 

La ciencia puede medir, detectar y predecir. Pero el arte de acompañar, de sostener emocional y socialmente a quienes enfrentan estos diagnósticos, sigue siendo una tarea humana insustituible.

Si bien estos avances no significan que el alzhéimer pueda curarse mañana, representan un cambio de paradigma en la aproximación a su detección. Pasar de diagnósticos tardíos a identificar huellas moleculares años antes podría ser la diferencia entre acompañar y reaccionar

Detectar temprano no evita la enfermedad, pero da margen para interacciones más significativas, tratamientos que apunten a procesos biológicos específicos y decisiones de vida que respeten dignidad y autonomía.

La investigación en alzhéimer está evolucionando en varias direcciones. Ensayos con terapias celulares y medicamentos que modulan la neuroinflamación están en curso; otros estudios exploran intervenciones para ralentizar procesos degenerativos detectados en etapas preclínicas

Nada de eso devuelve lo perdido, pero quizá permita que algunas despedidas lleguen con más tiempo, con más palabras, con menos silencio.

Pienso en aquella carta que nunca envié y en todo lo que no pudo ser leído. Tal vez detectar antes no sirva para cambiar el final, pero sí para escribir mejor los últimos capítulos.