Comienza un año nuevo y, con él, una oportunidad para pensar en lo que nos trajo hasta aquí. El inicio de un ciclo siempre invita a mirar atrás, a veces por nostalgia, yo diría que por aprendizaje. 

La ciencia lo sabe desde hace mucho: sin los datos del pasado, no hay predicción fiable del futuro. Esta semana se publicó un hallazgo en Nature que nos regala una perspectiva única sobre nuestra historia profunda y, al mismo tiempo, nos obliga a reflexionar sobre nuestra fragilidad y rumbo colectivo. 

Un equipo de investigadores ha dado a conocer fósiles humanos de casi 800.000 años de antigüedad hallados en una cueva de Casablanca, Marruecos. Estos restos pertenecen a homínidos que vivieron mucho antes de lo que se pensaba que era común para nuestra especie, Homo sapiens. 

El estudio muestra que estos ancestros compartían rasgos con otras poblaciones tempranas de África y posiblemente con grupos que dieron origen a los neandertales y a los denisovanos. 

El hallazgo reescribe capítulos de nuestra historia evolutiva y nos recuerda que las certezas científicas no son verdades eternas, sino hipótesis que se refinan con cada nuevo descubrimiento. 

Detrás de huesos antiguos hay preguntas eternas. ¿De dónde venimos? ¿Qué desafíos enfrentaron nuestros predecesores? ¿Cómo se adaptaron a paisajes, climas y competidores desconocidos? 

Las respuestas alimentan nuestra curiosidad y, por otra parte, nos muestran que la humanidad es el resultado de un proceso largo, lleno de variaciones, de saltos y retrocesos, de resiliencia y cambio. No somos una línea recta. La descripción más precisa sería un mosaico de experiencias biológicas acumuladas. 

Este conocimiento tiene un mensaje poderoso: nuestra especie ha pasado por transformaciones que hoy sólo podemos imaginar. Hace casi un millón de años, otras formas de humanos sobrevivían en un mundo ferozmente incierto, lleno de depredadores, cambios climáticos bruscos y migraciones obligadas. 

Su adaptación fue lenta, exigente y plagada de retos que comprendemos en parte. Sin embargo, lo lograron. Sobrevivieron. Y con ello nos legaron la posibilidad de estar aquí hoy, leyendo estas líneas. 

Hay en esa constelación de fósiles una lección reposada: la ciencia no progresa por grandes verdades inmutables, sino por acumulación constante de evidencia. Cada generación añade un fragmento de entendimiento, que antes era inaccesible. 

Nuestra mirada al pasado se vuelve más clara con tecnología más precisa, métodos más rigurosos y una comunidad científica global que colabora para recomponer una historia que, por definición, no tiene testigos directos. 

Mas, la ciencia también nos enseña humildad. 

A diferencia de narrativas que buscan certezas absolutas, la investigación de la evolución humana abraza la incertidumbre. Cada nuevo fósil, análisis genético y datación altera nuestras narrativas. No hay un único origen perfecto. No hay un punto único de avance. Hay variaciones, intercambios, mezclas y desapariciones. 

Somos, en esencia, producto de un proceso continuo de prueba y error.

Ese modo de avanzar, donde las respuestas están abiertas y se ajustan con nuevas evidencias, tiene una belleza singular. En ciencia no se celebra la certeza total. Se ovaciona la mejora progresiva del entendimiento.

Recreación artística de nuestro antepasado sapiens hace 100.000 años.

Recreación artística de nuestro antepasado sapiens hace 100.000 años. Youtube

Lo que antes dije, bueno quise decir: escribí, tiene una implicación humana profunda. Nos invita a no confundir dogma con verdad. A no convertir lo provisional en inamovible. A aceptar que nuestras convicciones deben ser revisables, porque así progresa el conocimiento.

Este aprendizaje es vital en un mundo que se enfrenta a desafíos colectivos sin precedentes. Cambio climático, crisis sanitarias, desigualdades profundas, crisis migratorias, deterioro ecológico y la proliferación de ególatras-narcisistas requieren respuestas complejas que no caben en soluciones rápidas ni en certezas absolutas. 

Nuestra supervivencia futura dependerá de la capacidad para mirar atrás con honestidad, aprender de errores pasados y aplicar ese entendimiento con humildad y responsabilidad. 

Hay esperanza. 

La ciencia, pese a sus límites, ha demostrado una y otra vez que puede corregir sus errores. Durante décadas se creyó que los orígenes humanos estaban claramente definidos. Los fósiles africanos de hace cientos de miles de años parecían suficientes. Hoy sabemos que no. 

Nuestra historia es más intrincada, más entrelazada y más rica de lo que imaginamos. Esta apertura constante hacia lo desconocido es una de las mayores virtudes de la ciencia.

Y esa misma virtud es relevante para las crisis que enfrentamos ahora. La pandemia de la covid-19 puso de manifiesto fragilidades profundas en sistemas de salud, economías y estructuras sociales. La guerra en Europa del este, las tensiones geopolíticas y la polarización global evidencian que el siglo XXI no es un tiempo de certezas fáciles. 

La ciencia nos ha dado vacunas, tratamientos, herramientas de diagnóstico y una comprensión sin precedentes de agentes infecciosos. Pero también nos ha mostrado que la ignorancia y la desinformación pueden ser tan peligrosas como cualquier patógeno

Mientras caminamos por este inicio de año, cabe preguntarse qué reflexiones del pasado sirven para el presente. La historia profunda de nuestra especie nos recuerda que la vida exige cooperación, adaptación y apertura al cambio

La ciencia no siempre tiene respuestas completas de inmediato. A menudo lo que ofrece son preguntas mejores. Ellas nos empujan a avanzar, a construir sistemas de salud más resistentes, sociedades más justas y epistemologías más humildes. 

Mirar atrás no es un acto de nostalgia. Es una estrategia de supervivencia. Saber que otros sobrevivieron ante climas adversos, ante cambios abruptos en su entorno y crisis desconocidas, nos da un contexto en el que recalibrar nuestras propias respuestas. 

Me gustaría enfatizar que no somos ajenos a la historia. La llevamos inscrita en nuestro ADN, en nuestra biología y estructuras sociales. 

Por último, mientras avanzamos en este nuevo año, hay un refugio que nos sigue sosteniendo: el método científico. La ciencia es imperfecta, abierta a revisión y, a menudo, incómoda en sus conclusiones. Pero es el instrumento más fiable que hemos encontrado para acercarnos a la verdad de manera sistemática, colaborativa y autocorrectiva.

Siempre nos queda el refugio de la ciencia… al menos por ahora.